Amor Por Contrato

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Capítulo diecisiete

Los padres de Michel, Miles Harris y Rebecca Meyer, estaban divorciados desde hacía un par de años. Al hijo primogénito de esta ex unión conyugal estaba conforme, decía que el rompimiento de su matrimonio fue un regalo del cielo para sus vidas.

Grace Harris, su única hermana del mismo lazo sanguíneo, creía por su parte todo lo contrario. Extrañaba la unidad en su familia, por más de una vez pretendió juntarlos organizando diferentes eventos que los incluyera a ambos, pero al enterarse de que su padre ya gozaba de una nueva mujer, cesó sus intentos. En aquella oportunidad, no obstante, Grace que vivían en Inglaterra, por motivos personales tuvo que viajar a Nueva York, y antes de retornar decidió visitar a Michael en su elegante Penthouse.

Para reír o para llorar, ese día era precisamente después de la fiesta que Umail dio para Kim.

Despertó un poco temprano, no porque así lo haya querido, sino por una fuerte punzaba que asaltó sus sienes. Tenía los ojos entreabiertos, pasó la mano en la zona afectada, encontrándose con una piel sudada... «¿Tan pronto moriré?» fue su primer pensamiento. Se sentó a la orilla de la cama con rapidez, buscando entre los cajones de la mesa de noche el recipiente donde guardaba las pastillas que consumía en dichos casos. Como alma que lleva el diablo se dirigió a la cocina, sirvió agua en un vaso y no pensó dos veces en consumir el medicamento. Ahora sólo faltaba que le hiciera efecto; apoyó las manos sobre el mesón, bajando la cabeza al mismo nivel. Desde la coronilla emergía una nueva capa de sudor, que solo alimentó a la que ya estaba. «¿Cuánto se supone que tomé ayer?» De su frente resbalaba una gota que terminó por caer en el mesón.

«Quédate tranquilo como dijo el doctor, no te alteres o todo empeorará». No supo cuánto tiempo transcurrió en esa posición, pero si alguien lo hubiera visto creería que algún mal lo embestía, aunque por respeto –menos que por miedo–, no ayudarían a menos que él mismo lo exigiera.

Ya recompuesto, se dio una ducha, y se colocó unos short's para nadar en la terraza; no tenía planeado nada que procurara su pronta atención en la empresa, esa mañana se la tomaría para sí mismo. Echó la toalla sobre el hombro, tomó su celular y en cuestión de segundos ya se hallaba con el cuerpo hundido en la piscina. Era cierto que le gustaba nadar, sus horas libres la dedicaba a esa actividad, pero jamás tuvo la oportunidad de entrar en alguna competencia para demostrar la habilidad que él mismo adquirió de adolescente. A veces, en su círculo de amigos, presumía de su capacidad de soportar hasta 7 minutos debajo del agua.

Ring ring ring ring. El sonido de su celular captó su atención, en la pantalla se veía una llamada entrante de su portero.

―¿Diga?―Preguntó llevándose el teléfono al oído.

―Señor Harris, hay una señorita aquí en la entrada que desea hablar con usted, dice que...

―Hágala subir―ordenó sin dejarle terminar.

―¿Está seguro, señor?

―Sí―y acto seguido, colgó la llamada.

Tomó la tolla, la pasó sobre su cuerpo y la arrojó en una tumbona. Iría a cambiarse de ropa lo más pronto posible para recibir a su hermana, tenía mucho tiempo sin verla. La ausencia que dejó en la vida de Michael lo afectó de cierta forma, mas la idea de verla de nuevo ''activaba'' algún sentido de hermano mayor. Terminaba de colocarse un chándal y una camiseta deportiva cuando salió al recibidor, ralentizando los pasos al percibir la figura de una fémina muy diferente a Grace.

Ésta tenía el cabello de color castaño oscuro, sometido a un par de clinejas mal hechas. Un vestido de estampado hasta los zapatos cubría su cuerpo, cuyo material de la tela parecía estar arrugado, escondiéndose la parte superior dentro de una chaqueta de blue jeans. Admiraba con detenimiento los adornos de la estancia. La textura de los sillones, los cuadros, hasta el simple color de las paredes era cosa de asombro para la desconocida. Michael, quien todavía no distinguía su rostro, se acercó con cautela plantándose por detrás, durante que ésta tomaba uno de los objetos en sus manos para observarlo más de cerca. Aclaró la garganta y ella giró hacia atrás en un sobresalto, pero el sonido de lo que llevaba en las manos impactando sobre el suelo acabó por atraer la mirada de ambos. ¡Lo había dejado caer!

―¡Qué tonta soy, perdóneme!―Exclamó, inclinándose a recogerlo.

—No se preocupe, yo lo reco... —Decía inclinándose del mismo modo.

 Ambas frentes chocaron, ella se echó hacia atrás, permitiendo que éste levantara el adorno.



Abigail Greene

Editado: 04.10.2019

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