Álter Ego

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EPÍLOGO

Rick Mason era un reconocido editor en el mundo literario. Había comenzado su carrera como periodista de una revista política local, con el tiempo había enseñado en la universidad pública de Colorado, estudiado una maestría en marketing y se había enamorado de las letras. Fue solo con el paso de los años que se concentró en su verdadera pasión, los libros.

Ingreso como editor en “Letras Rojas” y en solo un año de trabajo le dio a la editorial cuatro Best Seller. Poseía una percepción especial para descubrir en potencial en escritores novatos, reconocía un buen libro con solo leer un par de páginas y apostaba todo cuando lo conquistaban.

Quizás apostaba demasiado.

Pero toda época exitosa tiene sus baches, los suyos tuvieron lugar en los primeros meses del 2017, no había vendido más de 200 libros, y sus grandes descubrimientos estaban quedando en el olvido. Necesitaba desesperadamente encontrar una nueva joya.

Una tarde de primavera se aproximó a la primaria donde asistía su nieta para llevarla a casa, en el camino vio a una mujer sentada en un parque cerca a la escuela, concentrada en escribir algo en su cuaderno. Escribía y arrancaba hojas por doquier, dejando que estas bailaran con el viento. Se detuvo en frente de ella, había algo que le atraía de su forma de escribir, no sabía si era la precisión con que presionaba el bolígrafo o el aura de nostalgia y dolor que se cernía a su alrededor mientras dejaba las palabras brotar de ella. Esperó a que la mujer se levantara para abordarla. No necesito hablar con ella por más de dos minutos para saber que acababa de encontrar a su próxima heroína literaria.

Al principio la obra no tenía las ventas esperadas, había otro libro que acababa de salir al mercado, escrito por la mismísima Oprah, era muy difícil competir contra ello, en especial por el público hacia el cual estaba dirigido. Tuvo que pagarle a una mujer en una librería para que comprara el libro y hablara de lo bueno que era a sus amigas de su club de lectura. Pero en cuanto la obra comenzó a circular en aquel grupo de mujeres, los buenos comentarios se fueron expandiendo y la obra comenzó su despegue. En solo dos semanas “Vanidad”  había obtenido una cantidad de 300 ejemplares vendidos solo en la ciudad. Beatrice estaba orgullosa de ello, era una deliciosa probada de la fama, en especial para una simple ama de casa, pero para Rick no era suficiente, debía dar el siguiente gran salto o sabía que las ventas se quedarían estancadas. Tenía que poner en marcha alguna brillante estrategia, era su última oportunidad para recuperar su reputación.

 Sus colegas ejercían una fuerte presión, él ya no era la mente joven que solía ser y comenzaba a sufrir las consecuencias, cada vez contrataban más editores jóvenes, con nuevas y frescas ideas. El director de la editorial comenzaba a ver su visión de publicidad como “anticuada” y “fuera de moda”, Rick nunca creyó en las redes sociales ni en el poder que estas ejercían en la publicidad, en especial porque aquel era un libro dirigido a las mujeres entre los 30 y 45 años, no creían que ellas basaran sus elecciones literarias en lo que Facebook les recomendara. Él tenía que ir más allá, tenía que lograr que la obra cause un impacto, que todo el mundo hable de ella. Podía llevar la historia a la pantalla grande, pero aquello costaría mucho más dinero del que obtendría como retorno.

Por suerte la publicidad perfecta vino a su mente. No necesita banners, ni películas, la historia cobraría vida pero no en una pantalla grande, lo haría en la vida real. 

El sobrino de Rick era cirujano, Morris era su nombre, un chico con un trastorno social que venía desde la infancia. Rick siempre había sido su modelo a seguir, Morris no tenía un padre y él había sido la única figura paterna en su vida. No había nada que Morris no haría por él, incluso manchar sus guantes quirúrgicos con sangre.

Rick había tenido mucho cuidado en no parecer sospechoso, incluso había asegurado a la policía que sacaría el libro del mercado como respeto por las muertes. Se había asegurado de que los homicidios se llevaran a cabo en distintos consultorios de la ciudad. La rutina consistía en averiguar lo horarios de turno, dejar fuera a las enfermeras y doctores que realizarían la última cirugía ese día y trasladar el cuerpo sin vida de las mujeres usando pasamontañas y botas sin huellas. 

No había testigos con vida aparte de la enfermera Jenner, ella había presenciado uno de los asesinatos como una de las enfermeras de turno en el consultorio privado del doctor Richard. Se suponía que esa noche recibiría una llamada de emergencia de parte de su hijo pero no habían tenido en cuenta que lloviera ese día y que la enfermera decidiera regresar al consultorio para tomar su abrigo, antes de correr a casa para atender a su hijo herido. Entro en el consultorio cuando Morris se disponía a abrir el cuerpo de la segunda víctima. Aterrada huyó del consultorio.

Morris pensaba que daría su declaración al día siguiente pero aquello no pasó, estaba demasiado aterrada como para hacerlo.

Rick y Morris lo hubieran dejado pasar si la enfermera Jenner no hubiese sido la encargada de atender a Beatrice luego de su operación, era demasiado riesgoso permitir que ellas dos convivieran, era solo cuestión de tiempo para que la enfermera descubriera que ella era la autora del libro que ocasionó los asesinatos y le contara lo que vio aquella noche. La secuestraron esa noche, encerrándola en el sótano del hospital, cortaron su pecho y la echaron al basurero para que muriera desangrada. Sin embargo Jenner no murió, quedó en estado crítico pero su corazón todavía palpitaba. Rick no había dormido desde entonces, pensando en que podía despertar y acusarlos en cualquier momento, aunque sabía que era imposible que los hubiese distinguido a causa del shock, una pista conducía a otra.



Danae C.P.

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En el texto hay: thriller, suspenso, misterio

Editado: 22.07.2018

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