Antares Roter, Detective Paranormal

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CAPÍTULO 8

   Los ecos de ruidos aletargados y lejanos la despertaron. Abrió los ojos lentamente. Estaba en una pequeña caverna donde apenas llegaba la luz. Le costó un par de minutos reaccionar y tomar consciencia de dónde estaba y por qué estaba allí.

   La furia corroía todo su sistema nervioso por saber que fue tan pardilla que se dejó engañar. Pero no podía aceptarlo, él la amaba con locura, ¿por qué iba a traicionarla entonces? Durante todo el tiempo que se conocieron Amaranto le demostró que era un hombre íntegro al que no le interesaba lo material. ¿Cuál era su precio entonces? ¿Qué fue lo que le ofrecieron por traicionarla? ¿Quizás estuvo años sufriendo por ella y le ofrecieron no sufrir más? No supo por qué, pero recordó cuando él le decía que quería ser insensible, que no quería volver a correr el riesgo de sentir nada por nadie.

   Salió de la cueva dispuesta a averiguar cómo salir de ese plano donde estaba. Entre las brujas había una leyenda sobre una prisión que había entre el Infierno y el Limbo. Por lo que veían sus ojos y la descripción que detallaba dicha fábula Antares dedujo que se encontraba allí. La cueva resultó ser una celda como muchas otras que había allí, pues era un sistema de túneles con distintas celdas cueva, cada una para un reo especial. Apenas llegaba la luz, por lo que era necesario ver bien en la oscuridad con poca luz para poder moverse —eso no se le daba mal a la cordobesa gracias al entrenamiento que le dio Amaranto—, los ecos lastimeros de los prisioneros de aquel plano resonaban por doquier y una niebla muy fina originada por una espesa ceniza que allí flotaba era el colofón de aquella prisión infernal.

   Avanzó despacio por aquellos túneles, siempre intentando tener su punto de referencia, pero la ceniza flotante dificultaba la tarea, por lo que optó por buscar la salida sin más; prestó atención a todas la celdas de su alrededor, aunque no veía a nadie percibía los ojos de alguien observándola.

   De repente entre los ecos escuchó su nombre. Afinó el oído y reconoció la voz, ¡Era Amaranto! Su corazón empezó a bombear más deprisa y corrió hacia el foco de la voz. Sus pasos resonaban por todo el túnel y vio tres caminos abriéndose ante ella. Volvió a prestar atención y compró que los gritos provenían de la derecha. Cuando se adentro, la ceniza dejó de volar paulatinamente y dejó espacio al frío, un frío que se fue convirtiendo en escarcha. Había cientos de miles de cuerpos pegados al techo y paredes, congelados lo suficiente para sentir dolor y lo suficiente para que sus prisioneros estuvieran conscientes. Antares volvió a escuchar su nombre desde un agónico grito. Buscó y en el centro de una planicie encontró a su gran amigo, con solo el brazo derecho, alzado al cielo y engarrotado, libre, al igual que su cabeza; el resto del cuerpo estaba pegado al suelo bocabajo, totalmente congelado.

   La joven bruja sintió que se le partía el alma por ver así a su gran amigo y sintió un dolor muy distinto al que siempre notó cuando lo veía sufrir. Se dio cuenta de que lo amaba, que no podría vivir sin él. Se acercó con paso lento y cauto, con las lágrimas asomándole a los ojos. Se agachó y posó sus manos con ternura en sus mejillas.

   —Regulus, ¿por qué estás aquí? —preguntó notando que se le quebraba la voz y le temblaba el labio inferior.

   —Traicioné al amor de mi vida. La vendí por evitarle más sufrimiento a mi corazón —respondió aquel hombre congelado que era idéntico a Amaranto.

   A Antares se le paró el corazón por un instante para bombear con más prisa. Se levantó poco a poco y empezó a negar efusivamente.

   —¡ANTARES! —gritó de nuevo Amaranto.

   —¡No! ¡Tú no has podido hacerme eso! ¡TÚ NO!

   El clon de Amaranto comenzó a reírse y poco a poco comenzó a salir de su prisión de hielo. Su cuerpo fue sustituido por el de una araña gigantesca de cintura para abajo.

   —¿Eso crees? ¿Qué no te traicioné? —preguntó entre carcajadas.

    Un montón de cuerpos se fueron descongelando a la orden de las telas gélidas que tejía el cuerpo arácnido. Antares recitó un conjuro y de sus muñecas surgieron dos puñales de hueso.

   Los cuerpos reanimados se movían con endiablada rapidez, pero la bruja era experta en la danza letal con las dagas. Con rápidos movimientos cercenaba gargantas, abría barrigas en canal y desmembraba piernas, brazos, dedos, muñecas, tobillos… todo ello sin siquiera romper a sudar.



LOBO FANTASMA

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En el texto hay: asesinatos, amor, magia

Editado: 18.05.2018

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