Ascenso a ciegas

Tamaño de fuente: - +

13.

No la hizo esperar. Arnau se presentó en el lugar acordado, justo a la hora pactada. De nuevo, hubiera podido llevarla hasta allí, en su coche, si las cosas hubieran sido distintas. Pero tal y como pintaba todo, las distancias justas serían lo mejor. Toda precaución era poca. Así, evitaría cometer más errores de los que, por desgracia, ya estaba cometiendo, pasándole factura hasta agotarle.

—Hola —saludó ella cuando lo tuvo ya enfrente—. ¿Entramos? —Este lo hizo sin mediar palabra. Marcando su espacio personal y establecido, evitando que ella lo rebasara—. Me tomé la molestia de reservar mesa, por si acaso.

Arnau advirtió que unas cuantas seguían aún, vacías. ¿Por qué tanto interés? ¿A qué venía esta preocupación tan repentina? Tanta cordialidad hacía saltar todas sus alarmas.

—No lo veo necesario —criticó igualmente, continuando con su plan de poner barreras entre ambos.

—Siéntate. Pediremos la cena.

No tardó en acercarse una camarera que se movía con garbo, derrochando energía y amabilidad, por los cuatro costados. ¡Demasiada!; para el gusto de Arnau que continuaba molesto y desconfiado hacia su compañera de mesa. Y no es que necesitase de mucha más adulación por parte de nadie. Sin embargo, la empleada del restaurante no pareció que sería sensato reflexionar antes de hablar, y soltó aquello, como si nada. Como si no fuera capaz de tener una mínima información. De ser prudente con los clientes, y andar con cuidado a la hora de hablar.

—¡Buenas noches! ¿Qué va a desear la pareja? «La pareja. ¡Muy graciosa!»; mencionó él, dentro de su cabeza, advirtiéndola de su error con una mirada puntillosa. Y viendo que se había equivocado, rectificó con celeridad—. Esto… ¿qué vais a tomar? —volvió a formular de nuevo, observando a uno, y a otro, de soslayo, ruborizada, con la punta de su bolígrafo a punto de posarse en la menuda hoja en blanco. Se fijó en lo que Arnau señaló de la carta y lo apuntó, asintiendo a la vez—. ¿Y para beber?

—Agua, por favor.

—Ok. —Continuó garabateando. Luego dirigió la mirada hacia Esther, que hizo el mismo proceso que su compañero de mesa. Y tomó nota. A diferencia de que ella pidió un refresco para beber—. Perfecto —concluyó, poniendo un punto al final de aquella comanda de un modo tan exagerado que la libreta vibró—. Ahora os lo traigo —aseguró, aún colorada, experimentando una molesta incomodidad. Estos todavía la observaban con un punto crítico que la hacía temblar.

—Empezamos la noche bien —largó Arnau, apoyando su mentón en la palma de la mano, aburrido. Trasladando su mirada hacia un lugar distinto que no fuera donde estaba Esther.

Ella empezó a hacer dobleces en una servilleta de papel, mostrándose inquieta. ¿Cómo podría empezar a hablar? ¿Cómo decirle las cosas a un tipo que ya estaba lo suficientemente enojado con ella como para soportar menos de dos palabras que no le agradasen? Finalmente se decidió.

—Puede que haya sido un poco injusta…

—¿Un poco? —Sintió unas ganas imperiosas de decir lo que pensaba sobre ello, con claridad, y sin importarle que la ofendiese. Se contuvo. Aunque la protesta continuó vigente—. Al menos, en algo estamos, por fin, de acuerdo —largó, nuevamente con un gesto tedioso.

—Supongo... —respondió ella, pisándose la lengua, y no comenzar otra vez a discutir. El tipo tenía una facilidad tremenda para sacar la ira de sus entrañas. Aunque esta vez, parte de culpa, también era suya—. Sé que no te estoy dejando hacer tu trabajo. De todas formas, es mi abuela… y mi padre me envió para controlar la situación. Comprende que es mi deber inspeccionar el que lo estés haciendo bien.

—¿Inspeccionar? ¡Por Dios! ¡Parece que nada de lo que hago te agrada! Y no me juzgues mal, pero resulta insoportable cuando has hecho las cosas bien, y te llueven unas críticas que no mereces —reprochó, con dureza.

—Lo siento…

Arnau hizo un gracioso ademán como si, súbitamente, lo hubiese sobresaltado una inexistente sordera.

—¿Puedes volver a repetirlo, por favor?

Esther frunció los labios, contrariada.

—¿Podemos tener la fiesta en paz? ¿Sí?

Él se rió, aunque no fue una sonrisa amplia y relajada. Quería continuar juzgándola hasta el punto de desear hacerla sentir la misma incomodidad que ella le proporcionaba.

—Una cosita… ¿Tu abuela te obligó a hacer esto? —largó, entre la duda y un cabreo monumental de los buenos.

—¡Qué más da si fuera así!

—Lo imaginé. No te veo apiadándote de nadie —mencionó, en un tonillo irritante.

La observó inspirar profundamente. A punto de parecer explotar. No lo hizo.

—Dejaré que te quedes en casa de mi abuela. Dejaré que finalices con lo que acordasteis.



DenisBlue73

#9803 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar