Amor Por Contrato

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Capítulo diez

Michael yacía descansando en la misma silla que hubo estado tiempo atrás. Solo, con una luz procedente de la bombilla en el techo, iluminaba tenue aquella estancia. Echado en el respaldar, cruzó una de sus piernas sobre la otra, de forma que su tobillo izquierdo quedó sobre la rodilla derecha. Tenía un codo apoyado en el reposabrazos, y el dedo índice de esa misma extensión corporal, acariciaba la hendidura bajo su nariz en pequeños movimientos. Apelando a gestos fríos, circunspectos, cualquiera que lo viera en esa posición desearía saber qué intentaba maquinar aquel hombre en su interior.

Eran pasadas las once y cuarenta de la noche, y no podía evitar tener la sensación de estar maniatado sin tener algún tipo de soga o grillete encima. Horas antes, luego de haberse encontrado con Umail en la terraza, éste se retiró con su característico gesto alegre, agradeciendo la comprensión de Michael al dejar que la fiesta de Kim se realizara en su penthouse. Posterior, se dirigió al mismo salón donde tuvo la junta directiva; en el trayecto desechó el itinerario que le fue entregado temprano, ya que ese instante, todos los planes habían cambiado, y éstos giraban en torno a su problema. Sin embargo, él lo hacía mediante a palabras… Las palabras.

«Estoy comprometido».

Recreaba la escena una y otra vez en su imaginación; bastó decir tal disparate inverosímil para entrar en una especie de trance, un aprieto que lo hiciera dudar hasta de sí mismo. ¿De qué lugar se le ocurrió formular semejante cosa? Soltó un taco por lo bajo gracias a su desliz. Todavía no abandonaba Harris Enterprises cuando, extrañamente, disipó sus pensamientos, colocó las palmas de sus manos en los apoyabrazos y se impulsó a levantarse, encaminándose hacia el ventanal. Delante del vidrio, percibió las facciones rígidas de su rostro sin una ligera elevación o fruncimiento, reflejados en el cristal. Atrás de éste, las luces de la ciudad se distinguían entre el firmamento oscuro, disímiles a las estrellas, alumbrando escaso la ciudad, que sin tener en cuenta la hora, pocos autos transitaban las calles noctámbulas sin crear estruendos perturbadores.

Sintió de repente un nudo en las entrañas que lo hizo hincar la frente en la superficie transparente; exhaló con frustración, la mitad de su existencia le aconsejaba que declinase antes de cometer una mayor estupidez, mientras que la otra mitad le exigía que luchara por lo que quería, costara lo que costara, y a decir verdad, ¡era una locura!, porque tampoco sabía cómo armonizar las dos voces, o en su defecto, saber a quién obedecer. Entonces, para colmarlo, las imágenes de Seattle vagaron por su cerebro, burlándose de él.

Hastiado de su aberración, se quitó el saco con descuido sin importarle poco o nada que se arrugara, tirándolo en un movimiento severo sobre el suelo. Cerró los ojos, colocando ambas manos en su cadera y preguntándose qué se suponía que debía hacer ahora. Empezó a andar de una esquina de la sala hasta la otra en línea recta, esperando alguna idea ingeniosa. A un cuatro para la medianoche, su clarividencia aún estaba en blanco, por más que buscara, no llegaba nada que resultara muy efectivo. Temía seguir así, porque eso indicaba que apalearía a cancelar el contrato.

Quizá si renegociaba los términos, ofreciendo pagar el quince por ciento de sus acciones, permitirían obviar el requisito del matrimonio; era una opción agridulce, un poco precipitada, pero si… ¡Bah! Daría demasiado dinero contando con muy pocas probabilidades, a pesar de que fueran más de ciento cincuenta mil dólares. Aunque, si prometía un cargo a cada empleado en su extensión, accederían a olvidar la cláusula. No obstante, por cuestiones que ni él podía comprender, no estaba dispuesto a utilizar a Miller Electronics.

Se detuvo frente a la ventana de nuevo, con las manos escondiéndose dentro de los bolsillos, observando más que la metrópoli, su perfil, con la diferencia de que esa vez fue de cuerpo entero. Su camisa abotonada dentro del pantalón, la corbata, mechones de cabello desordenados a su gusto, el aspecto taciturno que exteriorizaba.

«Necesitas una esposa», concluyó en un murmullo.

Pero, ¿dónde conseguiría una lo menos tardar posible? Tenía la habilidad de encantar a todo el mundo, mas no todo el mundo lo encantaba a él. Nadie era lo suficiente capaz de tocar su corazón de maquinola, de enamorarlo, pues de alguna forma creía que cada mujer que lo intentaba, le faltaba algo, ese algo que buscaba y jamás encontraba.

Tal vez, tampoco existía.

Pensó en ese momento, como vía de escape, en pedirle matrimonio a Gia Dellepiane, la mujer con la que estuvo más tiempo el último año. Natural de Italia, la conoció en Milán, en una gala flamante de la que recibió invitación, y por más que se negó a asistir, optó por ir para no dejar una mala impresión. Sin necesidad de acudir a un amigo, o algún allegado, Gia se acercó a él cautivada por el físico americano y un par de ojos verdes; además de ser algo presuntuosa, poseía el arte de cautivar a las personas sin abrumar. Nunca hablaba de más, y tampoco de menos.



Abigail Greene

Editado: 04.10.2019

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