Apuesta de Amor

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Capítulo 08

—¿Me podrías decir dónde metiste mí sábana? —le preguntó jalándola del brazo.
—¿¡Qué quieres!? —le dijo enojada por como la había despertado.
—Mí sábana, ¿dónde está?
—Arriba de la silla —le dijo señalándola—. Ahora sí, déjame dormir, estoy cansada y tengo sueño —le contestó tapándose otra vez.
—¿Por qué no me dices la verdad del porqué estás cansada? —le dijo acercándose hacia el borde de la cama.
—¿Por qué mejor no te largas? —le contestó tirándole con uno de los almohadones y le dio en su cara.
—Porque no quiero, quisiera saber del porqué lo estás.
—Pierdes el tiempo, no te lo diré, igual y creo que ya tú mismo tienes la respuesta sobre la sábana del colchón.
—Sí, claro que lo vi. Pero, ¿por qué no me dijiste que fui algo salvaje contigo mientras te lo hacia?
—¡Ay Caleb eres un idiota! No entiendes nada de lo que te estoy tratando de decir —le dijo y se dio vuelta del otro lado.
—¿Qué?...¿no me digas que?...¿no me digas que eras...? —le decía pero no terminaba nunca la frase por lo que la desesperaba.
—¡Sí Caleb! ¡Era virgen! —le gritó furiosa y luego cerró la puerta de un golpe.
Se levantó por la tardecita y directo entró al baño a darse un relajante baño de burbujas, casi más se quedó dormida, pero al abrir los ojos se encontró con él y su mirada azul en ella.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo se te ocurre entrar aquí? —le preguntó desconcertada.
—Te aclaro algo, tú ya eres mía completamente y ahora puedo entrar a cualquier lado en donde estés tú. Así que corre las piernas para que entre, o mejor ábrelas así te sientas sobre mí, ¿no te parece? —le dijo riéndose y entrando.
—¡Eres un imbécil! —le contestó tirándole la esponja en la cara.
—Mira lo que me hacia falta, ¿no me bañarías? —le preguntó pícaro y extendiéndole la esponja para que la tome.

—Hazlo tú, para eso tienes manos. Aparte estás interrumpiendo mí privacidad, cosa que yo no te hago eso.
—Pero como aquí yo soy el dueño de todo, puedo interrumpirte sin que tú digas nada. Así que vamos, ¡báñame! —le dijo ya poniendo su espalda contra su pecho y recargando su cuerpo en ella.
—¿Nunca nadie te dijo que eres un fastidio? —le preguntó untando la esponja con jabón.
—No —le dijo tocando sus piernas por debajo del agua.
—Pues yo soy la primer persona que te lo dice y deja de tocar mis piernas —le contestó empujándolo hacia delante para enjabonarle la espalda.
—Ok, si reaccionas así cuando te hago algo más vale no intentarlo luego —le decía riéndose.
—Bien lo dijiste tú, más te vale que no lo intentes luego —le respondió pasando la esponja por su pecho—. ¡Ya suelta mis piernas! —le decía mientras forcejeaba y salpicaba hacia fuera.
—Está bien —le contestó yéndose hacia el otro lado de la bañera—. Ahora tú ven aquí —le dijo señalando con el dedo índice a donde se tenía que poner.
—Estás mal de la cabeza si piensas que iré ahí.

—Tú harás lo que yo diga —le respondió y la tomó por las piernas desprevenida haciendo que se sumergiera en la bañera y al sentarse se dio cuenta que estaba sentada sobre sus piernas y quedó frente a él a escasos centímetros de su boca—. Ahora sí me gusta el rumbo que está tomando esto, te tengo como quiero —le dijo con sonrisa pícara y comenzando a besar su cuello aunque ella se resistía y forcejeaba para que la soltara.
Quería besarla pero ella lo esquivaba.
—Ya, no seas tan indiferente conmigo y bésame que sé que te desesperas por darme uno —le dijo a los ojos y sosteniéndola de la nuca para que no se soltara.
Con ese rostro cerca de ella y su boca ya sobre la suya, no podía poner resistencia por lo que se dejó llevar. Primero se dieron un pico y luego besos que la dejaban sin respiración, más él se los daba a ella pero Esmeralda correspondía a ellos con la misma intensidad que él se los daba a la joven. Los besos fueron el comienzo del siguiente paso que él le hizo dar, el de tomarla por la cintura y levantarla para luego hacerla bajar y comenzar a hacerle el amor. Se sostenía de sus hombros y cuello y él era el que llevaba su ritmo, ella sólo suspiraba y su respiración era agitada como la de él, enredaba sus manos en su cabello y lo besaba con ansias al igual que él la besaba a ella, tocaba sus pechos y se desesperaba por besarlos, lo que ella lo dejó hacer, con la misma lentitud en que lo estaban haciendo, se besaban también. Las caricias y los besos iban siendo cada vez más intensos, al igual que hacían el amor. Luego de normalizar sus respiraciones y de tener unos minutos de mimos y caricias por parte de él hacia ella, todo, absolutamente todo volvió a ser como antes.
—Ya puedes irte —le dijo quedándose unos minutos más en la bañera mientras lo veía a él que se secaba y salía del baño con una toalla en su cintura.
Así eran la mayoría de las noches y amaneceres, cada vez le era más dificil resistirse a él. Parecía que en verdad eran una feliz pareja, pero la cruel realidad era otra, para él todo era simplemente atracción física y nada más. Una noche se despertó con sudor, estaba casi empapada así que tenía ganas de darse un chapuzón, desde hacia días atrás le había dejado la puerta sin llave, para qué no sabía, sólo que en éstas circunstancias no se iba a quedar dentro de la habitación así que salió con la bata de toalla y por debajo tenía puesta una bikini bastante ajustada de color turquesa con algunas piedras alrededor de cada triángulo de la parte de arriba y alrededor del triángulo delantero de la parte de abajo. Caleb al escuchar su zambullida se despierta sobresaltado y ve desde la ventana que Esmeralda está en la piscina. Él tenía, al parecer, ganas de nadar también o de ir a molestarla como siempre lo hacia.
—¡Casi más me matas del susto! —le dijo pegándole en el brazo al verlo frente a ella sin sentirlo.
—Uy, ni que fuera tan feo —le dijo sarcástico—. Te pregunto yo a ti, ¿qué haces aquí a ésta hora de la noche?
—Yo vine a nadar un poco, ¿tú que haces aquí?, ¿no se supone que estás durmiendo?
—Se suponía, pero me despertaste apenas escuché que te zambulliste.
—Siento despertar al amo de la casa —le contestó irónica.
—No seas tan cruel conmigo —le respondió arrinconándola contra uno de los esquineros de la piscina.
—No lo soy, es la pura verdad, así que como dicen que la verdad duele, pues lo siento —le contestó haciéndole puchero.
—Me lastimas cuando eres así tan mala conmigo, me haces sentir mal hasta pienso que soy malo contigo —le dijo ofendido.
—No, tú no eres malo conmigo, sólo me tienes como tu muñeca y tu objeto —le dijo acercándose algo enojada.



Sylvie Dupuy

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En el texto hay: poker, apuesta

Editado: 05.04.2018

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