Álter Ego

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VII

El lugar apesta ha antiséptico y no pasan más de tres minutos para que me empiece a doler la cabeza. Estar en un consultorio estético me transporta a esa traumática experiencia de mi adolescencia. El estómago se me revuelve y estoy a punto de arrojar, hasta que recuerdo que ni siquiera pude desayunar hoy.

Llevé a Lizzy temprano donde su padre sin esperar encontrarme a su prometida en casa. Fue el momento más incómodo y patético de mi existencia (bueno, quizás no lo sea tanto), aunque de alguna forma me reconforto el no sentir el pecho comprimido de la ira y la desolación. Estaba avanzando; a pasos cortos, a pasos seguros.

El consultorio se va abarrotando de mujeres. La mayoría de ellas con apariencia plástica, y el resto de ellas dan la impresión de querer serlo.

—¿Qué te harás? —Me pregunta una de ellas, mientras hojea una revista de celebridades.

—Aún no lo decido.

Me da un repaso fugaz.

—Yo te recomendó un estiramiento en el contorno de los ojos. Un blanqueamiento y puede que una liposucción. Mi mejor amiga se hizo la liposucción y ahora está desesperada por quitarse a los pretendientes de encima. Hombres que antes ni siquiera la volteaban a ver.

Aquellos comentarios inevitablemente me llevan a pensar en William. En sus manos sobre mi cuerpo y en lo bien que se sentía por una vez ser notada por sus arbitrarios ojos.

—Esperaré a saber que me recomienda el doctor.

—El doctor Richard es el mejor. —eleva una de sus cejas demasiado teñidas—. No pudiste elegir uno mejor.

Afirmo pero en efecto no lo elegí porque sea el cirujano más recomendado de la ciudad. Richard Mc Gregory posee el perfil más simular al “Asesino del Bisturí”.

Perfil del Asesino:

  • Infancia Solitaria.
  • Carencia de una madre.
  • Desprecio excesivo por las féminas. (no solo mujeres también amínales hembras)
  • Posee una discapacidad física.
  • Socialmente activo (capacidad que usa para encubrir su introversión)
  • Surdo.

 

El doctor Richard Mc Gregory poseía tres de esas cualidades. Abandonado a los tres años por su madre, creció en un hogar sustituto con una madre adoptiva para nada amorosa. Protegido únicamente por su padre. Un cirujano de una trayectoria impecable.

De pequeño Richard solía acompañar a su padre a su consultorio para aprender el arte del oficio de primera mano. Quedo fascinado desde el inicio por dicha profesión, incluso practicaba la escultura en su tiempo libre modelando la figura femenina. Sin embargo nunca se casó, y su historial amoroso está cargado de fracasos, y nadie sabe dar razones de porqué.

Una particularidad es que de sus ex novias se asume dos están fuera de la ciudad, aunque nadie da razones de su paradero.

Para quienes lo conocen el doctor Richard es considerado un hombre afable, caritativo y encantador.

Pero como bien dice el personaje principal de Vanidad: “Dos pueden habitar en uno. Y uno puede ser capaz de interpretar a dos”.

 

—¿Señora Taylor?

Me llama la asistente.

—Bea Taylor. Soy yo.

—Pase, por favor. El  Doctor MC Gregory está listo para atenderla. 

Me pongo de pie alisando mi falda cuando la mujer que hojeaba la revista a mi costado hace un gesto de evidente sorpresa.

—¿Usted es Bea Taylor? ¿La escritora de “Vanidad”?

Me aparto en cabello del rostro y esbozo una sonrisa nerviosa.

—Así es.

—¡No lo puedo creer! Me encantó ese libro. Lo leí por lo menos tres veces. La parte en la que Elisa apuñala a asesino y lo desenmascara —imita la acción con efusión—, siempre me hace enloquecer. Ella es una inspiración para mí. Luchadora, en la constante búsqueda de la perfección. Es por ella que estoy hoy aquí.

Me muerdo la lengua para no decirle: “Pues parece que no entendiste el propósito de la historia”.

—Solo hay algo que no entiendo.

—Claro, dígame.

—¿Por qué cuando desenmascara al asesino este termina siendo ella misma?, ¿acaso tenía una gemela? Es muy confuso para mí.

Sacude la cabeza como si intentara despegar sus ideas. Adivino que estuvo analizando ese final por mucho tiempo.

—Señora Taylor… -Insiste la asistente.

—Sí, permítame un segundo pro favor —Le pido.

Observo a la mujer de las falsas cejas y me muestro lo más paciente posible.

—El asesino no era su gemela, ni era ella misma. El asesino es una metáfora para la “autodestrucción”. Elisa no estaba en búsqueda de la perfección, intentaba ser perfecta para ser valorada por los demás. No se daba cuenta que al hacerlo perdía la esencia de lo que la hacia ella misma.

La mujer deja la revista de lado, parece haberlo comprendido al fin.

—Entonces, ¿la perfección no era la respuesta, la aceptación lo es?

Ladeo la cabeza y le doy un asentimiento.

 

El doctor Richard es bastante atractivo para tener 45 años. Eso hace que me sienta expuesta cuando su asistente nos deja solos.



Danae C.P.

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En el texto hay: thriller, suspenso, misterio

Editado: 22.07.2018

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