Álter Ego

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VIII

El mismo perfil. El mismo “modus operandi”.

No hay nada que me quite de la cabeza que el Dc. Mc Gregory es el asesino. Y es así como se lo plantee al Detective Cordey.

Desde ahora la investigación se centraría específicamente en él.

Sentía que me quitaba un abrigo de acero de encima y ahora por fin podía caminar.

 

La puerta se abre mientras preparo la cena y me apresuro a abrirla antes de que el pollo se humee en el horno.

No tengo idea de quien podría aparecer detrás de la puerta. Este es uno de los tantos fines de semana en los que Lizzy me pidió visitar a su padre, y no se suponía tenga visitas hasta dentro de muchas horas.

Cuando abro la puerta mi pequeña hija corre a mis brazos en medio de un teatro de llantos y gritos.

—¡No quiero perderte mami!, ¡No quiero que te separen de mí!

Grita con tanta fuerza que puedo imaginar a mis vecinas curioseando por las ventanas de sus habitaciones.

—¿Lizzy, que sucede? —Ella oculta su rostro en mi estómago mojando mi camiseta con sus lágrimas—. Háblame, por favor.

Observo una sombra acercarse desde la entrada y descubro que William ha estado allí, esperando que lo notase. Algo fuera de serie viniendo de él.

—Siento que aparezcamos así, Lizzy me suplicó que la trajese.

Frunzo el ceño, consternada.

—Pasa, por favor. No quiero llamar más la atención.

Tan pronto entran Lizzy comienza a parlotear dejándome aún más confusa y aturdida. Mi pecho comienza a contraerse prediciendo lo peor.

Por suerte William interviene.

—Lizzy, ve a tu habitación, por favor. Yo me encargaré de explicarle a tu madre lo que pasa.

Mi hija suspira dos veces antes de asentir.

—Espera, cariño.

Voy hacia la cocina y parto un trozo de pastel a la vez que apago el horno.

—De cerezas, tu favorito.

Me inclino para limpiar su rostro.

—Sea lo que sea, lo solucionaré.

Le doy un beso en lo alto de la cabeza y ella me da un abrazo fugaz antes de marcharse.

Miro los ojos oscuros de William y descubro un océano hondo e inalterable, ellos nunca fueron capaces de mostrarme sus pensamientos. Sin embargo, se por sus tensos movimientos lo serio de la situación.

—Sentémonos.

Aquello debería ser una petición que con su voz grave y áspera se transforma en una orden.

Apenas dejo caer mis manos en mi regazo noto que estoy temblando, sin saber si temo realmente por lo que pueda decirme o por lo que su presencia puede incitarme a hacer.

—No puedo imaginar algo tan malo para que aparezca en ese estado gritando que no quiere separase de mí. Pero si no lo dices ahora mismo voy a enloquecer.

—Lizzy tuvo una crisis. —Suelta.

El alma se me pende en un hilo.

—¿Un… una crisis? ¿Qué clase de crisis?

Mis ojos se humedecen rogando por más información.

—Rompió todas las muñecas de Katy cuando las vio en su habitación.

—Eso no es algo propio de Lizzy.

—Si me lo contaran tampoco lo creería, pero fui yo la encontré. Estaba en casa de mi hermano Paul junto a mi novia, cuando escuché un ruido. Al entrar en la habitación la hallé arrimada en una esquina con la mirada fija en las muñecas rotas, repitiendo una y otra que eran un horrendo símbolo de “Vanidad”.

Paso las manos por mi rostro y exhalo.

—Debe ser una etapa. Pu… puede que esté celosa. Siempre fue la única niña en la vida de Paul…

—Sabes que no es eso Beatrice, no es la primera crisis que tiene.

Contengo la respiración.

—Paul me dijo que fue a su escuela una mañana para verla y la maestra de Lizzy le informó que ella ya no asistía a esa escuela.

—¿Dijo algo más?

Por su expresión sé que lo hizo.

—¿Cómo reaccionó Paul? —Pregunto cargada con la adrenalina que solo el miedo provoca.

Hay un largo silencio que me advierte de un fuerte terremoto a pronto de arremeter contra mí, capaz de destruir los muros de protección que he construido.

—Él quiere la custodia completa de Lizzy.

 

 

Cuando entro en la habitación de Lizzy la hallo profundamente dormida. No ha probado el pastel y distingo una lágrima seca en su mejilla. Me cubro los labios para que no me escuche cuando sollozo y una vez me recupero me llevo el trozo de pastel y apago las luces al salir.

Jamás permitiré que se la lleven. Una madre debe estar con su hija. No por nada Dios forjó el lazo más profundo entre nosotras. Nos hizo co dependientes desde el núcleo materno. Los hijos como fetos sobreviven por medio de sus madres; y una vez nacidos, las madres dedican su vida para formar a sus hijos.

Nuestra vida juntas no ha de terminar todavía.

 

 

Bajo las escaleras llegando hasta William, quien seca los platos en la cocina después de haber compartido la cena.

—No tienes que hacerlo.

—Si tengo. Mi madre me enseñó a ser agradecido.

—Al parecer solo uno de los dos hermanos captó el mensaje.



Danae C.P.

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En el texto hay: thriller, suspenso, misterio

Editado: 22.07.2018

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