Al Sur Del Trópico

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A Santiago lo despertó el timbre del teléfono. Aún estaba oscuro, lo cual indicaba aquella llamada como algo salido de lo normal. Se volteó a mirar su reloj despertador, este marcaba la una de la mañana. No pasaron más de diez segundos para ver a su mamá abriendo la puerta de su habitación.

–Te llama Penélope –dijo ella, su rostro reflejando claramente las señales de un sueño interrumpido–, está llorando…

Santiago saltó de su cama como un resorte, corrió hasta la sala y rápidamente agarró el aparato telefónico.

–Hola, Penélope, ¿qué pasó? ¿Estás bien?

Unos cuantos sollozos antecedieron las nerviosas palabras de ella.

–Santi, estoy en la clínica del Rodadero –sollozos más fuertes la interrumpieron–, acompañando a mi mamá…

–¿Qué le pasó a tu mamá? –Santiago sintió una genuina preocupación.

–No es grave…, es una herida en su brazo, se cortó con un vidrio…

–Ah, bueno, ¿pero todo bien? –inmediatamente pensó en la estupidez de su pregunta: si todo estuviera bien, ellas no estarían en la clínica.

–Sí, pero tengo mucho susto, todo pasó por una piedra que tiraron y rompió la ventana, y pues uno de los vidrios se le clavó en el brazo a mi mamá…

No era una noticia buena: la cortada no era producto de un accidente, el cual podría sucederle a cualquiera, había sido producto de un ataque, muy seguramente premeditado. De serlo así, el sentido cambiaba completamente la situación. Solo se le ocurrió pensar en la persona responsable. Estaba seguro de su identidad; solo podía venir de alguien como Verónica, quien horas antes había pronunciado algunas palabras amenazantes, las cuales la comprometían.

 

Después de avisar a su mamá, y dejándola con la preocupación reflejada en su rostro, salió con rumbo a la clínica. Para su fortuna, esta se encontraba a poco menos de cinco cuadras, pero siendo temprano en la madrugada, las calles se encontraban vacías, llevándolo a esforzarse a caminar a la máxima velocidad posible y así evitar correr algún peligro. Minutos más tarde, se encontró traspasando el umbral de entrada de la pequeña clínica. No tardó en encontrar a Penélope, sentada en una silla plástica al lado de la puerta de un consultorio. Ella se puso de pie inmediatamente, caminó hacia él y lo abrazó fuertemente. Tenía los ojos rojos, su bello rostro mostraba preocupación y sus nervios se manifestaron a través de la manera como temblaba su cuerpo.

 

–Estás temblando, mi niña, ven y te sientas y me lo cuentas todo, ¿cómo está tu mamá? –Preguntó él después de haberle dado un pico en los labios.

–No es mayor cosa, Santi, ahora le están cogiendo puntos, pero el problema no es ese… –respondió Penélope mientras se sentaban.

–¿Pero tú estás bien? Porque aparte de los nervios, yo te veo bien…

–Sí, pero mira… Es que alguien lanzó una piedra a la ventana de mi cuarto y como yo estaba ahí hablando con mi mamá, uno de los vidrios se le clavó en el brazo, pero el problema es que esa piedra llevaba un papel con un mensaje…

–¿Cómo así? Esto es como de película… –dijo Santiago sacudiendo la cabeza–, ¿pero qué decía el mensaje?

La linda niña tardó unos segundos antes de contestar.

–Que me cuidara, que yo era una perra y que la iba a pagar por meterme con el hombre que no me pertenece… –sus palabras fueron interrumpidas por un nervioso llanto. Santiago la volvió a abrazar, su mente ahora muy segura acerca de la identidad de la persona responsable de aquel ataque.

–Yo no sé qué le pasa a Verónica, el colmo que se ponga con esas cosas, esa pelada está loca…

–Santi, yo no sé si sería Vero…

–¿Cómo así? –Santiago la miró directo a los humedecidos ojos.

–Es que…

–¿Es que qué? –preguntó él al darse cuenta de la duda de ella.

–Pues según Fabio, la que hizo eso fue tu exnovia…

–¿Tú estás hablando de Carrie? –preguntó un sorprendido Santiago.



carlosdiazdc

Editado: 18.10.2019

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