Apuesta de Amor

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Capítulo 04

—Se me olvidó de decirte de mis cachorros —le dijo bajando las escaleras y riendo—. ¿Crees que te será fácil salir de aquí?—le preguntó poniéndose en frente a ella y vio aquellos ojos azules como el mar que la miraban penetrantemente—. Para darte una idea, la residencia está protegida las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año, entonces el mínimo movimiento que hagas para salir las alarmas se activan y en ese momento sabre que tú trataste de escapar.

—Puede que sea un ladrón—le contestó altanera.

—Aquí no ha entrado nunca uno. Es de máxima seguridad esta residencia, así que mejor vamos yendo hacia la limusina que nos está esperando —le dijo ofreciéndole su brazo pero ella caminó de brazos cruzados a la par de él, pero a fuerzas la tomó de la mano.

Salieron por la puerta trasera donde los estaba esperando Richard, le abrió la puerta y antes de entrar le dijo algo.

—Tú si eres bueno Richard —le dijo sonriendo.

—Gracias señorita —le contestó algo ruborizado.

—De nada —le dijo y entró.

Segundos después de haber entrado Caleb, Richard los estaba llevando hacia donde sería la fiesta. Media hora más ya estaban en la entrada de la mansión, los ricos y famosos, los que eran superficiales y se creían las mejores personas del mundo, Esmeralda era rica pero no era nada de lo que eran aquellas personas, sólo ellos se codeaban con la riqueza, en cambio ella hablaba con todo el mundo, no le importaba si eran o no ricas las personas que estaban a su alrededor, eran personas iguales, pero estos eran más antipáticos que sensibles y eso era lo que le incomodaba algunas veces. Lo superficial lo falso y el interés de todo. Y encima que Caleb la atosigaba era peor.

—¿Podría esfumarse por unos minutos? Ya que lo tengo que ver todos los días, aunque sea déjeme en paz por un rato.

—No te pongas enojada, tienes que sonreír. Pero te dejaré sola por cinco minutos, ni uno más—le dijo apretándola contra él y susurrándole al oído.

Esos cinco minutos que le dio pasaron volando, cuando estaba en la mesa de bocadillos, se le caía la baba por tan sólo probar uno, tomó el más apetecible y Caleb apareció detrás de ella. Cuando se lo estaba por introducir a la boca le habla.

—Ni se te ocurra comer —le dijo al oído serio.

—Usted no me lo impedirá.

—Ese será tu castigo por lo que pasó antes en la habitación.

—Por favor no me quite el comer —le decía en tono de suplica pero sin darle vuelta.

—Ni si me lo pides de rodillas te dejaré comer, es eso o hacer el amor conmigo después de la fiesta, tú decides —le dijo casi pegando su boca a su cuello.

—Está bien, ¡quíteme la comida! —le contestó furiosa.

Sin decirle nada más, se dio vuelta para mirarlo y lo fulminó con la mirada. Dejó el bocadillo sobre la bandeja y se fue de ahí ignorándolo, pero él la sujetó del brazo.

—No empieces a armar otro numerito como siempre lo haces, ahora te vas a quedar pegada a mí toda la noche hasta que termine la fiesta, así que sonríe y quédate callada —le contestó sujetándola de la cintura apretándola a él y caminando hacia un grupo de personas mientras que ella miraba a su alrededor por alguna salida.

Caleb comenzó a hablar con el grupo de personas y una de ellas le pregunta algo que no se lo esperaba.

—Caleb, ¿es tu mujer?

—Sí.

—No, soy su prisionera —dijo entre dientes pero las personas, hasta Caleb escucharon, pero siguieron hablando de otra cosa.

En este momento, su cabeza decía 'que no termine más ésta fiesta' pero sin darse cuenta se dio por finalizada. Mientras ellos en la limusina, Caleb le estaba dando un sermón del que ella no respondía ni quería escuchar.

—¿Sabe lo que parece diciéndome todo esto?, un hombre amargado y gruñón —le dijo y Richard rió—. Ya deje de decirme todas esas estupideces, no quiero escucharlo más.

—Pues me tendrás que escuchar cuantas veces quiera te guste o no.

—Señor ya llegamos.

—Gracias.

—De nada señor.

Caleb bajó y le abrió la puerta pero ella no quiso darle la mano.

—¿No me darás tu mano? —le preguntó inclinándose para verla.

—Está bien —le contestó sin ganas de pelear—. Buenas noches Richard —le contestó y le dio un beso en la mejilla.

—Buenas noches señorita —le respondió y fue hacia la puerta trasera—. Señor, no soy quien para meterme en su vida, pero sé que usted es inteligente y sabrá la clase de señorita que es la niña que lo acompaña, no se deje engañar por apariencias, sólo se lo digo porque de todas las señoritas que tuvo, la única buena es ella. Eso era todo, gracias por haberme escuchado, que tenga buenas noches usted también señor.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: poker, apuesta

Editado: 05.04.2018

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