Alexia

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Capítulo 11 - El amigo equivocado

—Dejaré la Universidad.

—¿Cómo?

Estaba en la cafetería, pero no trabajando. Decidí que no podía ir a clases porque ¿De que serviría? Igual no iba a prestar atención a nada. Desde que había salido del colegio de Amy sólo había pensado en lo que dijo la psicóloga, Amy necesitaba ayuda y para poder dársela yo necesitaba dinero. Estudiar no me daría dinero, trabajar sí.

Así que ya había tomado la decisión, dejaría los estudios y buscaría un trabajo a tiempo completo que me permitiera saldar todas las necesidades de mis hermanas. Sin embargo, a pesar de haber tomado la decisión necesitaba hablarlo con alguien que me apoyara o me impidiera hacer algo tan estúpido, no sabía cuál de las dos.

Por eso estaba en la cafetería, en medio del turno de Megan, tratando de convencerla o convencerme De lo que era mejor.

—No puedes hacerlo. —Dijo Megan con el ceño fruncido.

—Sí que puedo y lo haré.

—Alexia, pero tu sueño siempre ha sido…

—Mis sueños dejaron de ser importantes hace mucho Megan —La interrumpí — y lo sabes.

—No, yo lo único que sé es que estás loca, estás llevando el sentido de la responsabilidad muy al extremo.

—¿Pero y que se supone que debo hacer? Amy necesita ayuda, la psicóloga dijo…

—Ya se lo que dijo —ahora me interrumpió ella.  —y te entiendo. Yo también amo a Amy como una hermana sabes eso, pero tiene que haber otra solución, una que no implique que dejes de hacer lo que amas.

—Pues si la hay no la conozco aún.

—¿Y qué hay de tu padre?

—¿Es una broma no?

—Tienes razón, chiste malo. —Dijo mordiéndose el labio de forma pensativa —Pero no puedes dejar la universidad, si lo haces también tendrás que dejar las prácticas.

—Exacto, eso me daría más tiempo para trabajar.

—Eres imposible. Dame un momento.

Megan se alejó para atender a una pareja que terminaba de entrar en la cafetería. Parecían estar muy acaramelados a simple vista, pero detallándolos un poco pude notar que aunque la chica estaba pegada a él como un chicle, el chico sólo tenía ojos para Megan, era cómo si no pudiera ver a nadie más que a ella en una cafetería llena de Universitarias. Y no es que yo pudiera culparlo.

Megan era una chica que llamaba la atención por ser tan alta y delgada. Su pelo castaño y largo siempre estaba demasiado arreglado, como si hubiese tardado horas en arreglarlo y para ser sinceros prácticamente era lo que hacía. Así era ella, siempre elegante, siempre impecable, incluso en días normales como ese en el que solo llevaba unos sencillos jeans, la camisa del uniforme y zapatos deportivos sorprendentemente blancos.

Y ese chico, quien quiera que sea, no le quitaba ojo de encima. Megan terminó de atenderlos sin siquiera reparar en él y regresó mi lado ajena a la penetrante mirada que estaba fija en ella.

—¿Quién es él? —Pregunté curiosa.

—¿Quién?

—¿Hola? ¿El chico que está babeando por ti?

—Ningún chico babea por mí. Estás loca.

—Y tú ciega. —Dije y le señalé disimuladamente al chico que aun la veía desde la mesa en la que estaba.

Megan lo vio con descaro y luego respondió como si nada.

—Ah, sólo es Dean.

—¿Y Dean es?

—El mejor amigo de Brad

—Por lo visto elegiste enamorarte del amigo equivocado.

—No sé qué quieres decir.

—Sí que lo sabes. Ese chico no ha dejado de verte desde que entró aquí. Ni siquiera porque está acompañado.

—Sí, al igual que su amigo para él las chicas son sólo accesorios. Siempre está con una distinta, y yo amiga, no pienso ser una más de ellas.

—Aun así estabas dispuesta por Brad.

—No me lo recuerdes por favor.

 —Si quieres mi opinión, Dean está más bueno. —Dije provocándola, pero era verdad, el chico era realmente simpático, con el pelo tan negro como el carbón y unos impresionantes ojos azules, eso sin contar el musculoso cuerpo que se gastaba y la sonrisa tan pícara que tenía, quizá hasta jugaba algún deporte porque estaba en increíble forma.



R.D Piamo

Editado: 15.01.2019

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