Apnea

Tamaño de fuente: - +

Parte IV: Sol sediento (7)

Jueves 27 de agosto.

Al salir de mi casa por la mañana aún no sale el sol, por lo que puedo irme caminando. Camino a la orilla de la carretera, entre la hierba seca, cuidándome de los automóviles fugaces y con audífonos en los oídos escuchando mi tonta música melancólica, con mi mochila en la espalda y una extrañez por no recibir mensajes en la madrugada de Alicia.

Me siento incómodamente extraño entre tantas personas, así que busco a mis amigos en cuanto antes, cuando por fin los encuentro están en el salón de filosofía y llego a saludarlos, pero también a preguntarles qué tareas han quedado. Me calmo al saber que aún no dejan deberes, siguen en mera introducción. Después veo a Miranda que está con un par de chicas desconocidas para mí.

Durante la clase de Ciencias Experimentales me entero que se formaron equipos de trabajo que estarán juntos todo el semestre, pensé que en algún equipo de mis amigos quedé, pero no. Nadie me incluyó en su equipo. La maestra me asigna a un equipo con un chico que no me agrada a simple vista junto a una chica que conocí durante la primaria, pero que nunca llegó a considerarse mi amiga. El peor equipo que me pueden dar, de por sí detesto trabajar en equipo. Estoy molesto, pero mi única acción es resignarme y esperar que las demás materias sean un poco mejor.

A la hora del recreo acompaño a mis amigos a comprar sus desayunos a la cafetería, yo traigo siempre el mío en un recipiente para ahorrarme el gasto, aparte de que no me gusta comer fuera de casa. Al mismo tiempo me escondo entre las personas para que Marisol no me vea. Me busca, por lo que veo, aunque no me encuentra entre tanta gente en la tienda. Al final regresamos al salón con Emilio, Mario, Marcos y Alberto. Me salvé de un tonto interrogatorio de Marisol. Antes de entrar al salón por mi mochila e irme a otra clase, Marisol me alcanza. Se acerca y tengo que hablarle.

—Hola, Leo.

—Marisol… Hola.

—¡¿Cómo sigues?!

—Más o menos, sigo recuperándome. Gracias.

—Me alegro. ¿Qué clase te toca? — me pregunta con la intención de acompañarme.

—Computación, y ¿tú?

—Matemáticas. ¿Te acompaño?

—Está bien.

Me acompaña hasta el salón de computación, donde faltan cinco minutos para que el desgraciado maestro cierre la puerta y no me deje entrar.

—Bueno, ya me voy a matemáticas.

—Va.

—Oye.

—¿Sí? — pregunto suponiendo lo que dirá.

—¿Te acompaño a la salida?

—No sé. Es que… Bueno.

—Vale. Adiós.

Entro a la clase del profesor Ramírez, quien tiene reputación de exigir muchísimo a sus alumnos y ser muy estricto respecto a sus reglas. Voy a sentarme a la fila donde están mis amigos. Empecé a escuchar sus explicaciones de cómo será la clase y cosas de ese estilo. Acaba la clase al oírse el timbrar de la campana que está en el exterior del salón. Salimos de esa clase. Pasan otras iguales. Hasta la clase de lectura. En esta clase la profesora, parece muy culta, comienza a hablar de tareas y de su clase, atrapa mi atención desde su lenguaje muy distinto, poco coloquial. Al final de eso, habla sobre literatura más a fondo, entre tanto, menciona al poeta autor del libro que hurté de la biblioteca.

—Aquí, en esta clase, abordaremos distintos autores del habla española.

—¡Gustavo Adolfo Bécquer! —exclamo entusiasmado.

—Exacto. Veo que lo conoces. Me alegra que haya un lector aquí.

Al conectar con la profesora, una de mis compañeras pregunta sobre quién hablamos, se nota la falta de buena lectura, ya que ella se da aires de lectora cuando sólo lee libros por moda. Tipo número uno de chica. Con esto me doy cuenta que el ser un lector, será una razón más para no encajar muy bien. Lo que me agrada, pero a la vez no, porque cuando eres diferente, en realidad, a las personas no les llamas la atención. Las personas no prestan atención a lo inusual. No atraes personas, pero sí destacas, aunque eso en lugar de volverte popular sirve para que los demás comiencen con tontas envidias, cuando deberían tratar de conversar contigo para aprender más.

Salimos al fin de todas las clases, finalmente puedo irme a casa. Estoy por llegar a la puerta de la escuela, listo con los audífonos en los oídos, y Marisol aparece para acompañarme. No tengo más opción que quitarme los auriculares, abstenerme de escuchar música y tener que hablar con alguien que sencillamente no me interesa. Lo malo es decirlo, debido a que las personas tienden a reaccionar mal ante la sinceridad. Si le dijera a Marisol que no tengo interés en ella y que estoy mal emocionalmente, que pienso en alguien más, de seguro terminará enojada pensando que ella tiene algo malo. El mundo prefiere bellas mentiras en lugar de la realidad. En este mundo la mentira se toma por cierta mientras que las verdades como falacias. No puedo entender a las personas.



Lievanov

#8005 en Novela romántica
#648 en Novela contemporánea

En el texto hay: juvenil, drama, amor

Editado: 11.03.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar