Aliento de Dragón

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CAPITULO 1: DRAGONIA

SAMUEL

El verano estaba a punto de acabar.

Empezaba a hacer frio, y en las habitaciones del castillo empezaban a poner mantas de piel de oso. Los sirvientes tenían el mandato de que la chimenea de los aposentos del rey estuviera encendida todo el tiempo para mantener el lugar caliente. Y aun a pesar de eso, a veces el frio en las madrugadas era demasiado intenso. Se oía como el viento chocaba con las rocas del castillo.

Esto hizo que Samuel se despertara a mitad de noche, se levantó y camino hacia la ventana, miro a través del cristal a las dos lunas, una roja y la otra azul. El clima le recordó el momento que conoció a su esposa. Fue en una noche muy parecida a esa, el frio empezaba a azotar al reino y el miraba desde  la ventana de su habitación hacia afuera. Aun gobernaba su padre, el rey Jesús y el heredero al trono no era él, sino su hermana, la princesa Aurora.

A él le gustaba contemplar que tan grande era su pueblo, las luces de las lunas lo iluminaban y le daba un tono irreal. Le gustaba ver como se alzaban la gran muralla a lo lejos, esta eran casi el doble de alta que el castillo y lograba a ver las hogueras que se ubicaban a lo largo de esta.

Frente al castillo, se encontraba un pequeño bosque, tan espeso que casi no se podía ver nada a través de él, aun con la luz del día era muy complicado recorrerlo sin una antorcha. Más allá, se encontraba la estatua del Dragón, la bestia de piedra tenía las alas abiertas y miraba hacia las lunas, la habían erigido con las mismas rocas con las que se levantó el castillo y el muro que los protegía. A su lado de esa majestuosa estatua, estaba un pequeño lago, tan transparente y hermoso que parecía que estabas mirando al cielo mismo. El lago era de agua caliente, se decía que era gracias a la luna roja, que cada vez que llegaba al punto más alto del cielo, la calentaba.

Fue ahí cuando mirando como las lunas se reflejaban en el lago, vio como una silueta se metía en él.

Samuel se sintió intrigado, a pesar de la distancia, fue capaz de distinguir una silueta femenina. Se puso sus ropas más abrigadoras, tomo la espada y se dirigió hacia el lago.

Al salir del castillo, noto que a pesar de llevar todo su cuerpo abrigado aun sentía como el viento frio entraba a través de la lana. Se levantó la capucha, para cubrirse la cara y continúo el viaje.

La caminata para llegar al lago era a través del bosque, lo había recorrido muchas veces desde que era tan solo un niño, así que sabía cómo llegar al lago sin tener que hacerse con una antorcha y solo valerse con la escasa luz que daban las lunas y de su excelente memoria.

El trayecto era corto, pero el camino era difícil y peligroso, había muchas zonas con tierra mojada que hacía que se hundieran los pies y en otras había demasiadas raíces de árboles salidas, así que uno tenía que ser muy diestro y prevenido en ese bosque.

Después de casi cuarenta minutos, Samuel llego a su destino y con mucho sigilo se acercó al lago, pudo comprobar que se trataba de una mujer y seguía ahí.

Ella estaba sentada en la orilla, con la mitad de su cuerpo dentro del agua y su torso estaba fuera. Sus senos brillaban con la luz de las lunas. Su cabello ondulado, rojo como la luna,  caía sobre su espalda blanca. Sus ojos eran rojos al igual que su cabello. Y su rostro era tan hermoso como el de la diosa, Bella.

Samuel, empezó a sentir como se le calentaban las mejillas y su corazón se aceleraba, sin darse cuenta, ya estaba a solo unos metros de ella. Al no fijarse por donde caminaba, piso una rama y esta se quebró, haciendo que la chica se alarmara.

—¿Quién está ahí?— exclamó asustada y se puso de pie, preparada para huir. Olvidando por un momento que se encontraba totalmente desnuda.

Samuel, abrió aún más los ojos al ver el cuerpo desnudo de la chica, era delgado, blanco y hermoso. No pudo pronunciar ninguna palabra, solo la recorrió con la mirada de abajo a arriba. Se detuvo un momento más en su sexo y en sus apenas desarrollados pechos. Cuando al fin llego a su rostro, esta lo miraba furiosa, parecía que de sus ojos rojos salía fuego por la vergüenza e ira que sentía en ese momento. Samuel se quitó la capucha para que la joven lo reconociera. Al verlo a la cara, la joven se tapó sus senos con un brazo y puso su otra mano sobre su sexo, en un intento desesperado de proteger su intimidad, se giró rápidamente, y dándole la espalda a Samuel, le hablo.

— ¡Mi príncipe! – dijo sorprendida – ¿Qué hace aquí? Es demasiado tarde para estar vagando por este lugar—le decía tragándose su rabia al reconocer de quien se trataba.

Samuel aún tenía en los ojos y en la mente el cuerpo de la chica. Su padre le había llevado mujeres para se volviera un hombre y muchas otras se le habían ofrecido, pero todas ellas eran más grandes que él y nunca había sentido ninguna atracción sexual por ellas. Pero la chica que estaba ahí, despertó su deseo y por primera vez tuvo una erección al ver a una mujer desnuda.



Dan Callejas, N.S. Melendez

Editado: 19.07.2019

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