Ascenso a ciegas

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14.

El calor lo sacudió con saña durante toda la noche. Suerte que pronto se anunciaban lluvias, y refrescaría. Aunque tampoco es que fuera algo para confirmar seguro. Tormentas…; algo no tan bueno para la escalada. Para salir a campo a través.

Se dio una ducha rápida. Prefería oler a jabón y a limpio. Recordó la cita de hoy, en un breve instante de concentración y lucidez, y maldijo por lo bajo.

—¡Genial! No hay nada mejor que hacer para un sábado que joderte la existencia —continuó protestando en un murmullo. Al menos, la parte buena era que vería a Rubén. Y lo ayudaría en la ardua tarea de ignorar a Esther. En el fondo, no había mal que por bien no viniera.

Se tragó literalmente el desayuno. Trató de no dejar nada importante olvidado en casa. La ropa deportiva que se había colocado era transpirable y fresca. Lo ayudaría a pasar el bochorno, el momento ya se metiera en faena.

Y salió en busca de su coche, tomando un rumbo ya conocido, como acostumbrado.

Y la encontró justamente donde se lo indicó.

—¡Hola! —saludó ella, una vez se coló dentro de la cabina del vehículo—. ¡Buenos días! —añadió, colocándose el cinturón de seguridad con rapidez, dejando en el asiento de atrás todas sus cosas mediante una incómoda postura.

—Hola… —saludó escuetamente él.

—Gracias por recogerme.

—Así fue como lo decidiste hacer, ¿no? —comentó con cierto retintín de fastidio.

¡Exacto! «Así lo habían acordado». Sin embargo, este era un truco más de aquellos que ella buscó usar con él para llevarlo a su terreno.

—Así es…

—Pues eso… —concluyó, contundente.

Durante el recorrido en coche Esther no pudo evitar observar de reojo a su compañero de viaje. Lo encontraba tenso. Tanto que, si seguía apretando el volante con tanta fuerza, el riego sanguíneo de sus dedos terminaría por cortarse. La situación era incómoda. Pero, después de que su abuela la hiciera reflexionar, no estaría de más concederle al chico otra oportunidad más.

 

 

 

Llegaron al rocódromo. Ella fue quien ahora se tensó. Cada vez que se topaba con Rubén, sentía esa sensación de odio y miedo que lo representaba como al asesino de su prima y culpable de todo. Y continuaría viéndolo de este modo hasta que se demostrase lo contrario.

—¿Qué tal, tío? —Lo saludó aquél. Arnau lo abrazó con cordialidad. El típico saludo entre chicos.

—Ahí voy… —respondió él, nada convencido.

Rubén observó de soslayo a la chica que acompañaba a su amigo. Ella intentó mostrar una sonrisa amistosa que no salió como quería que saliese. En su gesto continuaba mostrándose la aversión que sentía por él.

—Esther quiere aprender a escalar.

Este la observó extrañado. Aunque se pisó la lengua. Conocía algunas facetas suyas y aprender a escalar no era precisamente algo que fuera necesitando. Aun así, opinó al respecto.

—¡Qué extraño! Pensaba que ella odiaba este tipo de deporte.

—¡Cambié de parecer! —dijo ella, apartando la mirada para observar aquellas paredes interesantes repletas de menudos toquecillos de colores. Sostenerle la mirada le resultaba molesto.

—Genial… —masculló, desinteresado, aunque recordándose que no podía echarla de allí cuando era una clienta más, y encima, quedaría muy mal frente al resto de clientes, haciendo eso—. Os traeré un equipo a los dos. Dadme un minuto —agregó, todavía atisbándola por el rabillo del ojo, con muy pocas ganas de tratar con ella.

Lo observaron alejarse. No tardaría en regresar. Y ella no pudo evitar lanzar las criticas que daban volteretas en su cabeza.

—Es como si le diera todo igual…

Arnau le dedicó una mirada ácida.

—¿En qué te basas para decir eso? ¡Tú eres la única que le tiene repulsa! Y el chico no hizo nada malo. —La muchacha fe a abrir la boca pero él la cortó—. Lo está pasando fatal. No tuvo la culpa de lo ocurrido. Todo el equipo se encontraba a la perfección cuando le echó el último vistazo. Alguien lo saboteó.

Esther dejó escapar una risilla nerviosa.

—Aun así, sigue siendo responsable de dicho material, y de lo que ocurrió. Era el guía del grupo que lideraba, y profesor —argumentó, cabreada.

—Lo era. Pero en ocasiones, se suceden errores impredecibles que en el fondo no son culpa de nadie. Simplemente se trata de un simple y fortuito accidente que no debería de haber ocurrido y punto. Pueden haber defectos en la fabricación de cualquier producto. Ya pagaron la multa que se les colocó.

—¡Llámalo como quieras! Pero sucedió. Y nadie nos devolverá a Lorena. Así que deja de meter el dedo en la yaga, joder.



DenisBlue73

#9796 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

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