Angel Guardian

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-Capítulo 1- De las cenizas, un ángel...

-Ethan-

2 de enero de 2011 (15 años de edad)

El miedo suele ser mi peor enemigo, me paraliza a tal punto que pierdo el sentido y la razón. Mi madre siempre buscaba justificar lo malo que nos sucedía a diario, en ocasiones admiraba la fuerza que poseía al sonreír luego de haber recibido una de las palizas de mi padre, y en muchas otras la odiaba por permitir que las cosas se salieran de control. Ahora entiendo por qué siempre buscaba una excusa a lo malo, era porque no quería quejarse de aquello que permitía, después de todo, la culpa era de ella; en vez de proteger y sacar del peligro a sus hijos prefirió seguir soportando a su marido. Desde que tengo uso de razón he visto como mi padre molía a golpes a su mujer, mi madre. Siempre quise huir, correr muy lejos de este mundo violento y desgarrador, pero no podía abandonar a mi madre y dejarla morir. Creí que si aguantaba lo suficiente un día él se cansaría de nosotros y se iría, ahora me doy cuenta de lo equivocado que estuve y aunque quiero odiarla por permitirnos este infierno repleto de dolor, a mi hermana y a mí, no puedo. Simplemente no puedo dejar de llorar por lo cobarde y débil que fui, nunca pude protegerla como ella se lo merecía.

Miles de gotas cubren mi rostro a medida que caen, no puedo evitar continuar mirando el cielo lluvioso mientras derramo con amargura mis penas. La pequeña mano de mi hermana aprieta la mía con fuerza mientras grita y lloriquea a mi lado, solo quedamos nosotros dos. Vestidos de negro, de pies a cabeza, contemplamos este oscuro día repleto de emociones macabras. El olor a tierra mojada y moho predomina en el ambiente y la lluvia convierte en barro el cementerio. Solo quedamos nosotros dos, servicio social pronto nos llevaría muy lejos. Mis lágrimas saladas se entremezclan con la lluvia y recorren mis heridas abiertas, mis labios cuarteados sienten un ardor creciente, pero nada se compara a la sensación de pérdida e impotencia que invade mi pecho y se mueve por mi ser a su antojo sofocándome de adentro hacia afuera.

Los gritos de mi pequeña hermana son amortiguados por el sonido de la lluvia, al hacer contacto con el suelo y las lapidas de mármol, al caer. Sus lamentos me parten en infinitos trozos, solo tiene cinco años y vio como él, mató a nuestra madre. Yo me paralicé cuando comenzó a golpearla, cada golpe que dio lo vi pasar con lentitud, observé como la sangre desbordaba de las heridas abiertas al ser estrujadas con más fuerza por el puño de mi padre. Quise moverme, hacer lo que sea, pero cuando reaccioné fue muy tarde. Sostuve el cuerpo inerte y frío de mamá y cuando por fin mi cerebro comprendió que ella jamás volvería a abrir los ojos, la vista se me nubló y la locura se apodero de mi cuerpo. Lo destrocé a golpes hasta mandarlo al hospital, aunque él dio gran pelea, yo fui más fuerte esta vez y le partí hasta el último hueso. La denuncia formal de la vecina y la investigación de la policía logró recolectar la evidencia para dejarlo preso de por vida, pero eso no nos devolvería a mamá...

Finalmente me doy cuenta que tengo que proteger con mi vida lo único que me queda en este mundo... mi hermana, Dannie. Levanto su frágil cuerpo en mis brazos y la llevo cargada, estrechándola con la suficiente fuerza como para protegerla, más no lastimarla. Caminamos sin dirección, con un futuro incierto y nuestros corazones rotos, nos dirigimos a un lugar lejano...

Al lugar donde todo comenzaría... de nuevo.

-Marrom-

2 de enero de 2011 (15 años de edad)

El camino siempre es incierto y confuso cuando crecemos. Todos tenemos sueños que probablemente sean pasajeros, cambiantes. Yo, en cambio, siempre soñé con encontrar a mi madre. La deseaba conmigo desde que tengo uso de razón, necesitaba saber lo que se sentía una caricia delicada y maternal, anhelaba que me estrechara entre sus brazos cariñosamente; en verdad creía que mi ilusión se materializaría y podría conocer a mi madre, pero estaba muy desencaminada de la realidad. Nací para ser un recuerdo doloroso, la viva imagen de aquello que mi padre perdió.

Una bofetada me lanza al suelo sin compasión, me empuja a un piso tan frío y duro que por un momento mis huesos crujen causando que el dolor punzante se eleve hasta provocarme un grito ahogado. Lo detengo antes de que se escape de mi garganta y cierro fuertemente los ojos conteniendo las lágrimas y el terror que comienza a hacerme temblar en silencio. La oscuridad no evita que vea lo que me rodea, ni mucho menos a quien tengo en frente. Los ojos de mi padre me observan llameantes, rojos y vidriosos por el alcohol que aun recorre su sistema. El sabor metálico se entremezcla con mi saliva, el olor pestilente de la droga proveniente de su aliento me hace estremecer y cerrar la boca para evitar volver a decir algo incorrecto.

— Eres una puta, igual a ella me saliste —bufa desquiciadamente—. No puedo creer que no entiendas simples ordenes... ¡No toques la foto de tu madre!

Asiento en silencio aguantándome la desesperación e impotencia que siento por no ser capaz de escapar y salir de este abismo sepulcral, necesito liberarme del sufrimiento y caer en un lugar muy lejano. Una vez que mi padre sale hecho una furia de mi cuarto, me arrastro hasta el baño y alzo mi cuerpo apoyándome con dificultad en el lavamanos. Frente al espejo observó mi nueva marca, su último castigo para hacerme comprender algo que jamás lograré entender. Cierro la puerta con seguro sosteniéndome las costillas como un intento fallido de aliviar el dolor y aspiro todo el aire que mis pulmones son capaces de soportar, intento calmar mi acelerada respiración para no sucumbir en el ataque de nervios que comienza a tomar posesión de mi cuerpo. El olor a limpia pisos y lejía me acompaña al recostarme sobre el suelo, descansando mi espalda sobre la sólida puerta, finalmente rompo en llanto conteniendo los gemidos y ardor que cruza mi garganta y sale en un hilo de sangre por mi boca al taparla con mi mano. Estoy tan llena de cardenales que no puedo esconderlos con nada, tendré que pasarme encerrada hasta que desaparezcan, pero sé que mientras me quede en este lugar jamás podré respirar sin sentir el dolor punzante y sofocante de las costillas rotas. Mis demonios luchan por dejar de manifestarse y solo susurran palabras dolorosas, de esas que temo, pero sé que son ciertas y necesarias porque no valgo lo suficiente como para tener un ángel guardián...



Skyler Teens

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En el texto hay: novelajuvenil, romance, angel de la guardia

Editado: 25.02.2019

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