Al Sur Del Trópico

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–Lo llama una vieja –le dijo Carolina a su hermano.

–¿Quién es? –eran las tres de la tarde, la hora en que usualmente Santiago se encerraba en el estudio del apartamento a ver televisión o leer un libro mientras disfrutaba de la frescura que proporcionaba el aire acondicionado.

–NI idea, pero no es Carriola, a ella se le nota el acento, es alguien de aquí –dijo Carolina antes de desaparecer.

Santiago había pasado toda la mañana esperando la llamada de Carrie, prestando particular atención a los momentos en los que sabía que ella se encontraría en receso. Pero la llamada no llegó y no sabía si alguna vez llegaría. Se sentía triste, la desilusión ganando terreno por cada minuto que pasaba. En realidad pensaba que la recibiría durante el descanso de las once de la mañana o durante el receso del almuerzo; sabía que al medio día ella disponía de casi dos horas para hacerlo, pero el teléfono no sonó y sus ilusiones empezaron a morir. No sabía si era de aquellas personas necesitadas de varios días para olvidar, dejar rencores y orgullos a un lado y seguir con el curso de la vida, y menos aun sabiendo que se trataba de una norteamericana, muchachas que, a pesar de todo, seguían siendo indescifrables para él. Pero también sabía que no estaba dispuesto a hipotecar su felicidad de aquella manera. Si Carrie no era capaz de dejar el pasado a un lado, de abstenerse de armar tormentas en vasos de agua, de no saber enfrentar las consecuencias de su pasado sin estar hiriendo a los demás, podría convertirse en una niña que, a pesar de ser simpática y bonita, no tendría la capacidad de comprometerse en una relación que, aunque fuera de dos adolescentes, supondría un grado más alto de comprensión.

–Aló –dijo al tener el teléfono contra su oreja.

–¿Santiago? –la voz era conocida, y si no se equivocaba, pertenecía a aquella linda niña que lo había auxiliado después de que la desquiciada Verónica lo pateara.

–¿Penélope?

–Hola, sí, que pena llamarte, Santi, pero es que tu rodilla me dejó preocupada…

–Gracias, pero no te preocupes, creo que amaneció bien –por lo menos no había empeorado, siendo más traumático para Santiago el significado de la ofensa y el comportamiento de Verónica, que el daño físico que la linda niña le hubiese podido causar–, o por lo menos eso es lo que yo creo.

–Te importa si la miro… No te quiero molestar, pero…

–No me preocupa para nada –la interrumpió Santiago–, si quieres nos vemos en la playa y la miras… –no se iba a quedar encerrado el resto de la tarde esperando a que Carrie decidiera llamarlo. Aunque sabía que era la niña de sus sueños, no estaba dispuesto a jugar bajo unas condiciones que consideraba injustas.

Media hora más tarde, Santiago se encontró caminando lentamente hacia el lugar de la playa concertado para su encuentro con Penélope. Sus sentimientos, igual de revueltos al estómago de un marinero en su primera travesía, lo llevaron a disculparse a sí mismo, al verse enfrentado con el hecho de su cita con una niña que, a primera vista, parecía tener todas las cualidades que un hombre podría desear en una mujer. La suavidad en el trato, la forma de expresarse, su prudencia, cierta dulzura que estaba lejos de empalagar, sumados a la belleza de su rostro y la esbeltez de su figura eran cualidades que la convertían en alguien que muy bien podría competir con Carrie por la obtención de sus afectos. Pero él creía que Carrie seguía siendo la número uno, aquella que si lograba dejar a un lado el orgullo, estaría cerca de convertirse en la mujer perfecta. Aunque también sabía que se estaba adelantando a los hechos: la muchacha que había atendido su rodilla simplemente le había hecho una llamada, gesto que podría mostrar algún interés, pero que estaba lejos de ser una declaración de amor o algo que levemente se le pareciera. Por otro lado, lo ocurrido con Verónica le producía tristeza; hasta hace unos pocos días la había considerado como una muchacha digna de los afectos de cualquier persona, por más exigente que esta fuera, y ahora solo la veía como una niña intensa e incapaz de medirse en sus actos, y con la que seguramente habría de tener cuidado.

–Santi, te veo caminando bien, aunque un poco despacio –dijo Penélope después de saludarlo con un pico en la mejilla.

Por sugerencia de ella, decidieron caminar por la zona más dura de la playa, aquella en que los pies no se hundieran en la arena creando una resistencia que no sería saludable para la rodilla afectada. Lo había obligado a quitarse los zapatos y pisar primero con la parte delantera del pie, alegando que sería la mejor manera de ayudarle a su lesión. Se divirtió observando la demostración que ella hacía, llamando su atención la elegancia exhibida por sus piernas al caminar de aquella manera.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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