Anastasia y el mundo de él

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Capítulo 39

    El día transcurre tan bien como lo esperamos, almuerzo, cine, rambla hasta que el sol se oculta y terminamos en la plaza que está cerca de la casa de Ema. Nos sentamos en las hamacas y observamos el tránsito pasar, cómo los autos rodean uno de los edificios, según mi opinión, más hermosos de la ciudad.

    Es triste ver ese edificio, todos lo conocen, los que viven cerca lo consideran simplemente un punto de referencia y para los que no viven tan es sólo el lugar donde "trabajan" los legisladores.

    Para mí no es así de simple, recuerdo cuando estaba en quinto año de escuela. En ese año tuve a la mejor maestra del mundo, no sólo era buena enseñando, sino que además vivíamos paseando y conociendo lugares de importancia de nuestra ciudad.

    Ella nos llevó a conocer ese lugar, claro está que no me acuerdo mucho de la historia del edificio, aunque sí recuerdo lo enamorada que estaba de él y aún lo estoy. No sé qué me produce esas emociones, lo veo casi diario, no obstante, para apreciar la hermosura de su fachada tengo que detenerme, observarle los detalles, la escalinata, las columnas, las estatuas en los techos, como flamean las banderas y cientos de otros detalles hermosos que puedo ver casi a diario.

    Lamentablemente a esta hora no están las banderas, las retiran al atardecer, de todos modos quitan una belleza por otra, ahora están todas las luces externas encendidas, lo que le da una iluminación naranja, parece que hubieran encendido hogueras y con eso irradia un aire de antigüedad, como si fuera un antiguo edificio griego, un templo, uno en honor a todos los que vivimos en este hermoso país.

    Del interior el recuerdo que tengo, en resumidas cuentas, es oro, mármol y alfombras rojas, lo que puedo recordar con claridad era la inmensa biblioteca que hay allí dentro y que en ella había grandes mesas de madera, me atrevería a decir que era roble, aunque no estoy segura.

    —Iré por algo de tomar ¿Quieres? —Miro a Ema, volviendo a la realidad, al presente. Niego en respuesta— De acuerdo ya vuelvo.

    Él se marcha, a la vuelta de la plaza hay un super, seguro que allí encontrará lo que busca.

    Mientras lo espero observo los árboles de la plaza, de chica mi madrina me traía aquí, también a mi hermana y a nuestros primos, recuerdo que jugábamos a las escondidas y estos árboles eran nuestro único escondite, cuanto mucho podíamos subir a la zona más alta y tirarnos tras el pequeño muro, lo malo de ese lugar son las escaleras y que tiene muy mala visión, te enteras de que te encuentran cuando le tienes encima.

    La plaza es una especie de montañita de tierra, es muy pequeña la elevación, pero en la ladera, al menos es lo que contaba mi madrina, antes había arbustos allí, ella los recuerda altos, al menos para una niña de diez años, no los supo describir bien, pero sí recordaba algo rojo y púrpura oscuro.

    Viniendo de atrás de uno de los árboles que observo, aparece una persona. Me cuesta unos segundos identificarla, es la bruja que se me escapó anoche, se acerca con tranquilidad, sonriendo con malicia, sabe que tiene ventaja sobre mí no sólo porque puede usar magia, sino además porque estoy totalmente desarmada.

    Miro a mi alrededor, buscando cualquier cosa que pueda usar de arma, no hay nada, lo único que tengo son piedritas, las cuales no creo que puedan servir de nada.

    Tengo la posibilidad esperar a que llegue Ema, sin embargo, eso no ayudaría, no creo que él esté armado en una cita, por lo que si espero a que llegue, lo único que conseguiré será que ambos estemos en peligro.

    Trato de parecer lo más relajada posible, miro para otro lado, como si no lo hubiera visto, obviamente no la pierdo totalmente de vista.

    Me paro en la hamaca, tratando de tener la mayor ventaja posible, me mezo tarareando, como si todo estuviera tranquilo, como si frente a mí no hubiera una loca psicópata que quiera matarme.

    Cuando está lo suficientemente cerca, aprovecho el impulso de la hamaca al subir, me tiro sobre ella, al parecer se creyó que no la había visto porque la tomo totalmente desprevenida.

   Eso no me ayuda demasiado, en seguida me quita de encima y nos ponemos en pie, observándonos unos segundos, al ver que no ataca primero lo hago yo.

    Le intento dar un puñetazo, lástima que lo esquiva, pasando por debajo de mi brazo, trato de bajar lo para darle un codazo, el problema es que ya es tarde, siento su brazo alrededor de mi cuello, intentando asfixiarme.

    Trato de zafarme, más no lo logro, no sé de dónde sale la idea del siguiente movimiento, nunca nadie me lo enseñó, aunque eso no quita que mi cuerpo sepa perfectamente cómo reaccionar. Pongo mis manos en su brazo para tratar de no hacerme demasiado daño, luego dejo caer mi cuerpo hacia el frente y cuando mis pies tocan el piso apoyo una rodilla e inclino todo mi cuerpo a ese lado, quitándome a la bruja de encima.

    Es un buen movimiento, genial diría yo, al menos desde mi poca experiencia, bueno, lo sería si no me hubiera quedado sorprendida y si hubiera aprovechado la poca ventaja que conseguí, sin embargo, no lo hice, perdí los pocos segundos que gané en maravillarme por mi habilidad.



Lore Manciameli

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En el texto hay: misterio, cazadores y brujas, familia

Editado: 01.06.2018

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