Amnesia

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Prólogo

En una sala de un ostentoso hospital, dos personas se encontraban; una postrada en la cama y junto a esta: un hombre, con la mano fuertemente tomada de la chica en la cama. La miraba, y en contra de su voluntad, se le escapaban las lágrimas para terminar por recorrer las mejillas de la chica en la cama, mostrándole su dolor y su desasosiego al verla allí acostada por su culpa.

Paso su mano sobre las vendas que cubrían la cabeza de la castaña, haciendo que más estallidos llegaran al saber que ella no respondería.

Por su mente pasaron los recuerdos de cómo había comenzado toda esa situación, no había sido la mejor manera, pero aun así el destino después de años los había unido de nuevo él la había encontrado.

El junto a varios hombres más entraron a uno de los muchos "centros" de la ciudad, sin tapar sus rostros y armados hasta las orejas miraron a los guardias que al verlos se hicieron a un lado, con el temor recorriéndoles todo el cuerpo.

Los disparos no se hicieron esperar aclamando al dueño del lugar, seguidos por los gritos y sollozos de la gente que poco tenía que ver en la deuda de un hombre con los cincuentas pisándole los talones. Sin embargo, aquello no los hacia inocentes, con el simple hecho de estar disfrutando de una pelea a muerte entre dos seres humanos los hacia culpables, cómplices.

Mientras avanzaban fueron capaces de ver como dentro de un ring completamente lleno de metal había dos chicas que no solo estaban desnudas sino también bañadas en sangre, la de cabello castaño acostada en el piso con la rubia encima que aun escuchando disparos seguía propinándole golpes mientras la otra la tomaba del cabello intentando jalarlo para quitársela "matar o morir" se repetía en su cabeza, aun así, se rindió, no pudo.

Aquella chica que golpeaba sin cesar obtuvo una bala en su cráneo cuando menos lo pensó. Se detuvo cayendo su cuerpo inerte sobre la chica de ojos grises. La castaña demacrada trato de quitársela, se sentía fuera de su cuerpo, sus ojos mostraban su sufrimiento, su muerte en vida.

El mismo hombre que no pasaba de los treinta que había disparado a el ahora cadaver de la rubia de un disparo quito el candado que encerraba la gran jaula y entro en la misma, se acercó a la chica de ojos grises y la ayudo a levantarse, la mujer lo miro sin ponerle demasiada atención, se sentía ida, y trato de pararse, pero su cuerpo no lo resistió y cayo de rodillas justo encima del cuerpo de la rubia. El hombre dejo el arma en el piso y se quitó el saco que en ese momento vestía, dejando ver el grueso chaleco que portaba junto a las armas que en su cuerpo se distribuían, poniéndoselo a la chica y abrochando unos cuantos botones para que tapara por completo la desnudez de ese cuerpo demacrado. Tomo a la mujer en brazos.

Ahí fue cuando esta puso más atención a quien era y lo miro, no lo conocía de nada, su cabello que se veía negro probablemente por la poca luz que ahí había no le era conocido, así como las pocas facciones que veía en él, mas no le importo quien era y dejo que la llevara, a final de cuentas ella iba a morir, ya su vida no valía nada, no era nada, solo esperaba una salida, la única que no había probado para salir de esa vida: la muerte. Y por fin se le cumpliría, al menos eso es lo que ella pensaba.

De camino al auto la mujer cayo dormida en los brazos del pelinegro, a lo largo del camino se podían ver cuerpos, sangres y manchas, junto a armas, incluso algunos aun luchaban mas no durarían mucho. Cuando llegaron a auto el hombre la recostó y paso su mano por el mentón de la castaña, aquella que se hacía llamar Teresa en aquel mundo.

—Al fin te encontré, después de años estas aquí de nuevo —susurro, sin dejar de acariciarla, de verla, tomo su cabello que estaba sucio dándole igual y lo llevo a su nariz, donde se concentró el olor a cítricos tan característico de ella, tomo su mano y la elevo viendo aquel lunar entre el dedo medio e índice, y dio un beso justo ahí. Deseando ver sus ojos grises, aquellos que se figuraban a una tormenta; abiertos, con vida, como los había visto hace más de nueve años, no como ahora, tristes, sin vida, sin esperanza.

—Esta vez si te cuidare, no dejare que nada malo te pase, no importa cómo me mires, aun te sigo amando. —Inevitablemente llevo sus labios a los de ella, en un toque nada profundo y sintió como solo una lágrima salía de su ojo, rodando por su mejilla y conectándose allí donde se juntaban sus labios.

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Cristy Tirado

#813 en Novela contemporánea

En el texto hay: amnesia, romance, millonario

Editado: 23.12.2018

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