Alianza de Sangre

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Prefacio

Tierras de Tzaikhar, Anraicht.

Diez años atrás.

 

El pequeño se detuvo y tomó aire. —¿Qué vamos a decir cuando nos pregunten por Kier? —preguntó él, girando el rostro hacia la pequeña que se encontraba a su lado. 

—No sé —respondió ella, respirando con dificultad al igual que su amigo debido a la larga carrera que habían hecho para regresar a la ciudad—. Pero no importa lo que digamos, nos van a castigar igual por haber salido al bosque solos.

—No estábamos solos —protestó él, medio molesto. No con ella, claro, rara vez se molestaba con ella y, cuando lo hacía, el enojo desaparecía al cabo de unos minutos. Con quien estaba molesto era con su hermano mayor; Kier. Él los había convencido de salir de la ciudad, les dijo que irían a explorar un poco el bosque, además de que regresarían antes de que su padre lo notara y enviara a los guardias a buscarlos, pero había sido mentira. Kier acabó dejándolos solos en medio del bosque, donde se decía que había ogros que se alimentaban de carne humana. En especial la carne de los niños, razón por la que todos los pequeños tenían prohibido salir fuera de las murallas de la ciudad sin compañía de algún adulto—. ¡Ojalá que se lo coma un ogro! —dijo, aun más enfadado que antes. 

La niña sonrió, no necesitaba preguntar a quién se estaba refiriendo. —Si yo fuera un ogro, lo terminaría vomitando. Seguro que sabe horrible —comentó ella con una mueca, para luego estallar en una carcajada a la que él se unió enseguida.

Cuando las risas cesaron, ambos permanecieron en silencio, preocupados. Seguían en el bosque, pero desde allí podían divisar la muralla de la ciudad a poca distancia. Habían salido sin ser vistos gracias a su hermano, sin él, tendrían que cruzar por alguna de las puertas y los guardias allí los reconocerían de inmediato. Todos conocían al hijo menor del Señor de las tierras de Tzaikhar y a su protegida. 

—Tu padre no nos dejará salir de nuestra habitación por semanas —dijo ella, frunciendo el ceño. Él sabía que tenía razón. Era el castigo más probable, ambos disfrutaban pasearse a sus anchas por todo el castillo y recorrer las calles de la ciudad. Estar encerrados en una habitación por días sonaba de lo más aburrido—. Tenemos que pensar en algo para entrar sin que nos vean.  

—Podemos decir que Kier nos obligó a salir... —comenzó a decir él, pero se detuvo al ver que ella sacudía su cabeza con desaprobación. 

—Tu hermano dirá que nosotros lo convencimos de salir, y tu padre siempre le cree todo. No va a funcionar. 

Él suspiró resignado, otra vez ella tenía razón. Kier era mayor que ellos por seis años, ya no era un niño y su padre confiaba ciegamente en él, por más mentiroso que fuera. Tenían que pensar en otra cosa, y rápido, antes de que llegara la noche. 

—¡Ya sé! —exclamó él luego de un momento—. Creo que Will está de guardia en la puerta principal hoy, él siempre es bueno con nosotros, tal vez si le pedimos que...

—Shh. —La niña se llevó un dedo a los labios y le hizo una seña para que escuchara. Él aguzó el oído y, en efecto, le pareció oír algo.

Temeroso de que se tratara de algún ogro, miró en dirección a los árboles que tenían detrás, de donde había provenido el ruido. Tras unos segundos que le parecieron una eternidad, una mujer de cabello oscuro y ojos de color gris azulado salió de detrás de un árbol, y él soltó un suspiro de alivio. Era su tía Arleth, y tras ella no tardó en aparecer su madre, quien se abalanzó sobre él para rodearlo con sus brazos. —¡Gracias a los dioses que están bien! —exclamó ella, acariciándole el cabello castaño y dedicándoles una sonrisa a ambos. 

Su tía Arleth, sin embargo, se quedó allí de pie, observando fijamente a su hija con el ceño fruncido. La mayoría de veces que se metían en problemas era por ideas suyas, por no decir todas las veces. Él era el más tranquilo y cauto de los dos, pero por mucho que intentara disuadirla de no hacer algo nunca lo lograba, por lo que terminaba secundándola. Todos estaban al tanto de eso. Y aunque su tía no fuera una mujer mala y su ceño fruncido fuera pura actuación para que su hija confesara, él salió en su defensa:—Esta vez no fue idea suya, fue Kier.

—Eso, fue culpa de ese tonto. Él nos sacó de la ciudad —contestó la niña, cruzándose de brazos.

—¿Qué te he dicho sobre llamar así a tu primo? —la reprendió su madre.  Ella se encogió de hombros, le dio una mirada que decía claramente que ella tenía razón y que Kier era un tonto, luego miró hacia otro lado, dando por terminado el asunto. Su tía Arleth suspiró resignada, como cada vez que trataba de inculcarle más modales a su hija y terminaba fallando—. A ver, si dicen que fue idea de Kier, ¿dónde está él ahora? 



Miss Cruela

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Editado: 06.01.2019

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