Andem, La Última Creación de Dios

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La Gran Llanura

Tras largos minutos de recorrido, Andem comenzó a volar de na forma más tranquila y justo a la izquierda del Maestro. Y éste, en cambio, volaba cada vez más rápido, sosteniendo con firmeza el pergamino que llevaba en su mano derecha.

Andem iba más rápido conforme el Maestro aceleraba. Pero mientras más avanzaban, más impaciente se veía. Por lo que termino preguntando.

 

¿Cuándo llegaremos?

Ya falta poco. – respondió el Maestro, sonriendo.

¡Esta es la enésima vez que lo dice! – reclamó Andem.

Ya sabías que era un largo recorrido, ¿Por qué desesperas entonces?

No pensé que quedaba tan lejos. – dijo Andem.

Mira hacia adelante. – comentó el Maestro, mientras se acercaba el pergamino al rostro, para mirarlo con cierta preocupación.

-      ¡Es tierra firme! – exclamó Andem, al ver que el eterno horizonte había terminado por mostrar un extenso terreno frondoso. Con un verde espectacularmente bello. Y esto provocó que Andem volviese a volar haciendo piruetas, y comenzó a adelantarse, desesperado por la emoción. Sin embargo, el Maestro no dejaba de mirar el pergamino, mientras aceleraba al decir que no había tiempo que perder para entrenar a Andem. Y al alcanzarlo, el Maestro le invitó a seguirle deprisa, por lo que en poco tiempo ambos se vieron volando sobre un enorme y maravilloso bosque lleno de vida.

El gran bosque se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Y se podían apreciar, de vez en cuando, algunas aldeas en los claros, a orillas de varios ríos que serpenteaban por el hermoso lugar.

 

 

Andem estaba maravillado con el bello paisaje, hasta que su visión se vio entorpecida por una enorme y cegadora luz que resplandeció de repente a lo lejos, aumentando fugazmente su intensidad en un instante, hasta desaparecer por completo.

 

¿De dónde vino esa luz? – preguntó, cubriéndose los ojos.

Supongo que de la Gran Llanura. – contestó el Maestro.

Deben estar impacientes. – pensó, con notable preocupación.

Parece que seremos los últimos en llegar. – comentó luego, ganando velocidad.

¿Los últimos en llegar? – preguntó Andem. ¿Qué quieres decir con eso?

Al salir de tu casa te preguntaste que en dónde se encontraban todos. Pues… están en la Gran Llanura. – Dijo el Maestro.

¿Qué hacen todos allá? – preguntó Andem.

Además de ti, hay otro ángel proveniente de la Isla de la Sabiduría, que también será sometido a pruebas junto contigo. – le contestó.

¡Grandioso! – dijo Andem, con cierto entusiasmo.

¡Vamos! Bajemos al interior del bosque. – le dijo el Maestro, mientras comenzaba a descender.

 

Sin embargo, cuando el Maestro quiso entrar al mismo, Andem ya se encontraba volando entre los enormes árboles, esquivando ágilmente todo lo que encontraba a su paso. Y entonces, el Maestro se detuvo por un instante, sonriendo mientras lo veía perderse entre la vegetación, y luego, sin perder mucho tiempo ascendió y retomó su rumbo. Al mismo tiempo en que pensaba en lo ingenuo que era Andem, al adentrarse en el bosque sin saber el porqué.

 

Andem iba tan concentrado en su vuelo en medio de los árboles, que no se dio cuenta de que el Maestro no lo seguía. Dejándolo sólo allí, volando descuidadamente mientras esquivaba ramas, troncos enormes y cualquier animal que se le cruzara en el camino. Pero volar evitando obstáculos le hacía perder tiempo y velocidad. Por lo que el Maestro, volando en cielo abierto, se le adelantó tanto que en poco tiempo dejó el bosque atrás. Y descendió de inmediato para volar a pocos metros del suelo, mientras guardaba el pergamino entre sus ropas.

Luego juntó sus manos frente a su pecho, para luego llevarlas hacia el frente, al mismo tiempo en que una enorme línea recta se formaba sobre el hermoso pasto que crecía en el lugar, a medida en que él avanzaba. Entonces, después de haber trazado una larga línea recta, el Maestro separó sus manos, llevándolas hacia los lados, formando así una gran flecha sobre el pasto para indicarle el camino a Andem, una vez llegase a salir del bosque.

Después el Maestro volvió a ascender rápidamente, y ya comenzaba a ver la inmensidad de la llanura sobre la cual se veía a lo lejos a un sin número de ángeles revoloteando a cierta altura.

La Gran Llanura era tan inmensa que el bosque comenzaba a verse diminuto, a medida en que el Maestro ganaba altura para intentar ver por completo la incalculable cantidad de ángeles que se encontraba reunida en el lugar. Y al detenerse en lo alto, el Maestro logró ver que la cantidad de ángeles que revoloteaban sobre la llanura llegaban a ser miles. Sin embargo, éstos eran pocos al compararlos con los que se encontraban de pie sobre aquél gigantesco lugar, esperando a que comenzaran las pruebas. Por lo que luego de observar con asombro este blanco océano de ángeles, el Maestro comenzó a descender, mientras ubicaba entre la multitud, un espacio abierto en donde aterrizar para esperar a Andem. Quien aún se encontraba en el bosque.



Darwin Onyl

Editado: 03.10.2019

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