Amor Por Contrato

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Capítulo ocho

Un rascacielos de 374 metros de altura, que evidenciaba más de tres años de esfuerzo y dedicación arquitectónica, con una estructura moderna, contemporánea, revestido en todo su exterior por vidrios ahumados que reflejaban el resplandor del sol neoyorkino, ubicado en el centro de la ciudad como una de las mayores atracciones para los amantes del diseño, se exhibía con elegancia y simplicidad frente los ojos de cualquier individuo. Parecía un pilar de cristal que ascendía al cielo, y los sesenta segundos en que el tráfico se detuvo gracias a un semáforo en rojo, Michael se dispuso a contemplar dicha majestad desde el interior de su auto.

Aquella torre era conocida bajo el título de Harris Industries, una empresa encargada en el cuarenta por cierto de sus acciones, financiar proyectos de personas en el área de telecomunicaciones y tecnología, mientras que el otro porcentaje se dedicaba a la fabricación y venta de productos tecnológicos: smartphones, tablets, computadoras, etc.

«El arquitecto que lo esquematizó se esmeró en construirlo», caviló. Lo que fue una admiración sutil, lo trasladó a sus recuerdos del año pasado, cuando una revista web realizó un ranking de los siete edificios más altos de Nueva York, posicionándolo en el número cuatro y antecediéndole Empire State con 381 metros de altura. Pero no podía desconformarse con el resultado, su dicha derivaba del agrado que le produjo el fruto del imperio que poco a poco alzaba.

¡Y apenas comenzaba!

La bocina del vehículo de atrás lo arrastró al presente en un sobresalto que no pudo evitar, y de inmediato pisó el pedal para avanzar. Se detuvo en menos de lo que calculaba delante del edificio, donde un muchacho que trabajaba como valet parking, que apenas superaba los veintiún años, vestido con un frac y mitones blancos, se acercó en rápidas zancadas.

Abrió la puerta, salió y la cerró detrás de sí con una gesto alegre en la boca, olvidado la crisis que tuvo minutos atrás. Aventó las llaves al joven sin previo avisto, que al intentar atraparlas las dejó caer al suelo. Se inclinó a recogerlas, posterior yéndose al automóvil para trasladarlo al aparcamiento subterráneo tan rápido como podía.

Apenas puesto una de sus manos en la agarradera, la de Michael cayó con rigidez en el hombro del chico, quien creaba pequeñas capas de sudor en la frente. Su corazón latió con resuello, sintiendo cómo la presión arterial oscilaba; fue advertido de lo que ocurriría si aquel auto obtuviese un rasguño, por lo que subió con cuidado, insertando la llave y conduciendo a baja velocidad. Echó su vista al asiento del copiloto, patidifuso, en el cual yacían tres botes de geles anti bacterias, aunque no pensó mucho en eso. Eran cosas de hombres de negocios, se dijo a sí mismo, y él era otro trabajador más.

Éste, por otro lado, sacudió las mangas de su saco antes de marchar a las puertas de entrada, cuyos fríos aires provenientes del interior, fueron los primeros en darle la bienvenida.

Extraordinario atavío jactaba su interior. Después de cruzar el umbral, se encontró con la sala principal. Espacioso, fresco, la decoración era minimalista; el piso era de cerámica pulida, las paredes no salían de blanco, negro y gris, excepto las transparentes, y el techo era de yeso. Algunas jardineras con palmeras adornaban el centro, en el que había un mostrador de granito con el nombre de Harris Industries escrito en acero brillante, y al final un corto pasillo que conducía a los elevadores panorámicos.

Caminó resuelto hacia la recepción a cargo de una mujer que vestía el uniforme que la compañía exigía: una falda entubada de color índigo, una camisa blanca abotonada y un par de tacones negros. Al percibir su presencia, la susodicha sonrió, a lo que Michael no evitó examinar sus facciones, a pesar de que no hubiese mucho que observar. Entre sus rasgos más notables, tenía la barbilla partida, tez blanca, y el pelo recogido en una coleta estrecha sin mechones sueltos

―Buenos días, señor Harris―saludó cortés, sin deshacer su sonrisa.

―Buenos días, Gretta―respondió con la misma educación.

―El señor Jillian Share y sus accionistas le están esperando en el salón de reuniones, piso setenta y cuatro.

―¿Hace cuánto llegaron?

―Hace aproximadamente quince minutos―dijo, y Michael desvió la mirada al reloj en la pared detrás de ella, cuyas manecillas apuntaban apenas las ocho y veinticuatro.

―¿Y la comitiva?

―Está también reunida con el señor Share―se puso de pie y giró a la cómoda de su costado, tomando una carpeta amarilla y extendiéndosela a su jefe―, aquí tiene su itinerario de actividades.



Abigail Greene

Editado: 04.10.2019

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