Al Sur Del Trópico

Tamaño de fuente: - +

46

57

 

 

no se cansaba de besar a la linda, sensual y dulce Penélope. La misma magia, tacto y suavidad aplicados a los ejercicios de la rodilla parecía estarlos practicando ahora, mientras pasaba las manos alrededor de su cuello, acariciaba su espalda y consentía sus mejillas. Sería tan fácil enamorarse de esta niña, llena de cualidades, tanto físicas como espirituales, alejada de la intensidad mostrada por Verónica o de la incomprensión de la cual hacía gala Carrie. Sin embargo era consciente de una pequeña muralla en sus sentimientos, lo suficientemente alta para frenar la entrega total de su corazón. Nunca le haría daño a una niña tan especial como Penélope, de eso estaba totalmente seguro, pero también era su obligación evitar hacerse daño a sí mismo.

–Si tu mamá entra y nos ve en estas me va a botar por el balcón –dijo Penélope aprovechando un momento de separación entre sus bocas.

Pero la respuesta de Santiago no estuvo cargada de palabras sino de besos. Entre más la besara, más la podría querer y finalmente terminaría derribando aquella muralla, de eso estaba seguro. Al lado de ella se empezaba a sentir auténtico, libre de las pocas apariencias, generalmente presentes en todas las personas, pero ahora totalmente ausentes en él. Sentía las ganas de ser espontáneo, de actuar libremente, alejado de los acartonamientos tan típicos en las gentes de su ciudad natal y de los estereotipos tan comunes en la cultura de los jóvenes norteamericanos. Se daba cuenta de la autenticidad de Penélope, quien no llevaba máscaras, se mostraba tal y como era, sin pretensiones ni disfraces, con una actitud alegre y positiva sumada a su manera de ser prudente y sutil. Definitivamente era una niña bastante completa, a quien le hubiera gustado conocer antes de haber fijado sus ojos en Carrie.

–Santi, te juro que me muero si alguien entra y nos ve en estas…

–Tranquila –Santiago le dio un pico y la ayudó a sentarse–, si quieres te invito a comer algo por fuera.

–Me da pena…

Diez minutos después, habiéndola convencido de salir a comer, la joven pareja, sus manos entrelazadas, se encaminaron hacia la calle de los restaurantes de El Rodadero. La noche había caído y con ella llegaba la insuperable y muy agradable temperatura. Las calles, invadidas de turistas, mostraban un ambiente festivo, el cual invitaba a olvidarse de problemas, preocupaciones y dilemas. Pero en lugar de entrar a alguno de los restaurantes, decidieron comprar unas arepas rellenas de carne y pollo en un puesto callejero. Se sentaron en unos butacos plásticos a disfrutar de su comida mientras Santiago relataba su experiencia en los Estados Unidos, restándole importancia a lo ocurrido con Carrie, y enfocándose en otros aspectos menos comprometedores. Penélope no despegaba sus lindos ojos del rostro de su amigo y su sonrisa, solo interrumpida por su agradable risa, estaba siempre presente. Minutos después, habiendo terminado de comer, se encaminaron hacia el camellón de la playa con la idea de tomarse una cerveza. Habiendo recorrido unos cuantos metros, sorpresivamente se toparon con Alan, Fercho y otro muchacho, el cual se presentó como Edwin.

–¿A qué se dedican? –les preguntó Santiago después de haberlos saludado.

–Eche, brother, lo que estemos haciendo no es tan bueno como lo que tú haces –dijo Alan, sus ojos fijos en las manos entrelazadas de Santiago y Penélope.

–Ven acá, Penélope, ¿ustedes desde cuando están juntos? –preguntó Fercho, su mirada fija en el rostro de la hermosa niña.

Penélope mostró una débil sonrisa y volteó a mirar a Santiago antes de responder.

–No sé, supongo que desde hoy…

Santiago reafirmó lo dicho por ella con un leve movimiento de cabeza, su mente empezando a tomar conciencia de su nueva situación. Sus nuevos amigos se empezaban a enterar y sería cuestión de pocos días para confirmar la llegada de la noticia a los oídos de Carrie.

–Bueno –Fercho mostró una enorme sonrisa–, los felicito… Y lo único que sé –dijo mirando a Santiago–, es que te estás llevando a la mejor hembrita de todo El Rodadero.

Penélope enrojeció antes de dirigirle una tímida sonrisa a Fercho.

–Penélope y Vero, las dos pelean por el título –fueron las palabras de Alan.

–Bueno, mejor seguimos o vamos a llegar tarde –dijo Edwin.

–¿Para dónde van? –preguntó Penélope.

–Vamos cerca a Arenas Blancas, a la casa de Armida, a jugar dominó y tomarnos un traguito –respondió Alan.

–Bueno, se cuidan y se toman uno por mí –fueron las palabras de Santiago antes de despedir a los tres muchachos.



carlosdiazdc

Editado: 07.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar