Antares Socor, Detective Paranormal

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CAPÍTULO 3

      El sol brillaba en lo alto, sin apenas nubes que nublaran el cielo. Una brisa suave invitaba a sentarse cerca del mar para degustar los manjares típicos de la región o tomarse un café asiático. Antares condujo a Unicornio hasta la estación de autobuses; allí seguiría a pie, según las indicaciones que tenía sobre su amigo hacía años. Amaranto tenía muy buenas relaciones con el maestro de la escuela de esgrima Las Tres Armas y la secretaria del mismo. Se acercó al Hotel Los Habaneros y allí pidió indicaciones para llegar a la escuela de esgrima.

     Si había algo que le gustaba a la cordobesa era pasear y perderse por ciudades nuevas. Eso le ayudaba a desconectar de todo. Aunque le indicaron que atajara por la Calle Duque ella decidió dar un rodeo y conocer el resto de calles —si había algo que también le gustaba era conocer posibles rutas de escape si tenía que verse en la tesitura de huir—. Sabía que no podía tontear mucho con el tiempo, porque aunque no se topara con ningún coche patrulla en todo el trayecto Almería-Cartagena, a esas alturas ya la estarían buscando por el asesinato de Julia. Un atisbo de rabia se instaló en su psique por unos instantes, pero hizo todo lo posible por ignorarlo.

    Sin darse cuenta había vagado de forma errática hasta toparse con la famosa muralla de la que tanto le habló Amaranto. Sintió una punzada en el pecho, como si se sintiera nerviosa. Hacía tanto tiempo que no veía a su amigo que no sabía cómo iba a ser el reencuentro —a él no le gustaban las visitas inesperadas—, pero él era la única persona que le ayudaría, que la escucharía sin juzgarla. Él siempre respetó muchísimo el espacio de ella, por eso tuvieron tan buena amistad, a pesar del carácter de mierda que ambos se gastaban.

    Finalmente llegó a la Plaza de los Héroes de Cavite, otro lugar del que le habló tanto Amaranto que parecía haber estado allí antes. Sintió una gran nostalgia al recordar a su amigo tan lleno de luz, tan lleno de vida. Aunque no nació allí, él amaba Cartagena, para él esa ciudad tenía ese sabor añejo que tanto le gustaba de los recuerdos y las leyendas del pasado. No era patriota, pero si fuese necesario daría su vida por proteger la ciudad y a su gente.

     Tras admirar embobada aquella plaza durante tanto rato que empezó a anochecer, Antares se encaminó a la escuela de esgrima.

      Le sorprendió sobremanera cuántas edificaciones conservaban las fachadas de las antiguas construcciones de Cartago en medida de lo posible, por pequeñas que fuesen sus calles —y La Calle Mayor no era una excepción—. Allí se topó con un edificio que emanaba un aura muy fuerte. No supo distinguir en primera instancia si desprendía una fuerza ofensiva o defensiva, pero sí estuvo segura de que esa fuerza era muy superior a la suya. Pero tenía que encontrar a Amaranto y nada ni nadie debían interponerse. Se adentró en el edificio y comprobó asombrada que había un casino, una cafetería y una sala de conferencias. A mano derecha vio una escalera en forma de cuernos que ascendía por dos lados. Le extrañó que no hubiera nadie para recibirla, pero ni corta ni perezosa ascendió las escaleras y una vez arriba, empezó a escuchar el choque tan singular de los estoques usados en la esgrima tradicional ibérica.

     Se adentró por una puerta para acceder a una sala donde sí había varias personas. Pero le llamó la atención el aura de dos en concreto. Estaban de espaldas, pero en cuanto se acercó dos pasos, ambos se giraron. Antares titubeó, ¿fueron capaces de notarla, a pesar de que los separasen al menos siete metros de distancia, o se giraron por casualidad?

     Eran un hombre de mediana edad bastante alto, con el pelo largo y rizado, de facciones duras, aparentemente serio. Antares pudo discernir la rectitud y la honorabilidad de su espíritu. En cambio la mujer tendría la edad de Antares más o menos, también se la veía seria, pero más flexible a la hora de demostrar emociones o gastar bromas; emanaba un aura tierna, una persona de la que te podías fiar de buenas a primeras, pues la lealtad para ella era algo muy difícil de ganar, pero también algo sagrado.

     Ambos sonrieron a Antares, ella dudó un instante, pero avanzó hacia ellos una vez que se lo indicaron.

     —Buenas tardes, ¿qué se le ofrece señorita? —preguntó aquel misterioso hombre.

     Antares tuvo la sensación de estar hablando con un perfecto caballero, alguien admirable.

     —Busco a Cristian, el maestro de la escuela de esgrima —replicó ella.



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В тексте есть: magia, asesinatos, amor

Отредактировано: 18.05.2018

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