Ángel de sangre

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 13. Tocar el cielo con el dedo

13

Tocar el cielo con el dedo

 

—No quiero estar aquí.

Yannik bajó la mirada y su respiración se detuvo. Sabía que Levi nunca olvidaría la forma en que el viento acariciaba su rostro cuando estaba en el exterior, cómo los brazos de su madre lo envolvían en un cálido abrazo para subirle el ánimo; toda la vida que tuvo por delante y que ahora solo era un deseo desvanecido. Tal vez es por eso que Yannik aceptó su realidad con facilidad: él nunca vivió nada de eso.

—Debes estar… tú sabes —balbuceó. Intentó hacer que sus torpes palabras le devolvieran la calma al otro chico.

Levi escudriñó la oscuridad. Buscó el brillo perdido en los ojos de Yannik, a sabiendas de que eso lo relajaría. Deshizo su extraña posición, liberó sus piernas y se levantó para tratar de confortar a su amigo.

Sabía que su propia angustia arruinaba los sentimientos de Yannik; caminó a tientas entre la penumbra. Solo fue guiado por la fría luz de la luna y las paredes que le aseguraban un paso confiado. Se detuvo abruptamente al tocar con su pie lo que parecía ser una de las piernas de Yannik.

—Saldremos algún día —susurró, envolviéndolo en un rápido y torpe abrazo.

—Gracias —pronunció en voz baja. Las lágrimas en su rostro le aseguraron a Levi que intentaba ser fuerte en el momento en que estampó sus labios sin estar seguro de lo que debía hacer en un momento como ese.

Por supuesto, Levi se apartó asustado, temeroso de lo que aquel toque significaba. Porque lo sabía, sin necesidad de que Yannik le dijera nada, que ese era el final. Que ya no volvería a verlo.

Los golpes en la puerta desviaron su atención y no logró articular palabra ni moverse unos centímetros al ser apartado de su amigo con brusquedad. Esa fue la primera vez que probó la verdadera sensación de la soledad y desasosiego. El abandono de su familia no tenía punto de comparación con el miedo a lo desconocido. Estaba completamente solo.

Fue una fortuna que el propio Yannik lo devolviera a la realidad al cruzar el umbral de su habitación con una gran sonrisa. Tenía un vaso con agua en su mano derecha y lo que seguramente eran pastillas, en la otra.

—¿Decidiste dejar tu huelga de hambre de una vez por todas? —Se burló con una ceja enarcada—. Sabes que Aiken está preocupado, no deberías alarmarlo más.

—Él no… él… —Golpeó el suelo con fuerza en un intento por liberar su frustración al no poder expresar lo que sentía.

—Él hizo lo que le vino en gana. Ya es un adulto, Lev, y puede tomar sus propias decisiones —le riñó. Sus palabras provocaron que el híbrido bajara la mirada con vergüenza.

No había necesidad de decir nada: era obvio que las cosas se habían invertido a través de todos esos años. Lo más notorio era Yannik, antes tímido y nervioso de cualquier cambio que se presentara en su celda, ahora se expresaba con una seguridad arrolladora. Demostraba que podía tomar el control de la situación si lo deseaba. Ya no necesitaba la protección de Levi.

—No es justo que muera por mi culpa —susurró.

Para su sorpresa, Yannik comenzó a reír de forma ruidosa, incluso golpeó el hombro de Levi por el esfuerzo de detenerse.

—Aún sigue vivo. No deberías ser tan paranoico.

Al final, el propio Levi esbozó una tímida sonrisa. Escuchar a la perfección la conversación de Aiken y Xero hacía un par de días lo había aterrado más que haber llegado a un lugar desconocido después de vivir en la profunda oscuridad de su encierro. Nunca creyó que estaría tan asustado como en ese instante.

No quería alejar a Aiken de su familia y todo lo que amaba, aun si fue una decisión que el humano tomó por su cuenta. No quería hacerle lo mismo que esos experimentos consiguieron en él, arrebatándole cualquier vago deseo de libertad. Perderse a sí mismo y ser manipulado por otras personas.

Con la mirada perdida, tomó la pastilla que Yannik le ofrecía antes de tragarla en seco. Vació todo el contenido del vaso y lo dejó en una mesa de noche.

—Estará bien —habló Yannik para reconfortarlo—. Aunque no lo parezca, Xero lo cuidará como pueda. Hope no tiene más posibilidades de morir que tú o yo. —Dibujó una sonrisa relajada y lo ayudó a levantarse con facilidad—. Ahora hay que salir de aquí, me muero de hambre.

—Se supone que yo debería decir eso.

Salieron juntos de la habitación y encontraron a Xero y Aiken en la pequeña mesa de la cocina. Hablaban sobre algo que ninguno alcanzaba a escuchar. Ambos adultos se giraron para verlos con atención. Trataron de descifrar las intenciones ocultas detrás de sus sonrisas.

—¡Misión cumplida! —exclamó Yannik con una enorme sonrisa al tiempo en que tomaba la mano de Levi.

Un gesto de fastidio casi imperceptible apareció como un destello en la mirada de Xero mientras que Aiken apartó su vista con un leve sonrojo. La manera en que sostenían sus manos era demasiado íntima e incómoda para la vista de los otros dos.



J.G.R

Editado: 07.05.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar