Antares Roter, Detective Paranormal

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CAPÍTULO 9

   Logró entrar en su casa tras abrir una brecha en el tejido de la realidad. Cogió la foto en la que salían él y sus tres amigas. Mirándola con nostalgia acarició la cara de la detective pelieazul de ojos aún más azules. No podía sentirla y eso le agobiaba, sentía un fuerte pellizco en la zona de su pecho, a la altura del corazón. Tenía que estar viva, ella era fuerte, una guerrera, no había batalla en la que no luchara con todas su fuerzas…

   Dos lágrimas cayeron sobre la imagen de Antares. Amaranto rara vez demostraba sus sentimientos, pero la sola idea de perderla a ella, le horrorizaba. Se alejó de ella por su bien, porque le profetizaron que si se mantenía cerca de su amada bruja, ella encontraría un destino fatal. Ahora se arrepentía del conjuro que lanzó para hacerla olvidar ciertos acontecimientos que llevaron a que él se separara de ella; se mortificaba pensando que quizás las cosas hubieran salido bien si él se hubiera mantenido siempre cerca.

   Pero lo que más le atormentaba era saber que un día le falló a ella, que un pequeño atisbo del monstruo que fue antaño se manifestó frente a su bruja. No la atacó, ni física, ni verbalmente, pero demostró una actitud irracional y casi salvaje con otras personas, solo por una tontería.

   Antares le pidió espacio y desde aquel día hacía ya 4 años, él se mantuvo alejado de ella y ese dolor había provocado una herida que difícilmente sanaría. Él hizo todo lo posible por arreglarlo y demostrarle que no era el monstruo que ella creía que era; incluso pidió perdón a los implicados en la reyerta; pero las cartas ya estaban echadas y él no pudo soportar ese dolor, que poco a poco empezó a matarlo por dentro. Así que recurrió a las dos únicas personas que podían ayudarlo: Cristian y Nerea.

 

   Regresó al presente al recordar a sus dos grande amigos. Una de las enseñanzas de Cristian fue que cuando un guerrero marcha a la guerra debe ir con sus asuntos zanjados, en paz consigo mismo y con los de su círculo. Una guerra contra una dimensión que tenía conciencia propia estaba a punto de empezar y él tenía que zanjar el asunto con Antares, poder decirle cuánto la amaba y que nunca amó a nadie como a ella.

  Accedió al salón y abrió el armario donde guardaba las armas y sus trajes de combate. En esta ocasión se enfundó en el traje original que usaban los tuareg, se colgó una máscara metálica de bronce que simulaba a un hombre enfadado y se enfundó dos cimitarras a la espalda.

   Se miró al espejo y desde su máscara empezó a emanar fuego verde, desde los orificios de la boca y los ojos. Era hora de desplegar todo su potencial, se enfrentaría a la Madre Creadora si fuese necesario para atrapar a Cupido y poder salvar a su bruja; ella aún estaba viva, tenía que estarlo.

   Decidido y aliviado por empezar a poder moverse con libertad, ya que existía una prohibición de desplazarse con los poderes a través de los mundos no mágicos, se teleportó ayudado con su dominio sobre el fuego —un movimiento conocido como «ardor» en la dimensión mágica—.

   El ardor le transportó frente a las puertas de una catedral gótica que se hallaba en el centro del Océano Pacífico. Allí estaba a Pedro, su guardián, un autómata que llevaba sin moverse de su puesto en la puerta desde hacía ya tanto tiempo, que el ser humano casi había olvidado su existencia.

   —Déjame pasar, Pedro —dijo Amaranto, su tono reveló que no era una súplica, sino una orden tajante.

   Pedro lo escaneó de pies a cabeza con una luz ambarina que surgió de sus ojos.

   —Ya conoces las reglas, Regulus Amaranto —replicó el androide con voz metálica—. Elige: resuelve un acertijo, cuéntame un chiste que me haga reír, o lucha conmigo y derrótame.

   —Dime el acertijo, no tengo ni tiempo ni cuerpo para chistes y no quiero tener que hacerte fosfatina al luchar contigo…

   Pedro arqueó ambas cejas y soltó un bufido.

   —Pareces demasiado seguro de tus habilidades combativas —refunfuñó.

   —No me tientes Pedro, el destino de nuestro mundo depende que pase y encuentre al mierdoso de Cupido. Dime el maldito acertijo.

   —Si lo que te mueve es el odio, no voy a dejarte pasar.

   —Lamentarás haber tomado esa decisión, robotito roto.



LOBO FANTASMA

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En el texto hay: asesinatos, amor, magia

Editado: 18.05.2018

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