Al Sur Del Trópico

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Minutos antes de las cinco de la tarde, Carrie tomó un taxi en la entrada principal del resort y le pidió al conductor que la llevara al Rodadero. Se había cansado de marcar el número telefónico de Santiago sin obtener respuesta alguna. Lo más lógico era que nadie se encontrara en el apartamento, pero siguiendo el consejo de Amanda, cuando le dijo que las líneas solían fallar, prefirió acercarse hasta la vivienda de su novio. <<No dejes pasar más tiempo o va a pensar que tú ya no quieres nada>>, fueron las palabras pronunciadas por la subgerente, las cuales la terminaron de convencer. Luciendo una blusa de tiritas de tonos rojos y una mini falda azul, escaso maquillaje y sin calzado alguno en sus pies, como era ya su costumbre, descendió del vehículo frente al edificio de Santiago. Pero supo que no sería sencillo encontrarlo al escuchar las palabras del portero:

–No, seño, todos salieron, ahí no hay nadie.

Solo le quedaba dar una vuelta por los alrededores, tomarse algún refresco y regresar después de una hora con la esperanza de que su suerte mejorara. Caminó un par de calles hasta encontrar una pequeña tienda en la que podría sentarse, pero en el momento en que se disponía a entrar se encontró con Fabio, quien acababa de doblar la esquina y caminaba hacia ella.

–¡Bizcochito! ¡Esto sí es una coincidencia, no jodaaa! –el abrazo y el pico en la mejilla no se hicieron esperar–. ¿Pero qué te trae por estas lejanas tierras?

Carrie le comentó acerca de su necesidad de hablar con Santiago, de la ausencia de toda su familia en el apartamento, omitiendo la información acerca del disgusto de la tarde anterior.

–No te aceleres, ese man debe estar en la playa, no ves que como buen cachaco, no aguanta un día sin meterse al agua…

–¿Entonces crees que lo debo buscar en la playa?

–La playa es el lugar, pero no te puedes ir sola…

–¿Por qué no? –lo interrumpió ella frunciendo el ceño.

–Porque yo estoy dispuesto a sacrificar mi tiempo para acompañarte a buscar a ese man.

Se dirigieron hacia la playa, recorriendo las tres cuadras que los separaban de esta en menos de cinco minutos. Fabio no paraba de hablar, siendo sus frecuentes halagos lo que más le llamó la atención a Carrie. Según las palabras del atractivo muchacho, ella era poco menos que la diosa de la belleza bajada directamente desde el Olimpo. Divertida por las frases del simpático muchacho, pero al mismo tiempo sintiendo la ansiedad de no poder hablar y arreglar las cosas con Santiago, llegó hasta el camellón que a esa hora se encontraba con una alta afluencia de turistas y vendedores.

–Hay mucha gente por aquí…

–Es por la hora, Carrie, pero yo creo que tu cachaco debe estar metido en el mar –Fabio dirigió su mirada hacia las aguas del océano.

Dejaron el camellón, pisaron las arenas de la playa y se acercaron al punto donde las olas venían a morir. Ella no paraba de mirar a su alrededor mientras Fabio no paraba de mirarla a ella. Decidieron caminar por el borde de la playa, esquivando bañistas, pequeños castillos de arena construidos por los niños, motos acuáticas esperando por el siguiente cliente y algunas pequeñas ramas que las corrientes habían devuelto a tierra. Veinte minutos más tarde, habiendo recorrido la extensa playa de extremo a extremo y sin tener información alguna acerca del paradero de Santiago, Carrie decidió que lo mejor sería buscarlo en los alrededores del camellón. Sin embargo Fabio propuso tomar un refresco antes de continuar con la búsqueda, lo que los llevó a detenerse en uno de los quioscos de venta de jugos. Ordenaron un par, coincidiendo en el sabor escogido.

–¡Me fascina este jugo! –dijo ella saboreándolo.

–Nada mejor que la guanábana…

–No tenemos todos estos sabores en Estados Unidos.

–Ven acá, Carrie, yo creo que son muchas las cosas colombianas que ustedes no tienen por allá.

–Bueno, supongo que son las diferencias que hay entre todos los países, cada uno tiene sus cosas especiales…

–Tienes razón, como por ejemplo que aquí no tenemos peladas tan lindas como tú.

–Gracias –Carrie pudo notar la manera como la sangre invadía sus mejillas.

–Pero no te preocupes… Tú ya tienes dueño, así que no me pongas cuidado.

A Carrie le sonó bastante machista aquel concepto que la hacía ver como la propiedad de un hombre. Nunca había creído que nadie fuese propiedad de otra persona y menos una mujer de un hombre.



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

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