Amor Por Contrato

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Capítulo veinte

Mónica Foster se levantó de su cama casi de un salto el día en que se suponía que era la exposición de arte de Mercedes, su madre. Ocupó las dos primeras horas en el trabajo, luego pidió un break para ir en dirección a su hogar sin dar explicaciones del porqué o adónde se dirigía con tanta premura y entusiasmo. Su pecho se inflaba de alegría por pensar que, si Michael Harris asistiera, podría verle de nuevo. Era incapaz de olvidarse de él, y no tanto porque fantaseaba por las noches, sino también por la inagotable publicidad de su imagen en diferentes medios de comunicación.

A veces se odiaba por dejarse flechar tan pronto, pero lo que sucedió aquel día fue inexplicable, y... Extraño. Nunca se había sentido así por un hombre; sin embargo, aun cuando su corazón dibujaba rosas y latía al compás de melodías románticas, su cerebro le insistía en no permitir que las ilusiones la dominasen... ¡Y nada más! ¿Qué solución se le podía dar al corazón y al cerebro si ambos querían cosas opuestas?

Antes de entrar a su residencia, se encontró con la señora Park intentado llevar bolsas negras de basura a los contenedores. Al notarla, se apresuró a ayudarla, y después de dejarlos se permitió algunos segundos para hablar con ella.

—¡Hola, señora Park!—Saludó con efusividad.

—Hola, hija—contestó con una sonrisa que mostraba algunos de sus dientes disparejos—. ¿A qué se debe tanta alegría?

A Mónica no reparó en ocultar su regocijo, por el contrario, le importó poco en hacerlo más evidente: —¿recuerda la exposición de arte de la que le hablé el mes pasado?—Ésta volvió su mirada al cielo intentado recordar el hecho que señalaba, pero al cabo de algunos segundos subió los hombros y negó con la cabeza—, bueno... Mercedes es artista plástica y expondrá sus cuadros en Central Park.

Bianca –o Helena–, abrió los ojos sorprendida, arqueando las cejas y haciendo una O pequeña en su boca.

Uyuyuy ¡Eso es impresionante!—Expresó tan pronto como cambiaba sus facciones a gestos alegre—. ¿A qué hora será?

—De hecho, ya inició, irán otros retratistas a mostrar sus pinturas, y al mediodía iniciará una subasta... Espero que los compren, le ayudaría bastante.

—Claro que lo harán—le dio un pequeño golpe en el brazo, animándola—. Me gustaría ir, pero a mi nieto le han dado del alta y vendrá en un rato, debo desempolvarlo todo.

—¿Isaí? Esa sí que es una buena noticia, debería llevarlo a la subasta, de seguro Mercedes se llevará una gran sorpresa.

Asiente ante la idea: —dependiendo de cómo llegue, el médico le dijo que debía guardar reposo, ya sabes…

Siguieron cambiando un par de palabras, y después decidieron despedirse. Al entrar a su piso, como ya era usual el desorden, se sacó la ropa en plena sala y la dejó tendida en la de las sillas del comedor. Tomó la toalla de baño y se dio una ducha; de su armario, sacó una camisa de Vichy fucsia, uno pantalón de mezclilla holgado, y unos zapatos de goma. No tardó en colocárselos, sonriendo a su reflejo en el espejo.

«Excelente».

Esta vez se ató el cabello a una coleta alta sin dejar mechones sueltos, y el resto lo trenzó. Su –abandonada– cosmetiquera, consistía en un polvo compacto que se dejó caer hace meses, y ahora lo conservaba sin uso aparente. Una máscara para pestañas y el único labial violeta que no se atrevió a cambiar. Extrajo la pintura y la pasó por sus labios de forma que resaltaran de entre las demás facciones de su rostro.

Finalmente tomó una mochila y salió de casa. El día estaba algo nublado;  la figura de Michael la acompañaba en su cabeza mientras iba en el autobús, haciéndola sudar. La punta de sus dedos se enfrió, y su estómago se estremecía. ¿De verdad irá? Se preguntaba. Pidió parada en Central Park, a pocos metros de la entrada se vislumbraba la zona dónde era la exposición de arte. Varios de los artistas terminaban de instalar sus puestos, mientras que otros, los espectadores, se acercaban a observar las representaciones pictóricas.

Mónica intentó localizar a Mercedes con la mirada. En el último hilo estaba una mesa arropada bajo un mantel blanco, sobre ella se sostenían con soportes para portarretratos, diferentes lienzos. Junto a ellos, una mujer delgada vestida de flores con canotier, los movía de posición. Se acercó y le tocó el hombro: —¿Mamá?



Abigail Greene

Editado: 04.10.2019

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