Ascenso a ciegas

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10.

—¿Hola? —Se hizo eco la voz de Míriam, a través del enorme local.

—¡Estamos cerrando! —escuchó gritar desde algún rincón, aún desconocido.

Ajustó la mirada hacia el lugar que más o menos, había sospechado del que podría venir, y fue cuando las comisuras de sus labios se elevaron.

—Lo siento. No conozco los horarios —se excusó ella, avanzando un poco más hacia él.

Rubén se sorprendió en cuanto la vio. De nuevo, la amiga de su amigo regresaba por allí… esta vez, a deshoras. ¿Por qué? Aquella mujer de ojos claros conseguía turbarlo. Por alguna razón, aquella mujer no le agradaba nada—. Quería preguntarte…, ¿podrías darme alguna clase privada? Siempre ando tan ocupada, incluso en vacaciones, tanto que necesito encontrar un horario flexible. Te pagaré el doble —propuso.

—Clases… privadas.

—¡Eso es!

Sacudió la cabeza. La frase, en boca de ella, sonaba más perturbadora, que interesante. Lo que equivalía a problemas.

—No va a poder ser —quiso zanjar, mostrándose circunspecto.

Se adelantó hacia él con la sublime rapidez de un peligroso depredador, alcanzándolo y acariciando su torso, apenas cubierto por la fina tela de algodón de la camiseta de tirantes que llevaba.

—Puedo ser muy persuasiva, de proponérmelo —canturreó, buscando provocarlo—. Te confesaré que soy una de esas eternas cabezotas que persisten hasta conseguir lo que desean —canturreó amenazadora, como la serpiente de cascabel que hace sonar su cola advirtiendo que está a punto de atacar. Del mismo modo sonaba el tono seductor de su voz.

Rubén volvió a negar, sujetándola de la muñeca para detenerla. La apartó, despacio.

—Insisto. Vuelve mañana, como todo el mundo, dentro del horario establecido.

Ella comenzó a dar vueltas a su alrededor, mostrando una posición desafiante.

—Tengo entendido que hubo un accidente, por tu culpa. Uno mortal, si no fui mal informada —largó, en un tono sórdido—. Que no puedes dar clases fuera de este cuchitril —añadió, disfrutando al herirlo. Al percatarse de que su gesto se tornaba sombrío y preocupado. ¡Era lo que necesitaba! Tenerlo sumiso, y no, como dominante.

—¡Estoy harto de decir que no fue culpa mía!

—¡Sí lo fue! Tú estabas al mando de todo aquel material. Eras el líder y profesor, además de responsable del grupo. ¿No es así?—. Lo hizo asentir. Y además, que se sintiera culpable dándose cuenta de cuánta razón volvía a tener. Por ello comenzaba a enervarse—. ¿Lo ves? Yo estoy en lo cierto. Y tú, no.

—Vale… tienes toda la razón. Y ahora, márchate, por favor.

Míriam sacudió la cabeza, y se cruzó de brazos, colocando una mueca de interés.

—No disfrutas de tu nueva relación, ¿verdad?

—¿Qué coñ…? ¡Eso no te incumbe! ¿De donde sacas esa estúpida información?

—¿De las malas lenguas? —alardeó, feliz de llevar las riendas, y tenerlo bajo presión—. ¿Quizá deseas encontrar a Lorena, en otra mujer?

¿Cómo sabía lo de Lorena? Prefería no preguntárselo. Solamente quería deshacerse de ella. Las que comenzaba a pisar terreno prohibido.

—Esta conversación llegó a su fin. Por favor, sal de aquí —insistió, nuevamente.

Míriam volvió a acercarse, sin previo aviso, nuevamente, y se encajó a su cuerpo como si se tratase de la otra pieza de rompecabezas que encajaba a la perfección, en él.

—Yo misma podría darte todo aquello de lo que careces, y que te llenaría hasta hacerte sentir vivo. Algo que Sofía sé que no te dará.

—¿Cómo sabes todo eso? —formuló, estupefacto—. ¡Deja de jugar conmigo! —la advirtió, sin tardar—. ¡Tú y yo no nos conocemos de nada! —aclaró él, en busca de sacársela de encima definitivamente.

Sin embargo, ella lo atrapó con sus labios, ayudándolo a colocar sus manos sobre las curvas de su cuerpo, ofreciéndose como un jugoso obsequio, el que finalmente él parecía no rechazar. Se sentía últimamente tan vacío de corazón, y tan falto de atención, que cometer semejante sacrilegio quizá incluso le iba a gustar. Sofía llevaba demasiado tiempo privándolo de ella. De hecho, hacía como una semana que había hecho las maletas y se había largado, Dios sabe adónde. Probablemente, intentando seguir su vida de algún modo. ¿Por qué él no podía hacer lo mismo?

La contienda amorosa continuó en su apartamento hasta bien llegada la madrugada. Aquella mujer tenía una vitalidad indescriptible. Dudaba que pudiera levantarse para irse a trabajar, en cuanto el despertador sonase en la madrugada, con tan pocas dormidas, y con aquella leona, todavía reposando al otro lado de su cama.



DenisBlue73

#9725 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

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