Al Sur Del Trópico

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Desde su llegada a Santa Marta se había sentido mejor que nunca. Aquella sensación de encontrarse de vacaciones, de disfrutar del mar, de la piscina del edificio en que vivía, de las parrandas en la playa, de las fiestas con sus amigos, pero sobre todo de lo más reciente e importante, la llegada de Carrie, lo habían llevado a creer que se encontraba en el paraíso. Pero después de la discusión de aquella tarde sintió que solo quería salir corriendo de aquel lugar. Aquella enorme ilusión, de lo que pensó sería su primer amor, la acababa de destruir aquella niña, gracias a su comportamiento que rondaba las fronteras del histerismo, además de las duras palabras que había utilizado Él no tenía la culpa de la injusticia cometida por el juez Carver, tampoco de la rigidez del padre de ella o de la falta de carácter de su madre; él solo había querido amarla, quererla como a nadie, ayudarla en todo lo que fuese posible y convertir su relación en lo que el resto del mundo interpretaría como la unión de dos personas, creando la pareja más linda del mundo. Reconocer el trauma que ella cargaba le resultó difícil. Sabiendo que aquel tipo de cosas no podrían olvidarse de un día para otro, su mente le había dado la orden de estar preparado para lidiar con situaciones que no serían de su agrado, pero jamás pensó que la violencia represada, gracias a las frustraciones vividas en el pasado, pudiera dirigirse en su contra. ¿Tendría la fortaleza suficiente para lidiar con esa clase de comportamiento hasta que el tiempo se encargara de cambiarlo? En realidad no lo sabía. Todo había sido demasiado perfecto hasta hace unas pocas horas, casi que irreal, lo que lo llevó a pensar que los sueños no podían durar todo el tiempo deseado por la mente y el corazón. ¿Pero qué podría hacer ahora? Ni siquiera sabía si ella había terminado con todo; no se lo había dicho explícitamente, pero su manera de comportarse daba para pensar lo peor. Y después de aquel comportamiento, directamente emparentado con la agresividad, ¿podría llegar a sentir lo mismo de antes? Si al menos ella hubiese tenido una buena disculpa, algo que sustentara su reacción, que le diera algún tipo de presentación que pudiese ser mostrada como un acto digno de entendimiento. Pero venirse lanza en ristre contra la persona que solo deseaba su bienestar, por encima de todas las cosas, no era idea fácil de digerir. Sabía que no era orgulloso, que siempre había sido reconocido por su nobleza, por su actitud favorecedora del diálogo y el entendimiento. Pero había tratado de dialogar con ella, de explicarle las cosas, de hacerla entender sus razones, pero solo había logrado que con el paso de las palabras su comportamiento fuera más hostil y agresivo. ¿Sería ese el legado que sus diez meses de prisión le habían dejado? Había convivido entre muchachas llenas de problemas y, según sus palabras, de directivas que gozaban con el sufrimiento que imperaba entre aquellos muros. ¿Qué otro ejemplo habría podido recibir de todo aquello, cuando cualquier problema era solucionado enviando a las supuestas infractoras a la celda de castigo? Lo más lógico, lo más natural, era que la agresividad y la violencia hubiesen invadido parte de su ser. Después de romperse la mente con miles de pensamientos, llegó a la conclusión de que todo había sucedido muy rápido, de que el haberse ennoviado desde el primer día en que se vieron no permitió que se llegaran a conocer en lo más mínimo. Simplemente se trataba de una muchacha linda y simpática, igual a como lo eran Verónica, Penélope, Jennifer o algunas de las que había conocido en Bogotá o en Nueva Jersey, pero aparte de eso no había tenido la oportunidad de mirarla más a fondo, de conocer los aspectos negativos que pudiera tener, de su forma de reaccionar frente a las diferentes situaciones; todo se había limitado al goce de su compañía pero sin profundizar en lo más mínimo, y gracias a eso, era que se había visto sorprendido con aquel comportamiento que dejaba mucho que desear. Decidió dejarla tomar la iniciativa; no se consideraba culpable de la pelea, tampoco había tenido una actitud agresiva hacia ella, su comportamiento había estado dirigido y enfocado en la idea de arreglar las cosas, pero ella había preferido otros caminos y si deseaba regresar tendría que buscarlo y convencerlo de que todo podría llegar a ser como antes.

–Lo llama Fabio –las palabras de su hermana, entrando a su habitación, interrumpieron sus pensamientos.

–¿Qué se dice? –fue su forma de saludar, una vez llegó a la sala y tuvo el teléfono en sus manos.

–Primo, ya paso por ti, vamos a hacer una fogata en casa de Penélope.

–¿Un lunes?

–Estamos en vacaciones, tú sabes, temporada de goce…

Treinta minutos después, siendo las nueve de la noche, los dos muchachos saludaban al resto de la concurrencia. La reunión se llevaba a cabo en el jardín de la residencia de los padres de Penélope, en el sector de Posos Colorados. Un pequeño muro, el cual le llegaba a Santiago a la altura de la cadera, separaba al jardín, donde se encontraban, de las arenas de la playa. La luna llena iluminaba la noche y el cielo no habría podido estar más estrellado. Aparte de la dueña de casa, Jennifer, Verónica, Alan, dos muchachos más que Santiago nunca había visto, y tres niñas que tampoco recordaba, componían el grupo que en ese momento no paraba de bailar alrededor de una enorme fogata al ritmo de la música merengue. Las latas de cerveza y las botellas de aguardiente y ron rodaban de mano en mano y la mesa de pasabocas, ubicada junto al pequeño muro, parecía tener provisiones para los siguientes tres días.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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