Aparentemente perfecto

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¿Es posible?

Este capítulo contiene saltos en el tiempo, va desde el pasado y el presente.
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Desde que íbamos al jardín de niños que soy amiga de Griss, nuestra amistad comenzó cuando un grupo de niñas no me incluyó en un juego de cuerdas, decían que no era lo suficientemente capaz para saltar de un extremo a otro, así que decidieron dejarme fuera del juego, obviamente me sentí muy mal, hasta que llegó Griss. Ella se integró a mitad de semestre, y de inmediato se adueñó de los juegos, comenzó a manejar todo, pero no como Jessica, la niña que siempre me dejaba afuera. Griss de a poco se empezó a dar cuenta de que yo no participaba en nada, así que un día se acercó a mi y me invitó a jugar en su casa del árbol con sus muñecas. Yo feliz acepté y desde ahí que nunca nos hemos separado. Literal, jamás nos hemos separado.

Mi familia era de clase trabajadora, muy esforzada, por ende yo jamás tuve ciertos lujos como los tuvo Griss desde que nació. Sin embargo a ella nunca le importó si, a veces, yo no tenía dinero. Tampoco le importó que viviéramos en lugares diferentes, ni menos, si yo no me vestía con las mejores marcas. Era extraño, siendo una chica que siempre le importó la apariencia y el qué dirán. Conmigo jamás fue así, de hecho, cada vez que podía, Griss, venía a mi casa y pasaba tiempo con mi familia. A mis padres les encantaba, se mostró siempre muy encantadora y preocupada por mi. Para que decir de mi hermano, Mark, tenía una especie de enamoramiento, era su amor platónico.

Cuando tenía cuatro años, mis padres y los padres de Griss se hicieron muy cercanos, que incluso, yo pasaba más tiempo en casa de los Edwards que en mi propia casa, la razón de esto era muy simple, sin embargo, cuando tenía cuatro años no lograba entenderlo. Mis padres recibieron ayuda económica de parte de los Edwards, en muchas ocasiones, los padres de Griss le tendían la mano a mis padres con dinero, por esto, ellos me consideraban como una hija más. Ese mismo año, mis padres no pudieron tomar vacaciones, debían trabajar horas extras para costear los gastos del hogar. Yo y Griss nunca nos separabamos, éramos como un combo. No podías llevar una hamburguesa sin sus papas fritas. Así fue como los Edwards me invitaron a vacacionar con ellos. Tenían una casa en la playa, muy grande, con piscinas y juegos, eran las vacaciones soñadas para cualquier niña. En esa casa, además, venían de visita amigos de la familia, ese año, Mandy, la madre de Griss, invitó a su amiga Leonor, siempre me acuerdo de ella. Era muy linda, joven y tan simpática, siempre reía. Lástima que ella no venía sola, un niño un poco mayor que nosotras la acompañaba. Con Griss, al principio, ni siquiera le hablábamos, hasta que Mandy nos obligó a que jugáramos con él.

- Si quieres jugar con nosotras en nuestra casa de Barbies tienes que sacarte los zapatos.- Una Griss de pequeña le hablaba a este niño con zapatos cubiertos en barro.

Yo solo me limitaba a mirarle los zapatos y su cabello, era muy rubio. Daba la impresión de que el sol siempre estuviera sobre su cabeza.

- No me voy a sacar los zapatos y no quiero jugar con tus huecas muñecas.- Dijo el niño mientras entraba de igual forma a la casita, arrasando con su pies todo lo que encontraba a su paso.

- Si quieres puedes prestarnos tu dinosaurio, ese que traes en tu mano, para que mi Barbie pueda tener a su mascota.- Dije para integrarlo a nuestro juego de muñecas.

- Mi dinosaurio no va a ser tu mascota, el se comerá tu ropa y tus pies y tu cabeza.- Dijo el niño mientras hacía extraños ruidos y movía el dinosaurio de un extremo a otro ahuyentando a Griss

Yo en lo único en que pensaba era que un dinosaurio de ese tamaño no podía comer la cabeza de Griss, ella tenía una cabeza demasiado grande. Griss salió corriendo en dirección a su madre, mientras que Leonor retaba al niño.

- ¡Nathan!, eso no se hace. ¡La próxima vez que te vea molestando a las niñas te quitaré tu dinosaurio!

Cada verano, desde que tenía 4 años y hasta que fui la última vez a esa casa, estaba Nathan. Habíamos formado una especie de amistad. Éramos los tres, a decir verdad, con Griss no se llevaba tan bien, siempre le decía patas de gallina y peleaban por quién tenía la razón. Mientras que yo solo me dedicaba a mirarle su cabello, que con el tiempo se fue oscureciendo, ya no era tan rubio, ahora era más castaño y un poco más liso. Cuando yo tenía 12 años, ya lo había asumido, me gustaba Nathan. Griss pensaba que estaba loca. "Lucy, ¡Qué asco! ¿Dónde están tus gustos, amiga mía?"

Yo solo pensaba que era atractivo y que me gustaba. Siempre fue amable conmigo, me tomaba la mano si yo tenía miedo, jugaba con mi cabello y decía que yo tenía los ojos más profundos de todas las personas. Por ende, estaba segura, ese verano le iba a decir que me gustaba. Sin embargo, Nathan tenía 14 años y llegó presumiendonos que ya había perdido su virginidad, era molesto. A él solo le interesaban las chicas con tetas y culo, y yo era un tonta niña que ni siquiera había dado su primer beso. Nathan llegó distinto ese verano, ya no era el dulce chico que conocí durante 6 años, ya no me hacía cariño, ni se preocupaba de mi. Era como si yo no le importaba.

A Griss no le afectaba en lo más mínimo, por supuesto. Ella decía que estaba en la etapa de ser un adolescente precoz y que era mejor que se mantuviera alejada de nosotras por un tiempo. Yo no entendía cómo una persona podía cambiar tanto. Estaba triste y Griss lo notaba, por eso decidimos ir a la playa ese día. Recuerdo que era un dia muy soleado, nosotras nos pusimos nuestros bikinis y nos lanzamos al mar. Estuvimos todo una tarde allí, Griss conoció a un chico y me dejó sola con un niño que acompañaba al chico de Griss. Se llamaba Alex, fue muy dulce y tierno conmigo, incluso me compró un helado. Lo pasamos tan bien, hasta que llegó Nathan.



Passimetime

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En el texto hay: celos, romance, juveniladulto

Editado: 19.02.2020

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