Amor Por Contrato

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Capítulo dos

«Ring».

«Ring ring».

«Ring ring ring».

Los sonidos de un celular impertinente parecían no despertar a Michael Harris aquella mañana, pero al estar consciente, sin abrir los ojos o mover el cuerpo, escuchó por un momento aquellas resonancias, reconociendo que no provenían del suyo. Se sentó en la cama de repente, pero el aparato resonante no había sido lo primero que robó su atención. La habitación impecable a la que estaba acostumbrado a vivir, se hallaba esclavizada por un desorden caótico y muy alarmante.

¿Pero qué demonios… ?

Entonces, como si se tratase de algún extraño caleidoscopio, las imágenes de los acontecimientos del día anterior golpearon su cabeza una tras otra. Música estridente, amigos, mujeres hermosas, risas y alcohol. En resumen, hubo una fiesta, pero de alguna manera no lograba recordar mucho. Se preguntó qué horas eran.

«Ring ring ring ring».

Michael giró su cuello a la izquierda cuando el móvil sonó de nuevo, descubriendo una melena rubia yacer sobre la almohada a su lado y un cuerpo respirar sosegado bajo la sábana. Menuda sorpresa, pensó. Durmió con una mujer sin saber cuál era su nombre, o su aspecto físico, lo cual creía que era un mal presagio para su vida. ¿Era Esther? ¿Tiffany? ¿Rebecca? Quizá era Rebecca, estaba un tanto seguro de ello… ¿O no?

Probablemente hacía demasiadas preguntas. Colocó los pies sobre la fría alfombra de algodón, y se llevó la mano a la frente. Pulsaciones rápidas y doloridas. Soltó un taco, ¡era justo lo que le faltaba! Un indeseado dolor de cabeza. Ya tenía tres problemas que resolver antes de las diez –si era que aún no eran las diez–, y el segundo no era propiamente un problema.

Volvió a echar su vista sobre la habitación, asqueándose de las botellas vacías tiradas sin cuidado, las colillas de cigarros y puros amontonados en distintas zonas, y pequeñas bolsas vacías que contenían narcóticos. Se colocó el primer pantalón que vio, resultando ser el mismo que usó ayer en la fiesta. Eso sí podía recordarlo con exactitud. Con una amabilidad inexistente y una paciencia practicada en años anteriores, giró hasta la mujer que ahora ocupaba el centro de su cama, zarandeándola con suavidad, intentando despertarla.

―Ey, tú, tienes que despertar―como respuesta ella murmuró, colocándose bocabajo―, debes despertar de una vez, Rebecca.

―Mi nombre no es Rebecca, es Teresa―replicó, haciéndolo quedar estático por más minutos del que le hubiese gustado admitir.

Concluyó en intentarlo más tarde. A lo mejor sería consiente del lugar donde se encontraba y se iría por sí sola; buscó su celular y miró la hora: 9:05 a.m., todavía quedaba tiempo para desayunar, asistir a su cita con el médico, e ir a su trabajo. Requería de un chequeo urgente. De entre los centros hospitalarios en Manhattan, Michael fue selectivo eligiendo uno lo suficientemente bueno para él… Lo suficiente como para no engañarlo con un diagnóstico.

Se dirigió a la sala bajando los peldaños uno a uno, deteniéndose precisamente en el último. Si ciertos panoramas mataran, ése sin duda, acabaría enviándolo directo a su tumba. Más botellas vacías, restos de comida esparcidos por el suelo, los muebles fuera de sus respectivos lugares, y para colmo, un olor nauseabundo penetraba la estancia. Agradeció que algunos objetos que tenía por reliquias permanecieran intactos. Más o menos. No se detuvo a observar los detalles, pero algo sí era seguro, regañaría a Umail cuando lo viera.

Umail Lester era un amigo de su infancia cuando vivía en San Diego con su padre. El único con la libertad para realizar una fiesta dentro del hogar de Harris; ayer le había llamado para comunicarle de sus planes festivos, pero lo negó por completo. No obstante, Umail se excusó diciéndole que su casa no poseía las condiciones adecuadas –o envidiables– como las de su ostentoso penthouse. Después de pedírselo otra vez, Michael aceptó, creyendo que sería una pequeña reunión con pocos invitados.

Era de esperarse una equivocación.

El rugir de su estómago lo arrastró al presente, decidiendo a duras penas ignorar el degradante estado de su salón. Caminó hasta la cocina, la cual no estaba tan guarra como imaginaba. Sacó una sartén, la colocó sobre las hornillas encendidas, también un par de huevos, dejándolos caer sobre la superficie ya caliente, y empezó a prepararse el desayuno. Se sirvió en un plato de vidrio junto a panes tostados y un zumo de naranja.

No tardó en devorar la comida; cuando acabó escuchó los pasos de Teresa bajar por la escalera, yendo al lugar donde él se encontraba, deteniéndose en el umbral de la puerta. Vestía sólo su ropa interior. Al verse, iniciaron una especie de competencia sobre quién podía sostener la mirada por más tiempo, y tal vez pasaron cinco minutos, cuando Michael se cansó decidiendo hablar primero.



Abigail Greene

Editado: 04.10.2019

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