Amber ©

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Capítulo 8: Creando tensión

Creando tensión

Sentada por casi media hora en uno de los bancos de la tienda de hombres, veía cómo Aaron se ponía miles de remeras y camisas.

- Joder, que sexy soy... -aprobó él mientras, mirándose en el espejo, flexionaba los brazos.

Rodó los ojos con aburrimiento y mucha hambre al verlo sonreír con galantería.

- Sí, campeón -murmuró ella con burla a su lado, viéndose las uñas como si fuera lo más interesante del mundo.

Porque en el tiempo desperdiciado que llevaba viendo cómo se jactaba de su cuerpo-tan-ejercitado, había llegado a la conclusión de que Aaron lo hacía a propósito.

Era cierto que él se vestía bien y se veía bien con lo que fuera que usara, pero Amber se negaba a aceptar que había chicos que realmente amaban ir de compras.

- ¿Puedo irme de aquí? -murmuró enfadada por el calor que empezaba a tener.

¿Y cómo no tenerlo?

Los dos estaban encerrados en uno de los pequeños vestidores.

- Vamos, Amber, no es tan malo. Cualquier chica incluso estaría aprovechando de la situación -rió él mientras volvía a desvestirse-. No te hagas la difícil.

Se puso de pie con el orgullo herido y lo encaró furiosa.

- ¿Cuál es la necesidad de cambiarte aquí? Si mal no recuerdo, te encanta desnudarte en todos lados -espetó fastidiada, apuntándole el pecho desnudo con el dedo índice-. Además, no sé qué tanto te miras, no hay nada bueno que ver.

Solo entonces logró que él le prestara atención.

Y sí que lo hizo. Porque antes de poderlo asimilar, Aaron acababa de acortar la distancia entre ellos.

Con las mejillas sonrojadas, intentó sonreírle con fingida inocencia en los escasos centímetros que los separaban.

- Vaya, no parecías pensar lo mismo hace cinco minutos. - Se inclinó sobre ella y sonrió con malicia-. No dejabas de comerme con la mirada.

El cálido aliento de Aaron se coló entre sus labios, tan cerca que su rostro se sonrojó aún más.

- Ya basta, aléjate -murmuró con la voz más aguda para su gusto.

Se regañó internamente por verse nerviosa, incapaz de moverse bajo el pesado y desnudo torso del castaño. De pie y arrimada contra la puertecilla del vestidor, lo vio sonreír triunfal, mirándola con malicia.

- ¿O qué? -preguntó con diversión antes de apoyarse aún más sobre ella.

Bufó débilmente, empezando a desesperarse cada vez más.

- No voy a pagarte tu tonta remera -siseó furiosa.

Aaron Foster ladeó el rostro y fingió estar sopesando aquella amenaza. Aunque, en realidad, lo tenía más que claro. Le fascinaba en desmesura hacerla enfadar, rabiar y, sobretodo, ponerla tan nerviosa que parecía no poder moverse. Era increíblemente divertido ver aquellas mejillas sonrojarse solo por susurrarle como solo él sabía hacerlo.

Así que, sin dejar de sonreír, apoyó el brazo al lado de la cabeza de Amber y, lentamente y bajo su atenta mirada furiosa, deslizó la lengua sobre los labios.

- ¿Te cuento algo? -rió ligeramente-. La remera me importa una mierda, estamos aquí porque me da la gana, nena.

Podía no saber pelear en absoluto pero, por lo menos, sabía defenderse de los ridículos golpes que personas como Amber querían hacer. Así, justo cuando la castaña, aún más furiosa, intentó darle un ridículo golpe directo a su pecho desnudo, le sujetó de las muñecas.

Se rió de ella en la nula distancia que los separaba mientras mantenía los brazos de la chica por encima de su cabeza.

- ¿Puedo saber por qué tienes la manía de encerrarnos en espacios pequeños? -escupió ella con la respiración agitada, tan enfadada que su ojos parecían estar chispeando sobre él.

No lo había pensado, en realidad. Pero, si era sincero, le gustaba. ¿Y por qué no?

Le encantaba hacerla enfadar y no era su culpa que ella desprendiera un aroma que se le hacía tan adictivo.

Sí, esa era la única razón, por supuesto, claro que sí.

- ¿Tienes algún problema?

- Suéltame o no voy a darte el dinero para tu estúpida...

- No -la calló rápidamente, poniendo un dedo sobre sus labios-. Las princesas no dicen malas palabras, niña mala -se burló.

Entonces se alejó de ella como si no hubiese nada más interesante que hacer allí. Y, colocándose su prenda, salió del vestidor sin más.

- ¡No soy ninguna princesa! -la escuchó gritar con frustración.

Rió sin poder evitarlo al saberla nerviosa y, mejor aún, enojada.

Joder, cómo le encantaba...

- Llevaré esta -dijo a la dependienta mientras le entregaba la remera blanca que debía devolverle a su amigo. Esa que Amber había arruinado con su tan característica torpeza.

Se apoyó sobre el mueble con aburrimiento, pensando en toda la ropa que podría llevar si la aburrida de Larousse no estuviera pisándole los talones.



TRomaldo

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En el texto hay: celos, celos y drama, corazon roto

Editado: 05.12.2019

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