Ángel de sangre

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Capítulo 2. Aquí y ahora

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Aquí y ahora

 

Ese sería un día extraño. Aiken lo sintió desde que abrió los ojos y el sentimiento no lo abandonó incluso en su trabajo.

Por la mañana, la lluvia lo hizo despertar más temprano que de costumbre, forzándolo a limpiar un poco para aprovechar. Arregló todas las habitaciones de su enorme casa y descubrió que no hacía nada de eso desde hace bastante tiempo. Pasaba muchas horas en el trabajo y llegaba tan cansado a su hogar que en algunas ocasiones olvidaba comer un poco. Estaba seguro de que, si no fuera por su madre, sobreviviría a base de la escasa comida rápida que conseguía.

En el transcurso de la tarde, el clima solo había empeorado hasta ser calificado como un huracán grave. El granizo que caía del cielo con fuerza y el frío que penetraba hasta los huesos, mantuvo a sus compañeros algunas horas más de las que solían trabajar.

—¿No crees que es extraño? —La voz de Jack, su compañero del cubículo vecino, lo sacó de sus pensamientos.

—Ajá.

Asintió sin apartar la mirada del computador, el cual se había apagado de forma repentina en la mitad de su juego de Solitario y esperaba a que su monitor se encendiera en cualquier momento.

Tuvo que morderse los labios para no gritar al ver la cabeza de su amigo levantándose sobre las separaciones. Era alto, así que sobresalía más de lo que lo haría una persona normal. Su cabello rubio, teñido, ya estaba un poco largo por lo que el flequillo caía sobre su frente mezclándose con su piel pálida. Sus ojos color avellana miraban con incertidumbre al mayor entre ambos, Aiken.

—De verdad, Aiken —aseveró con los ojos muy abiertos—. Esta mierda, no es normal.

Aún si estaba de acuerdo con su amigo, no podía expresar nada de lo que pensaba en voz alta, nunca lo hacía si no estaba seguro de que era verdad. Ya había tenido suficientes problemas por sus corazonadas y causarse más vergüenza a sí mismo era en realidad patético. Pero sabía que tenía razón. Era la primera vez que las protecciones de la colonia fallaban de aquella manera; permitían que el clima del exterior afectara la vida de los pocos habitantes.

Todos estaban tan maravillados como incómodos por presenciar un fenómeno de la naturaleza justo frente a sus narices.

Aiken enarcó una ceja y evaluó su pequeño lugar de trabajo. Consistía en un diminuto escritorio de un metro que apenas era capaz de contener sus dos computadores. Lo único bueno de aquel asfixiante sitio siempre sería la terrible y cómoda silla de ruedas.

—No, de hecho, sí lo es. —Tomó entre sus manos una pequeña caja de metal, con extrañas incisiones alrededor de ésta—. Incluso la mierda rara que me diste hace unos días sigue aquí. —Esbozó una sonrisa burlona al ver a Jack exasperarse con un suspiro.

—Muy gracioso —masculló el rubio—, pero no hablaba de tu escritorio, me refería al clima. —Se apartó de la separación entre ambos escritorios y estiró su cuerpo para librarse del entumecimiento—. Y no es “una mierda rara”, es un porta-lápices. Moderno. No como esos viejos que te gusta usar.

—Ya, de cualquier forma no lo uso, es demasiado extraño.

Su computador encendió con lentitud, distrayéndolo y Aiken dejó de lado la pequeña conversación que tenía con Jack sin importarle mucho la indignación del muchacho.

—¡Ugh! —exclamó Jack—. Ya llevamos dos horas extras, ¿crees que nos paguen por esto?

—¿Por qué mejor no te callas? —demandó—. Saldremos cuando tengamos que hacerlo, sabes que el jefe es un idiota con estas cosas así que seguirás igual de pobre que por la mañana.

—Qué optimista —musitó entre dientes y por fin guardó silencio.

Pasó por lo menos una hora más para que la orden de permanecer dentro del edificio fuera levantada y todos salieran algo apresurados del lugar.

Algunos de ellos llegaban tarde para la cena con su familia, otros tenían algún trabajo de medio tiempo escondido en su currículum, pero había unos, igual que Aiken y Jack, que en realidad después del trabajo no tenían nada más qué hacer.

—¿Noche de póquer en tu casa? —preguntó Jack en seguida de dejar las puertas de entrada del lugar, cubriéndose la cabeza con su maletín.

—No veo ninguna otra cosa más entretenida que eso —replicó Aiken—. En especial si la electricidad continúa fallando de esta forma. ¡Nada dura encendido por más de diez minutos! Ni siquiera logré terminar mi partida en solitario.



J.G.R

Editado: 07.05.2018

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