Aliento de Dragón

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"PROLOGO"

—Puje mi reina, puje con todas sus fuerzas—se oía al otro lado de la puerta.

El rey Samuel se encontraba en el pasillo, yendo y viniendo varias veces, con la cabeza mirando hacia sus pies. En ese pasillo también había varios soldados con armadura reluciente y capas color oro, en el pecho tenían la imagen de un dragón color rojo que lanzaba una ráfaga de fuego negro. Ellos eran conocidos como los Hombres del Fuego, los hombres más diestros y leales de todo el reino.

En ese pasillo también se encontraban, un hombre de alrededor de los cincuenta años y un joven muy parecido a él. El más grande, era el padre de la mujer que pujaba y también era el consejero del rey, mejor conocido como el “Ala del Dragón”. Era el segundo hombre más poderoso del reino, solo por debajo del rey.

El chico a su lado era hermano de la mujer, hijo del Ala del Dragón y limpia caballos. Tenía 15 años y su sueño era convertirse en el mejor caballero de todos los reinos, pero a pesar de ser muy bueno con la espada y con el arco, su padre quería que fuera su sucesor y diera consejos al próximo rey.

—Su alteza, debe de tranquilizarse, todo saldrá bien— decía el Ala con una voz que también demostraba que tenía un poco de miedo.

El rey solo lo miro y siguió andando de un lado para otro.

—Ya casi sale mi reina, un poco más, veo la cabeza, un último esfuerzo—se oía decir al curandero del reino.

La reina dio un último pujido, fue tan fuerte el grito que dio cuando brotó el cuerpo del bebé, que los soldados que se encontraban afuera apreciaron un escalofrió recorrerles su espalda, algunos sujetaron la empuñadura de su arma.

—Ha salido mi reina, está aquí, por fin, con nosotros—le decía mientras que con un cuchillo cortaba el cordón umbilical.

—Dime ¿qué es?—lo tomo del brazo donde cargaba al bebé.

Pero la reina no pudo obtener una respuesta, ya que comenzó a sentir que sus pulmones se habían quedado sin oxígeno y por más que ella tomara aire, sentía que se ahogaba.

— ¿Qué es lo que le pasa, mi reina?—se apresuró a acercarse a ella aun con él bebe lleno de sangre y grasa.

—Necesito atenderla, mi reina. Creo que…está muriendo—dejo al bebé en sus manos y corrió hacia la puerta para hacer entrar al rey.

—Mi rey, su esposa. Entre deprisa… creo que está muriendo—El rey entro al apenas escuchar que estaba muriendo. No podía creerlo, tenía que ser un día feliz, pero ahora el curandero decía que su esposa estaba muriendo. Detrás de él, también el consejero entro y atrás de él, el limpia caballos.

— ¡Lluvia!—corrió el rey al ver que su esposa estaba con él bebe entre sus brazos tomando de su pecho. En un momento se sintió feliz, si él bebé mamaba del pecho de su esposa, significaba que ella estaba ahí, viva y feliz con su hijo a sus brazos.

La vio con los ojos cerrados y se acercó lentamente hacia ella, tomo la cabeza de su bebé y le hablo suavemente —muy bien, come, debes estar hambriento — le acaricio el poco pelo aun lleno de grasa y le tomo la mano a su esposa, pero esta se sentía muy fría — Lluvia, por favor, despierta — le decía suplicándole, pero ella no reacciono.

Acerco más su rostro junto al de ella, le beso los labios fríos y tomo al bebé.

—Mi rey, ¿Por qué mi hija no ha contestado? No es normal tener tanto sueño — le decía su consejero.

—Su hija ha muerto, prepare el funeral, será en unas horas — le decía el rey con una voz llena de amargura.

El rey miro al curandero con ojos llenos de odio

—Lo siento mi rey, todo iba bien, la reina simplemente…—no termino cuando el rey se adelantó.

— ¿Por qué hablas conmigo si no te he dado el permiso? —el curandero trago sus palabras, se inclinó y pidió perdón — ¿Por qué me pides perdón? ¿Acaso tu perdón hará que la reina vuelva de la muerte? — lo miro por unos segundos — A mí no es a quien debes pedir perdón, es a mi consejero, su padre.  A pesar de que es mi obligación proclamar un castigo, dejare que su autoridad sea el que decida tu destino — volteo a ver a su consejero y vio que aún seguía mirando el cuerpo de su hija — acércate y despídete, no esperes mi autorización, es tu hija. Y después haz lo que creas que es correcto para el curandero.

El curandero seguía agachado, temblaba un poco porque sabía que su destino estaba en la horca, enfrente de todo el pueblo. Y tal vez él pensaba que no era su culpa, pero también sabía que por él había muerto la reina.



Dan Callejas, N.S. Melendez

Editado: 19.07.2019

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