Alma Endemoniada

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5. Batibat

El zoológico cierra como a las ocho en punto, yo llegué a las seis; la entrada tiene un enorme mural de jirafas y elefantes entre algunos leones y pájaros volando por todas partes, todos apuntando hacia la puerta donde las personas se juntaban para entrar. Normalmente el zoológico siempre tiene la entrada llena de gente, pero a esta hora hay menos personas queriendo entrar así que supongo que fue algo normal cuando llegué y pude ver las puertas negras de metal, con esas barras que lo hacían parecer una cárcel... La tienda de los boletos estaba al lado, y ahí no había más que tres personas comprando unos.

—Wow —Dije sonriendo, caminé a la línea y esperé a mi turno. Después de comprarlos, miré una vez más a la puerta con sus barrotes, éstos hacían la figura de un león al cerrarse, y en cada puerta había un jaguar, o al menos eso parecía ya que sólo se podían ver las caras más largas y muy pequeñas para ser de una leona. Aún así parecían las puertas de una cárcel—. ¿Qué eres? —Me pregunté.

Si te estás preguntando cómo llegué ahí, la verdad es simple: le dije a mis padres que teníamos que ensayar ese día para la obra, y que quedamos en el zoológico ya que estaba al lado de la escuela y éste no estaba cerrado a esta hora. Ellos accedieron ante la condición de que yo no hiciera mucho ejercicio, ya que el doctor les dijo que desmayé por falta de glucosa—pero todos sabemos que fue culpa de un demonio—, y dado que ambos también son doctores, no quieren que haga nada del todo. Cuando me dejaron en el zoológico me di cuenta de que no habíamos platicado desde el viernes, cuando me llevaron a natación, ellos estaban preocupados, lo sabía, pero no me preguntaban nada y creo que es porque ellos sabían que no les habría dicho la verdad.

Entré al zoológico, adentro el suelo está hecho de muchas rocas pequeñas que suenan como arena cuando las pisas, todas tienen un color rojizo o negro, le da una clase de uniformidad al lugar. Una vez adentro, fui al lugar al que constaba que no me decepcionaría a la vista.

El zoológico tiene un montón de animales, hay tortugas, elefantes, serpientes jirafas, caballos, leones, jaguares, panteras, pájaros de muchísimas especies, hay una zona que incluso tiene un oso polar, lo cual es bastante asombroso ya que éstos viven en los lugares con muy bajas temperaturas y esas normalmente no llegan aquí. Ni siquiera ha nevado... Pero incluso con todo estos animales, y con todas las plantas que tienen, el mejor lugar es el río; rodea una gran parte del zoológico, viene desde la zona de picnic al acuario, el serpentario, y la zona de selva; incluso hay una sección para que rentes una canoa y vayas por ahí. Sin embargo, hay un lugar en la zona de selva, la que la conecta al área de picnic: es un pequeño puente bastante desgastado, y demasiado cerrado al público, pero me gusta saltarme las cintas amarillas y quedarme ahí, en ese puente, recargado contra el barandal del madera, mirando el agua pasar tan tranquilamente. Ahí es a donde me dirigí cuando llegué.

Cuando llegué escuché los murmullos viniendo del área de picnic, animales gritando del lado de la selva, y el tranquilo sonido del río corriendo debajo de mí, era muy relajante. Miré al agua, ahí hay al menos cinco especies de pez, sin contar las del acuario, pero siempre hay patos, nadando por el lugar como si fueran los dueños del lugar, y había uno justo debajo del puente, al final del reflejo del sol en el agua haciendo que el agua se viese naranja en vez de azul-verdoso. El pato miró hacia arriba y cuando me notó graznó antes de nadar tan rápido como pudiese para escapar.

No miré a otro lado, porque cuando el pato se fue pude ver mi reflejo en el agua. Pero no era yo, en el agua había un chico con mi cabello, mi cara, mi cuerpo, pero él tenía los ojos negros y vestía un chaleco blanco que simplemente no podía comprender; de su boca salía sangre mientras mostraba una sonrisa que sólo podía pertenecer a un psicópata. Pasé saliva del miedo.

No fui yo recordé. No había forma que hubiese sido yo, porque yo lo vi todo desde arriba, como un testigo flotante. No era yo... Vamos, Khan, ¿por qué lo dudas? Pensé. El reflejó comenzó a desvanecerse, pero, aunque no reflejase nada del todo, mi mente todavía estaba puesta en el día anterior, cuando algo tomó control de mi cuerpo y lo usó para matar personas. Para cazar a un demonio.

—No podría haber sido... —Susurré para mí mismo.

—¿Khan? —Preguntó alguien detrás de mí poniendo su mano en mi hombro. La voz pertenecería a una mujer que sonaba preocupada, pero tranquila al mismo tiempo, no que eso haya ayudado a la hora de tocarme, porque en cuanto lo hizo, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Grité antes de voltearme a ver quién era.



Alex Scrivenor

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En el texto hay: muerte, demonios, sangre

Editado: 19.08.2019

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