Apuesta de Amor

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Capítulo 02

—Ahora le perteneces a él —le contestó sin titubear.
—¿Cómo que le pertenezco? —le preguntó confundida.
—Tu marido sin tener más dinero encima te aposto a mí y gané.
—¡Eres un cretino! —le contestó furiosa y cacheteándolo.
—Lo sé, y lo siento —le dijo apenado.
—¡¿Ahora lo sientes imbécil?! Cuando estabas apostándome no lo pensaste dos veces siquiera, no? Sabía que eras un vividor compulsivo pero nunca te creí capaz de hacerme algo como lo que hiciste ahora. Para mí ya no existes más, se acabó todo —le respondió sacada de quicio y le dio una patada en sus partes íntimas—. ¡Y usted ni se me acerque! —le gritó pero él lo hizo más fuerte que ella.
—Te guste o no vendrás conmigo —le dijo tomándola por el brazo.
—¡Suélteme! —le contestaba soltándose de él, pero era mucho más fuerte.
—Cállate —le dijo en casi un grito y se quedó muda—. Ahora iremos hacia la salida y nos iremos de aquí —le contestó al oído.
—Si no me queda de otra, qué remedio queda.
—Bien lo dijiste, ninguno. Te vendrás conmigo.
Salieron y fueron hacia la limosina que lo estaba esperando, la apoyó contra ésta para intentar robarle un beso.
—Dame un beso —le decía acercando su boca a la suya.
—¡Está loco!, no le daré ninguno, ¡suélteme! —le decía forcejeando para que no la besara.
—Sólo uno, no pido ni uno más ni uno menos —le seguía diciendo intentando besarla.
—¡Dije que no!, ¿no entiende cuando es NO? —le gritó exasperada.
—Nadie me dice nunca no —le terminó de decir y puso su mano en su maxilar e hizo que lo viera a los ojos para luego plantarle un beso.
La besó, pero luego lo apartó de ella y le dio una cachetada, pero esta fue a parar a su labio que comenzó a sangrar, Esmeralda lo miraba furiosa y con respiración agitada, él se pasó la mano por el lado sangrante al sentir que algo le caía y notó sangre en sus dedos. Sintió mucho coraje al ver que le había hecho eso por lo que una vez más la besó, pero ésta vez mordiendo su labio inferior.
—¡Es un imbécil! —le gritó y al quererle pegar una cachetada le toma el brazo con su mano.
—Estamos a mano cariño, así que ahora sube a la limosina —le dijo yendo hacia el otro lado para abrir la puerta y entrar.
Se quedó parada como una bonita estatua fuera de la limosina, haciendo oídos sordos a lo que le decía. Él seguía diciéndole que se subiera, pero ella menos caso le hacía, hasta que abrió la puerta de su lado y tomándole la muñeca, de un tirón la metió dentro de ésta.
—¿Eres sorda o qué?
—No lo soy, sólo que no quería subirme a la limosina de un estúpido como usted. Sabe qué, si quiere le puedo dar dinero a cambio de mí, el dinero lo vale más que yo —le dijo suplicándole.
—No me interesa el dinero, no quiero que me des tú dinero, el premio fuíste tú y no quieras cambiarte por papel verde. Aunque me supliques no te dejaré ir, así que ve acostumbrándote a tu nueva mansión —le dijo acercándose para darle un beso en el cuello, lo que ella lo empuja hacia donde estaba.
—Ni se le ocurra volver a posar sus labios en mi piel —le contestó enojada.
—No seas tan agresiva conmigo, me ofendes.
—¿Lo ofendo?, ¡usted se lo busco!
—No me gusta que me traten de usted, no soy tan viejo.
—Lo siento, no lo voy a tutear.
—Preferiría que sí me tutearas.
—Yo diría que no. Prefiero no tener nada más que habla entre usted y yo.
—Como tú quieras, igual te diré mi nombre por si algún día quieres tutearme, me llamo Caleb.
—Ok —le dijo seca y volvió a posar la vista hacia la ventanilla de la limosina.
—Richard, podemos irnos cuando quieras.
—Muy bien señor.
Llegaron a la residencia, y él trató de ayudarla a bajar de la limosina, pero la joven se negó a que lo hiciera.
—No me ayude por lástima, puedo sola —le contestó de mala manera.
—No lo hago porque me causes lástima, ¡siempre soy así con las mujeres! —le contestó gritándole, a esta altura él se estaba poniendo alterado.
—Pues búsquese a otra mujer —le respondió pasando frente a él y caminando hacia la gran entrada.
—Eso no será posible, la única mujer que será atendida como yo quiera serás tú —le contestó tomándola del brazo y conduciéndola hacia la puerta de su residencia.
Hizo que subiera las escaleras con él, aunque forcejeaba con soltarse de él, Caleb la sostenía fuerte del brazo, hasta que llegaron a una de las tantas puertas que tenía la planta alta. La abrió y la hizo pasar empujándola, ya que ella tenía sus pies muy firmes sin intenciones de entrar a aquella habitación.
—¡Entra!, no tengo toda la noche —le respondió haciéndola quedar en medio de la habitación—. Desde ahora en adelante ésta será tu recámara, buenas noches —le dijo y cerró la puerta con llave.
Corrió hacia la puerta golpeándola para que la dejara salir.
—¡Déjeme salir!, ¡no soy su prisionera!, ¡quiero que me abra la puerta! —le gritaba desesperada.
—Ya me perteneces para siempre, ¡duerme y deja dormir! —le contestó cerrando una de las puertas.
—No me importa si no lo hago dormir, ¡quiero salir de aquí! —le gritaba furiosa mientras seguía golpeando la puerta.
—Está bien, como tú quieras, grita toda la noche si quieres, nadie te escuchará excepto yo —le gritó y volvió a cerrar la puerta de su habitación.
—Ok, ¡como usted quiera! —le gritó.
Luego de una hora de estar gritando, su desesperación la llevó a pegar un grito y se dio por vencida, se acercó a la cama y se acostó sin taparse y quedarse en un costado de ésta acurrucada.
Por el mediodía, comenzó a sentir unos dedos rozar sus mejillas y correr los mechones de cabello de aquel joven rostro, al abrir sus ojos sacó la mano de su cara.
—Buenos días, ¿cómo amaneciste? —le preguntó con su sonrisa de amabilidad.
—Los buenos días serán para usted. No pretenderá que duerma bien aquí.
—No me agradezcas tanto querida —Le contestó sarcástico.
—A usted no le agradecería nada —le respondió de la misma manera.
—No estes tan segura de eso cariño. Si vieras estos papeles me agradecerías —le dijo mostrándoselos.
—¿Agradecerle? Lo dudo —le contestó seria y quitándole los papeles de su mano—. ¡¿Qué significa esto?! —preguntó desconcertada.
—Tu marido o mejor dicho tu ex marido presentó los papeles del divorcio.
—¡Ese infeliz no me hará esto! —contestó enojada, levantándose de la cama y dirigiéndose hacia la mesa, tomó el tubo del teléfono y marcó el número de su ex marido.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: poker, apuesta

Editado: 05.04.2018

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