Antares Socor, Detective Paranormal

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CAPÍTULO 5

     La noche transcurrió tranquila a pesar de los gritos y aullidos de las banshees. Amaranto vigilaba por la ventana mientras Antares dormía. Era tal el silencio en la cabaña que casi se escuchaba la respiración tranquila y profunda de la durmiente. El abogado almeriense la miraba esbozando una sonrisa triste. Miles de pensamientos inundaban su mente y el epicentro de todos era ella; al igual que un agujero negro supermasivo que mantiene en equilibro una galaxia, los recuerdos con Antares eran el ancla en la cordura de Amaranto.

     De repente, la joven bruja pareció inquietarse y revolverse nerviosa. Su guardián se acercó y se sentó a su lado, observándola con detenimiento. Parecía estar sufriendo, del cuerpo de la cordobesa empezó a emanar un aura de color claro. El aura tomaba la forma de cientos de pequeñas runas, indicando que era una maldición latente; las banshees comenzaron a acercarse conforme el aura sobre Antares aumentaba su luminosidad.

     —¡Cojonudo! ¡Ahora le da por el hacer el gusiluz! —espetó el almeriense— ¡Antares, despierta!

     Ella parecía estar en otro plano y la sensación de peligro empezó a recorrer el cuerpo de él al comprobar que los gritos de las almas aulladoras empezaron a quebrar los cristales de las ventanas.

     —¡Vamos, no me jodas! —maldijo Amaranto de nuevo mientras zarandeaba a su amiga— ¡Despiértate melón!

     Los cristales estallaron en miles de pedazos, provocando una ensordecedora explosión; Amaranto se echó sobre Antares para protegerla de la metralla cortante, ella seguía revolviéndose y gimiendo, pero no despertaba por más que la zarandeara su protector, quien recibió el impacto sónico de tres de los espantajos; siendo estampado contra la pared contraria.

     Varias banshees se aglomeraron alrededor de la cama, estaban sincronizándose para lanzar un grito al unísono. De repente una chispa de fuego desintegró a una de ellas. Todas se giraron y comprobaron que los ojos del joven abogado emanaban llamas verdes, así como su boca.

     —No la tocaréis… —susurró desafiante conteniendo su ira.

     Las banshees adoptaron formación de ataque.

     —El maestro y Nerea se van a cabrear… —señaló Amaranto conocedor de lo que venía a continuación.

     Los fantasmas aulladores lanzaron un ataque al unísono y el abogado almeriense creó un escudo de fuego que repelió todos los ataques hacia distintas direcciones, reventando gran parte de la cabaña. Amaranto miró a un lado y otro, comprobando los desperfectos. Luego mostró su palma, de la que surgió una llamarada verde. Miró con arrogancia a las banshees, que se habían aglomerado en ciento de miles, alrededor de la bruja durmiente y su ardiente protector.

     —Os conviene batiros en retirada o al menos decirme quién es vuestro amo. Si os habéis organizado ha sido por medio del conjuro de un taumaturgo.

     Se escuchó el eco de aplausos resonando desde todas partes. De repente una brecha en la realidad atrajo a una muchacha alta y delgada, de cabello castaño.

     —¡Pero qué listo eres papaíto! —señaló con tono divertido.

     Amaranto arqueó una ceja.

     —¿Y tú quién coño eres? ¿Por qué me llamas papaíto? —preguntó enfadado.

     —¿De veras no me sacas parecido con nadie?

     Amaranto prestó atención en detalle a la postura, la presencia, los ojos y los gestos de esa misteriosa joven. Sus facciones tornaron a una expresión muy sombría.

     —¡No deberías haber nacido! ¡Eres fruto de una violación! —espetó rabioso.

     La muchacha se rió a mandíbula batiente.

     —Mamá quiere que vuelvas con ella —replicó ella dejando bien claro en su tono de voz que no era una petición.

     —Tu madre no puede estar viva, ¡yo la maté!

     —¿De verdad? Quizás deberías haberte asegurado…

     —Si no liberas a Antares del conjuro prisión que le has lanzado y te vas por donde has venido te carbonizaré.



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Отредактировано: 23.04.2018

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