Antares Socor, Detective Paranormal

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LA PESADILLA DE AMARANTO

Toda su vida había tenido la misma pesadilla recurrente. Bien era cierto que no la sufría cada noche, pero cada vez que ese demonio veía a atormentarle, su ánimo oscilaba entre la ira y la tristeza durante el día siguiente.

Una fragua ardía a miles de grados, el repiqueteo de un martillo sonaba de forma rítmica, dando forma a un brazalete de bronce, con motivos de viento dibujados en relieve sobre su superficie. Toda la estancia estaba en penumbra, pero los ojos rojos del herrero brillaban en la oscuridad, en perfecto contraste con el verde de las llamas de la fragua y las chispas azules, que saltaban tras cada golpe de martillo.

Como ese brazalete había muchos más objetos de bronce, forjados y pulidos por aquel misterioso herrero, que forjaba sus artículos en las llamas verdes del Infierno.

 

Como si de una antigua leyenda se tratara, Amaranto se veía caminando por una ciudad polvorienta, cálida y llena de gente, cuyo bullicio le daba una vida que nada tenía que envidiar a las ciudades metropolitanas modernas. Los comerciantes, tramperos, trileros, artistas y demás trotamundos se mezclaban con las gentes de a pie, tratando de captar su atención, ya fuese por la voz, la expresión corporal o cualquier truco que valiera para vender su producto y agenciarse unas monedas, con las que asegurar el sustento de un día más.

Aquella villa sería conocida como Tauima en el futuro. Aunque se antojaba una ciudad de ensueño, con unas gentes y costumbres que pasarían a las posteridad, tal y como hacen las leyendas, Amaranto se sentía inquieto.

No era la primera vez que tenía este sueño y conocía su final, eso era lo que más terror imprimía en su alma; ser consciente en aquella pesadilla, que parecía el nefasto recuerdo de un alma en pena y no poder despertar de la misma hasta que ocurría el momento fatal.

Apresuró sus pasos para que el sueño avanzara, pero ni el polvo que levantaba tras cada pisada, ni la gente a la que trataba de apartar, ni tan siquiera la escena de la posada avanzaban con más rapidez. Todo transcurría siempre a la misma velocidad, atrapando y agobiando el alma del caminante onírico, quien sentía desesperación por querer cerrar un capítulo aciago de su vida de una vez por todas y dicho episodio le perseguía a través de las eras y las vidas, cual fantasma atormentado, que solo existe para sembrar el dolor allá adonde va, alcanzándote por más que huyas.

Llegando a la posada abría la puerta con lentitud, observando su interior, buscando a alguien, esa voz tan melodiosa volvía a sonar, cantando desde el improvisado escenario, aquella sinfonía que traía el recuerdo de una tierra lejana, que se extinguió con el tiempo, dejando tan solo el eco de su recuerdo, en una leyenda que no podía plasmar todo su esplendor, aunque se pusiera el alma y el corazón al entontar su letra.

El nombre de esta bella mujer de cabello castaño era Liliana. Se notaba que no era de allí, aunque llevara tiempo entre las gente de aquel poblado en medio del desierto, ella venía de un pueblo del Mediterráneo. Amaranto siempre posaba sus ojos en ella con adoración, su voz era como un bálsamo de agua fría tras un ardiente día de verano. Adoraba escucharla, pero nunca se atrevió a acercarse para elogiarla. Siempre estuvo asediada por la mirada lasciva de hombres que demostraba sus deseos de poseerla y hacerla su esclava sexual.

Le lanzaba tantos piropos —la mayoría de ellos muy malintencionados y soeces— y silbidos obscenos que seguramente no creería las palaras de Amaranto, que nacerían desde el más profundo respeto y admiración.

Como siempre se encaminó a la barra, donde siempre se sentaba para consumir y tener una buena perspectiva de Liliana cuando actuaba. Pero en aquella ocasión el destino, el azar o los dioses caprichosos quisieron que Liliana se sentara al lado suyo, justo cuando terminó de cantar. El joven recién salido de la adolescencia decidió reunir el valor suficiente para decirlo algo.

—Tu voz es genial, me encanta oírte cantar —masculló con mucha timidez.

Liliana posó sus grandes y oscuros ojos sobre él esbozando una sonrisa.

—Gracias, me imagino que debe gustarte mi voz, porque vienes a escucharme cantar a diario.

Amaranto notó que el tiempo se detuvo, que sólo existían él y Liliana, aprovechó para observar con más detenimiento los detalles del rostro de quien era su mayor sueño. Tuvo que admitir que si se le deformaba un poco la cara o se le añadía algún otro detalle, podría ser exactamente igual que una de esas horrendas brujas de las que hablaban los cuentos populares. No era especialmente guapa, pero tenía un encanto como pocas tenían. Ella le sonrió con eso finos labios y dijo:

—Es la primera vez que descubro que soy capaz de robar la voz, te has quedado mudo de repente.



LOBO FANTASMA

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Text includes: asesinatos, amor, magia

Edited: 18.05.2018

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