Amor Por Contrato

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Capítulo seis

Michael James Harris nació en Inglaterra, y si pudiera cambiar ese hecho lo haría para no tener que ser enterrado en el mismo lugar. No acostumbraba hablar acerca de cómo moriría, no obstante, la última vez que lo hizo fue con su médico de preferencia en los habituales chequeos que realizaba; en la noche de ese mismo día creyó tener convulsiones antes de irse a dormir. «¡Casi moría! Tal vez por alguna razón no lo hice». Pasaron varias semanas donde prefirió vigilar su propia vida, a darse una buena siesta. Sin embargo, gracias al cansancio mental que consiguió, acabó dándose un sueño profundo. Tras suponer que dormir no convenía un problema grave, pudo conciliar el sueño como normalmente lo haría una persona.

Se acercaban las diez de la mañana con aires fríos, las nubes del cielo empezaban a teñirse de un extraño gris, parecía que llovería a cántaros, aunque una parte de Michael no le importaba en lo absoluto. Se despedía del estacionamiento del hospital, conduciendo a su trabajo más relajado, cuando le tocó detenerse en un semáforo miró al cielo de nuevo, cosa que lo llevó cavilar entre sus recuerdos de San Diego con Miles Harris, su padre.

Mas no siempre fue de esa manera. Peckham, Inglaterra, atestiguaba todos los sucesos que rodearon su niñez infausta, e inclusive antes de ésta. No le faltaba ser demasiado inteligente como para saber que procedía de una familia disfuncional, y que uno de los primeros recuerdos perpetuados en su memoria fue una de las tantas discusiones en que se placían Miles y Rebecca, su mujer. Después de una relación de noviazgo que se mantuvo en secreto, la cual se recordaba como auténtica temeridad, algunos problemas amargos que los hacían decadentes, y el amor en su contraste, decidieron casarse sin la bendición de sus padres.

¡Dios los asista!

Su boda fue heterodoxa a petición de ambos, dignificándose a un pronto olvido. De alguna manera consiguieron una morada que a duras penas se mantenía en pie, hecha de zinc y madera vieja. La sala de estar, el comedor y la cocina se hallaban en la misma estancia, una pared la separaba de la única habitación y el baño estaba afuera de la vivienda. Sin importar los pocos electrodomésticos que completaba su ''comodidad’’, era mejor que nada... O eso decía Rebecca.

Ella creía que mientras hubiera amor en la relación, todo lo demás sería secundario. Para su consternación, olvidó la fidelidad y la lealtad, de cierta forma esos eran temas que no se escribían a la ligera en hojas de papel, por lo que cuando Leandra, su única amiga, le preguntaba cómo iba su matrimonio, ella se sinceraba con cierta información prolija.

―Los primeros meses fueron buenos, al menos para mí, pero de un momento a otro comenzó a cuestionar todo. Cómo cocinaba, cómo vestía e incluso lo que hacía. A veces me gusta salir con algunos colegas, y a pesar de haber intentado explicar varias veces el tipo de relación que tengo con ellos, siento que no es razonable conmigo―comentó una vez por llamada telefónica.

―No puedes estar con una persona así, ya que ese es el tipo de hombre que termina siendo abusivo y controlador. Si no escuchó las primeras veces cuando querías explicarle, dudo mucho que lo haga ahora si lo intentas de nuevo. Deberías dejarlo antes de que el problema empeore.

Hubiera querido acceder a su recomendación si no amara a Miles, y el 10 de mayo de 1990 dio a luz a Michael, su primer hijo, y cuatro años más tarde a su hermana, Grace. Para entonces comenzó a creer en la existencia de bendiciones intangibles. Sin embargo, la forma en que fluyó su matrimonio le impidió hacerlo por completo.

Los inconvenientes que parecían respetables se convirtieron en la base del conflicto, la desconfianza y la infidelidad. Las caricias íntimas que una vez compartieron en la cama, se volvieron frías e insípidas hasta que desaparecieron. Su amor se había desvanecido, dando paso a una sensación opuesta que albergaban ambos en su pecho.

Discutían durante noches, como si la pendencia fuese diversión, y en algunas ocasiones llegaban a las agresiones físicas. Ella se quejaba de la faceta mujeriega que desarrolló Miles, además de los rumores que llegaban a sus oídos; él solía aparecerse en medio de la madrugada, pero en aquella ocasión, apenas pisado en umbral de la casa, las luces se encendieron, exponiendo la silueta de su mujer con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Sin mostrar expresiones en su rostro, exceptuando el carmesí teñido en sus pómulos, sus labios contenían el deletéreo de sus pensamientos, esperando el derrame de su cólera.

―¿Dónde estuviste?―Preguntó con una calma que no iba más allá de lo superficial. La apariencia nauseabunda que lucía no hizo nada para calmar el ambiente: zapatos embarrados, jeans sucios, una camisa arrugada, y en algunas áreas teñidas con una extraña sustancia roja―. ¡Contesta!, maldita sea contigo―Exclamó en un alarido; hizo una pausa, donde colocó sus manos en la cintura―, ¿dónde has estado? ¿Qué son esas manchas en tu camisa?



Abigail Greene

Editado: 04.10.2019

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