Alma Corrompida

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Todo lo que ella tomaba antes como una formalidad excesiva en la vida de su padre pasaba a formar parte de su cotidianidad ahora con una velocidad escabrosa, su padre siempre había tomado la responsabilidad plena como único cabeza de familia, desde los asuntos domésticos como la mesada para artículos de limpieza, jardinería y despensa hasta las decisiones de la dirección de sus numerosos negocios y ese peso recaía ahora en ella.

Alastor, el mayordomo había enviado a una doncella a despertarla a las 6 en punto de la mañana con una lista insana de cosas por hacer: aprobar el menú del día, enviar lacayos al pueblo para surtir las cosas faltantes de la mansión, la correspondencia, firmar recibos, quejas de acreedores e innumerables facturas sin pagar. Aquello parecía diseñado como una prueba a su competencia.

El primer golpe de impresión se lo llevó cuando la doncella comenzó a vestirle, y es que las señoritas solteras usaban los vestidos sin vuelo ni armazón y el corsé apretado en cinco centímetros como ella estaba acostumbrada, mientras que las condesas, aunque fueran con el título supletorio que ella portaba, debían usar montones de capas de enaguas, casi ocho libras de peso de tela de algodón y lino solo para lograr que el vuelo diera la ilusión de una campana a su alrededor sobre las bragas de muselina rosa y encaje francés, las medias de seda a juego y el corsé estaba algo más suelto que el que acostumbraba llevar, lo cual podía tomarse como una concesión al peso de sus pasos dentro del bonito vestido color chocolate que habían seleccionado para ella.

Entonces la condujeron por los pasillos de las dependencias del tercer piso, esa parte de la casa que jamás había visitado, donde las puertas eran de paneles de madera oscura como el carbón y el aroma de la cera de abeja perfumada con limón que se usaba para pulir invadían todo en un vaho casi visible, la luz entraba a intervalos por las capas de vidrio pigmentado de los mosaicos de las ventanas y el foco de atención eran las puertas de arco del despacho de su padre, casi se podían comparar con la puerta principal de la mansión en magnificencia, ni siquiera en Italia el despacho Vespiam estaba engalanado.
El mayordomo le abrió la puerta con solemnidad y luego la reverenció.
-Si necesita algo, milady, no dude en llamar- le dijo con ese gesto estirado que solo el ave rosa de patas larguísimas que tenía como alma podía emular. -Estaré esperando sus órdenes en la cocina- dijo luego como apresurandola de manera respetuosa.
Ella asintió manteniendo su papel de dama perfecta mientras entraba con sus faldas anchas a la sala octogonal y abovedada del conde.

El escritorio era, sin lugar a dudas, similar a la mesa del comedor principal que tenían debajo junto al salón de baile, una con patas en forma de garras de ave sosteniendo una esfera y con madera de cedro oscurecida con barniz negro, Corrine contempló la fila de folios organizados por filial, cada uno con una etiqueta con el nombre de un país, dentro habrían más etiquetas claro, y la correspondencia de 7 días perfectamente presentada en una bandeja de plata junto a los implementos para escribir cartas y el sello de platino de los Craven en su pedestal de corcho.
Cory le dio una vuelta a la sala olfateando las butacas y la chimenea de mármol antes de fijarse en un escritorio más pequeño en un extremo donde un aparente caos hacia contraste con el impoluto orden de su padre.
Llegó hasta el y se subió de un salto a la mesa cambiando de la forma de un lobo a la de un pequeño titi gris antes de tocar la superficie de la mesa, oteando entre los papeles.
-Tu padre hostigaba sin duda a su asistente- dijo.

Corrine rodeó el escritorio principal, tras él había un librero repleto de gruesos volúmenes.
-Sobre la chimenea había un cuadro de mi abuelo- comentó Corrine dejando luego los papeles que le había dejado Alastor como tarea. -Y esta parte del librero tenía licoreras- recordó ella pasando los dedos sobre los objetos plateados que ocupaban un estante.
-Lo recuerdo- asintió Cory.
-Y había un piano donde esta ese escritorio ¿recuerdas?- siguió ella.
-De tu madre- combinó él.
-Creo que mi padre se merece todo lo que le está pasando, a fin de cuentas...- confesó ella y el monito Cory dejó de organizar los papeles del escritorio pequeño girando a verla.

Ella ocupó el asiento forrado de cuero café de respaldo alto, un enorme trono giratorio y acolchado, desde donde podría el mismo Hades de la literatura soltar a su monstruosa criatura marina sobre barcos inocentes sin perder la presteza.

Se dedicó a abrir una pequeña lista de cosas que necesitaba la casa con los montos anotados a lápiz junto a la cantidad. Mientras pensaba amargamente en aquellas cosas que sabía que le habían dado a su padre esa terrible fama de implacable, que evitaban que lo visitaran amigos acongojados, ya que era más que obvio que nadie sentiría pena por su muerte.

Los acreedores privados de beneficios, las casas de acogida demolidas para construir sus fábricas, las propuestas de caridad rechazadas y su desdén por la gente común, eran sólo parte de las cosas que conocía en su larga lista de infamias, también sabía sobre las estafas, las manipulaciones para conseguir lo que quería y las conspiraciones corporativas. No se imaginaba a ese hombre perdidamente enamorado de su madre como pintaba la historia que Angelik siempre le contaba.



Aimee J

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En el texto hay: amor

Editado: 07.03.2018

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