Amor ortodoxo

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Capítulo 2: De regreso al convento

Al llegar a la editorial, todos me reconocen y no se detienen ni un segundo a pensar en mi identidad. Después de todo, soy la sensación del momento, la escritora estrella.

Subo por el elevador y llego a la puerta de la oficina de mi gran amigo.

Trago grueso. No puedo evitar sentirme ansiosa. Pero lo que antes de entrar, me concentro en mudar mi semblante. No quiero preocupar a Arthur.

Respiro profundo y sitúo en mis labios, la mejor de mis sonrisas.

―¡Hola Arthur! ―Digo al sentarme en una silla frente a su escritorio.

―Somos amigos pero, al menos deberías tocar antes de entrar.

―¿Por qué? Dudo que estuvieras teniendo sexo.

Le dedico a Arthur una sonrisa mientras me quito de la silla y me siento de piernas cruzadas en su escritorio.

―Por supuesto que no, pero pude haber estado atendiendo un cliente.

―Tu secretaria dijo que estabas solo, por eso entré.

―Tienes demasiada confianza.

―Si no la tuviera, no sería una estrella ―señalo divertida.

―A propósito «estrella» ¿Cómo va la edición del manuscrito?

Hago mi cabeza hacia atrás. Mi momento de molestar a Arthur ha terminado al él, tirarme un vaso de agua fría directo a la cara.

Trato de disimular un poco y me dirijo al enorme ventanal de la habitación.

―La vista es espectacular ―digo en tanto aprecio desde el décimo piso, el panorama y agrego―: Me encanta tu oficina.

―Aún no has editado el escrito, ¿verdad?

Arthur me ha leído por completo y como comprendo que no puedo dar largas al asunto, volteo mi mirada hacia él y observo sus ojos negros.

―No ―declaro sin más―, no he hecho absolutamente nada.

Mi amigo niega y se alborota su cabello negro. Despacio, se acerca a mí y coloca sus manos en mis hombros.

―¿Qué te sucede? Me preocupas ―explica con un pesar que se nota en su semblante―. Hace dos años y medio, cuando me diste a revisar el manuscrito de tu obra, me dijiste que querías escribir una trilogía y que tenías muchas ideas para el segundo y tercer libro. Por esa razón, y porque tenías el manuscrito del segundo volumen en tus manos, se aprobó la publicación de éste. Susan, ¿entiendes lo que pasa? Ya se ha admitido el segundo volumen de tu obra y asustas a la editorial con tu brillante idea de que aún quieres hacer cambios cuando la novela, difícilmente puede ser mejor porque ya la consideramos perfecta.

―Sí, reconozco que mi decisión es extraña, pero no estoy satisfecha con…

―Tú no eres así ―certifica él―. Susan, me inquieta tu actitud. No quiero que arruines todo por lo que has trabajado. Y, no lo digo como editor, sino como tu amigo.

Me quedo en silencio ya que no tengo ni la menor idea de qué responder. Me limito a bajar la mirada y en pensar en mis últimas acciones que a como menciona Arthur, son todo, menos lógicas.

A la verdad, no estoy satisfecha con mi trabajo creativo. Quizá sea porque mis miedos están apoderándose de mi ser y me limitan, pero creo que todo el manuscrito es un verdadero desastre. Probablemente estoy equivocada, porque no sólo Arthur sino otros editores han tratado de convencerme de que he escrito otro betseller, más no me siento tranquila.

Tengo miedo a fracasar y que mis lectores piensen que hubiera sido mejor que «El despertar del Fénix» hubiera terminado en un solo volumen, pero, ¿cómo se lo explico a Arthur? ¿Cómo le manifiesto mis temores a alguien que sólo revisa libros? Él no podría entender mis pesares.

―¿Qué sucedió con ésa Susan que confiaba tanto en sus escritos?

―No lo sé ―menciono mientras hago mi cabello hacia atrás, mostrando mi perturbación y sincerándome con él―. De lo único que estoy segura es que todas mis ideas no me parecen apropiadas y las que se me ocurren, se escapan rápido de mi mente. No estoy contenta con el manuscrito actual. Tengo noción de qué editar, pero no sé cómo.

―Esto es normal en los escritores, sólo estás pasando un momento de estrés. Te aseguro que cuando este tiempo termine, entenderás que lo que ya tienes, es perfecto.

Mi pecho se comprime y las lágrimas afloran en mis ojos castaños.

―¡Esto no es estrés! Mi talento se esfumó.

―No seas tonta ―dice mientras me abraza―. El talento no se esfuma.

―Se esfuma ―contraataco.

―No, no se esfuma. El estrés y la ansiedad te están bloqueando el juicio. Necesitas relajarte y yo te ayudaré en eso.



Julissa Snchez Arias

Editado: 18.09.2019

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