Ámame

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Capítulo 34

 


O un poco de dulzura...

 

 

 

Jessie tragó el nudo amargo que subió por su garganta cuando se detuvo frente al ventanal de la habitación de Sage, no despertaba desde que un shock emocional obligó a los médicos a inducirle el sueño. Al menos sus síntomas estaban en retroceso, pero no tan rápido como habría esperado.

Inocentemente creyó que con solo administrar la vacuna tanto su hermana como sus compañeros de clan mejorarían en un par de días, pero esto era la realidad y no todos tuvieron salvación, perdieron a cinco, tres guardianes, un rastreador y un explorador, Logan estaba devastado pues eran sus aprendices.

Ahora estaban siendo incinerados, porque ni siquiera podían tener un entierro digno o se corría el riesgo a propagar la enfermedad.

—Ella se pondrá bien. —La suave voz de Eleine cortó el triste silencio—. Está demostrando mejorías, al igual que Caleb. 

Desde el interior su loba dio un par de vueltas al percibir el segundo latido en el cuerpo de la mujer humana. Se llenó de expectativas por la próxima llegada del cachorro. Jessie suspiró, deseando que las condiciones que le recibieran fueran mejores que ahora.

—Quisiera que fuera más rápido.

—Sí, yo también. Pero tengo fe en que volverán a caminar entre nosotros.

Jessie se mordió el labio inferior, retornó su mirada a Sage dormida en la camilla, una intravenosa conectada en su brazo, y todo un equipo de detección de signos vitales conectado a su cuerpo. Extrañaba a su hermana, que apareciera de imprevisto en su cabaña solo para prepararle sus panecillos favoritos, que le pidiera que le contara alguna anécdota de sus revoltosos estudiantes, o decidiera llenarle la casa de plantas que terminarían por secarse en sus manos. Las del último mes habían hecho exactamente eso.

Desde una esquina vio a Harry aparecer para volver a acomodarse en una silla de metal. Su loba se encrespó arañando las paredes de su mente. El condenado gato no le había dejado sola en ningún momento, aún teniendo tanto trabajo que hacer, él se quedaba. Jessie no sabía si lo hacía porque tenía alguna clase de sentimiento hacia Sage, o por una simple responsabilidad.

—El amigo de Sawyer es tierno.

Jessie contuvo su réplica, ¿quién era ella para juzgar a los demás?

—Solo espero que haga las cosas bien.

Eleine esbozó media sonrisa, y giró medio cuerpo hacia ella, parte de su cabello negro y liso se movió adelante. Sus ojos oscuros, confiados y calmos, como chocolate suave en donde se percibía un par de esquirlas diminutas de un tono más claro. Signo de su vinculamiento con Caleb.

—Eventualmente todos lo hacemos.

Apoyando con suavidad una mano sobre el hombro de Jessie, Eleine se despidió y siguió por el pasillo de cuarentena perdiéndose en otro a la derecha.

Echando un último vistazo a Sage, Jessie abandonó la zona de cuarentena. Ella solo podía estar en los pasillos, mas no dentro de las habitaciones, por seguridad. Sin otra cosa que hacer, se sometió una vez más al proceso de desinfección, cuando lo hubo completado salió fuera de los laboratorios subterráneos. Un brillante sol se elevaba hacia el mediodía, apestando a los antisépticos sobre su piel, bajó por la pendiente hacia terreno más plano, continuó por el bosque rumbo a su cabaña. Al llegar notó la sutil esencia de la manzanilla salvaje, Sawyer debió andar por allí.

Dejando las llaves en un ganchillo, Jessie se dirigió al baño, el jabón artesanal de coco y almendra sirvió para limpiar su piel, alejar ese horrible olor. A ella no le importaba, pero a Sawyer siempre le inquietaba, le recordaba al laboratorio ese en donde lo encerraron, Jessie no quería que se sintiera incómodo.

Una vez limpia del todo, secó su cabello con una toalla y se puso ropa corta. El aire se sentía tibio en su habitación, pero al bajar al primer piso se le erizó la piel y en instante en que subió su mirada supo la razón.

—¿Pero qué rayos? —Masculló sorprendida—. ¡Estás todo mojado!

—Gran observación —Sawyer respondió sonriente—. ¿No vendrás a darme un abrazo?

Una sonrisa afilada le hizo palpitar el corazón, Sawyer tenía la camiseta gris marcada a la piel, de esa forma se podía apreciar el ancho pecho a la perfección, en un máximo detalle.

—En cuanto te cambies.

Sonrió de lado. Sus ojos grises se oscurecieron ligeramente y Jessie pudo ver al leopardo del otro lado.

—Y luego dicen que los gatos le temen al agua —se burló.

Sawyer se acercó, y Jessie dio un paso al costado para dejarle libre acceso a las escaleras, sin embargo, el felino se detuvo y acarició una de sus mejillas con el dorso de los dedos. Le gustaba hacer eso cada vez que podía, y a ella se le llenaba el corazón de ternura por ese gesto tan dulce.

—Hueles bien, pero me gusta tu perfume natural, cítricos. —Inhaló, y luego dejó salir el aire en un bajo gemido—. Me provoca hambre la mayoría del tiempo.



Jaqueline. S

Editado: 05.12.2019

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