Antares Roter, Detective Paranormal

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CAPÍTULO 10

   Como otras tantas veces, despertó y abrió los ojos lentamente. Los sonidos lastimeros que llegaban desde la lejanía ya no le eran extraños, incluso se atrevía a ponerles cara a los dueños de las voces en su imaginación, aunque no los hubiera visto nunca.

   Ni la poca luz, ni la ceniza le dificultaban ver por donde pisaba en aquel entramado de túneles y cuevas. Lo había recorrido de arriba abajo —sabía que lo había hecho— y había buscado todas las salidas, caminos y huecos posibles para poder escapar de allí, pero nunca tuvo éxito, no tenía ya atisbo alguno de esperanza.

   Ya no le importaba por culpa de quién, ni cómo, ni por qué estaba atrapada allí. De hecho, ya no le importaba nada, conocía muy bien la sensación de estar prisionera de las circunstancias, durante más de 5 años tuvo que soportar las secuelas de una enfermedad de la que nunca creyó recuperarse.

   Curiosamente fue al poco de conocer a Amaranto cuando se recuperó del todo, a la mañana siguiente de contarle su problema se había desvanecido. Nunca supo a ciencia cierta si él hizo algo, porque cada vez que le preguntó él siempre respondía con evasivas.

   Un pequeño barrunto de nostalgia anidó en el corazón de la cordobesa, quien por un instante se sintió muy decepcionada y dolida por la traición del almeriense, él le juró que pasara lo que pasara entre ellos, nunca le haría daño intencionadamente.

   Eso también le llevó a recordar una de las peleas más fuerte que tuvieron, donde un pequeño reflejo del monstruo cruel y despiadado que fue Amaranto se manifestó. No la atacó, no la insultó, pero sí demostró la capacidad de odiar que tenía y el resentimiento que cargaba en su corazón hacia cierto grupo de mujeres. Pero entró en razón e hizo todo lo posible por arreglar su estropicio. Pidió perdón a todas la personas que pudo dañar con su actitud aquel día —pero sin que Antares lo supiera, ella se enteró tiempo después por medio de otra persona— y juró que jamás volvería a enfrentarse a una mujer, a menos que le hiciera daño intencionadamente, o atentara contra su vida o la de algún ser querido.

   Desde aquel día el carácter de su amado almeriense se ensombreció, porque sintió que le falló a ella y ese fue un error que nunca fue capaz de perdonarse a sí mismo.

   Dos finas lágrimas dieron paso a un mar, ella se tapó la cara, frustrada. Se dejó caer sobre sus rodillas, mientras su cuerpo convulsionaba presa del llanto. ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué la traicionó? ¿Por qué la condenó a aquella gigantesca prisión inexpugnable? ¿Por qué rompió su promesa? Le prometió que pasara lo que pasara siempre serían amigos, ¡SIEMPRE! ¡Y aquellas palabras no podían ser mentira! Porque salieron de la boca de un hombre que conocía muy bien el sufrimiento y el dolor de la traición.

   No pudiendo contener más su dolor, Antares lanzó un grito con toda su fuerza. Su rabia, su impotencia, su frustración y todo su dolor alcanzaron hasta el último rincón de aquella infernal prisión.

    —¡Oh! Pobrecita ella. ¿Te ha vuelto a traicionar un hombre y te duele? —preguntó una voz muy conocida con tono burlón— buaa, buaa… un hombre me ha vuelto a demostrar que solo quería follarme. Buaa, buaa… ¡Qué malos son los hombres que ninguno me quiere! ¡Eres patética!

    Las risas hicieron que Antares levantara la vista poco a poco; llena de ira, posó sus ojos sobre él. Toda su frustración se desvaneció y se convirtió en el odio más vengativo. ¿Encima que la traicionó tenía los cojones de plantarse delante de ella para reírse y regodearse con su dolor? No iba a vivir lo suficiente para lamentarlo.

    —Te odio —espetó ella apretando los dientes con rabia, a la vez que se enjugaba las lágrimas.

   —¡Así me gusta! ¡El odio es bueno, Antares! ¡Ódiame con toda tu alma!

   La cordobesa recitó un conjuro y poco a poco sus huesos fueron emergiendo fuera de la piel, dando forma a un exoesqueleto, de sus muñecas surgieron dos aguijones y su columna vertebral externa se extendió a una cola acorazada, acabada en aguijón.

   Aquella era la primera vez que Antares usaba ese conjuro de batalla contra un ser querido, el gesto de impresión en la cara de Amaranto la desconcertó un poco; él conocía esa forma de Antares, la había visto un par de veces porque tuvo que usarla en uno de sus entrenamientos con él. No obstante no titubeó.



LOBO FANTASMA

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En el texto hay: asesinatos, amor, magia

Editado: 18.05.2018

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