Al Sur Del Trópico

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En el camino de regreso a casa, Santiago y Carolina se detuvieron a comprar algunos productos solicitados por su mamá para la preparación de la cena. En la mente de Santiago aún vivía la esperanza de llegar y encontrarse con la noticia de una llamada de Carrie, convirtiéndose la entrada a la tienda de comestibles en un obstáculo más antes de llegar a casa y saciar sus ganas de información. Con una actitud dominada por la prisa, apuró a su hermana en la escogencia de lo solicitado, llegando a pararse en la fila de la caja registradora con el único fin de guardarle puesto a Carolina. Con tres personas por delante, todas ellas con varios comestibles por pagar, la demora se hacía evidente. Fue cuando se distrajo mirando el exhibidor de revistas por unos segundos y al volver a levantar la vista su sorpresa no habría podido ser más grande. Justo detrás de él, llevando un paquete de papas fritas, se encontraba una sonriente, y más hermosa que nunca, Penélope.

–Hola, Santi, creo que eres el único en toda Santa Marta que hace fila cuando no va a comprar nada.

–¡Hola! –saludar a su admiradora le pareció diferente a saludar a una simple amiga. Sintió como sus mejillas se enrojecían y le faltaban las palabras–. No… lo que pasa es que… es que… le estoy guardando puesto en la fila a Carolina, mi hermana…

Penélope miró a su alrededor indicando claramente estar en la búsqueda de Carolina, para luego fijar sus grandes ojos en él antes de decir:

–¿Estás bien?

–Sí, ¿por qué?

–Te veo como nervioso –Penélope puso su mano en el hombro de su amigo por un par de segundos.

–No, todo bien… ¿Por qué lo dices?

Pero las palabras de ella fueron interrumpidas por la llegada de Carolina.

–Hola, tú debes ser… –la hermana de Santiago fijó su mirada en la atractiva muchacha.

–Hola, soy Penélope…

–¡Pues claro! ¡Penélope! Me han hablado mucho de ti…

–Pero no me puedes comprobar nada –dijo una alegre Penélope, provocando la risa de Carolina.

A Santiago le hubiese agradado sentir como la tierra se lo tragaba. Las exageradas palabras de su hermana lograron, una vez más, enrojecer su rostro. Se hacía evidente la buena energía existente entre las dos muchachas, dejándolo a él como un inseguro y enrojecido invitado de piedra. El diálogo continuó mientras la fila avanzaba, Santiago sintiéndose excluido, las muchachas riendo y charlando, hasta el momento de pagar por los comestibles.

–Bueno, yo me marcho –dijo Penélope después de entregar el dinero a la cajera, correspondiente a su paquete de papas.

–¿Qué tienes que hacer? ¿No quieres venir al apartamento? –preguntó Carolina, sus ojos fijos en los de Penélope.

–Me da pena con ustedes… –Penélope mostró una tímida sonrisa.

Santiago sintió un revuelto de sentimientos. A pesar de haberse sentido excluido por unos minutos, la linda niña solo despertaba deseos de ser abrazada y besada; pero al mismo tiempo sentía la necesidad de tener la libertad de preguntarle a su mamá si Carrie había llamado y si ese fuera el caso, de poder llamarla y concretar una cita sin tener a la atractiva Penélope a su lado. Pero más pudo la recíproca simpatía despertada entre las dos muchachas que sus inciertos deseos. Minutos más tarde, cuando el reloj marcaba las cuatro y treinta, los tres muchachos disfrutaban de la refrescante brisa en el balcón del apartamento. La charla era amena y divertida pero la participación de Santiago se vio interrumpida por el llamado de su madre. Se levantó y recorrió la sala de extremo a extremo hasta llegar junto a ella.

–Santi, hace quince minutos te llamó Carrie…

–¿En serio? ¿Y qué dijo? –la emoción lo invadió superando cualquier otro sentimiento.

–Que por favor la llames, que va a estar toda la tarde en su bungaló.

–¿Y qué más dijo? –Santiago volteó a mirar hacía el balcón por un breve instante antes de volver a poner toda su atención en las palabras de su madre.

–Nada, pero sonaba nerviosa…

–¿Muy tenaz?

–No, nada grave, supongo que más bien tímida.

¿Por qué todo se atravesaba? De no ser por la presencia de Penélope, no habría dudado en dirigirse inmediatamente hacia el resort. Ni siquiera podía llamarla con la libertad suficiente, estando el aparato telefónico a escasos metros del balcón. Pero también sentía indecisión en cuanto a su linda fisioterapeuta; ¿podría descartarla sin antes haber escuchado las palabras de Carrie? De no haberse enterado de los sentimientos de ella, habría sido bastante fácil despedirse y salir corriendo hacia Arenas Blancas, dejándola en compañía de su hermana; pero la información descubierta por Carolina en el baño del restaurante de comidas rápidas convertía en un imposible aquella forma de proceder. Regresó al balcón, su mente enfrascada en la niña de sus sueños, en su linda fisioterapeuta, en la suerte de tener varias opciones, ahora convertidas en problema. Fue cuando escuchó sonar el teléfono y sin esperar un segundo se incorporó para ir a contestar. Con el presentimiento de escuchar la voz de Carrie al otro lado de la línea, su mano agarró el recibidor, y lo llevó hasta su oreja antes de hablar.



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

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