Ascenso a ciegas

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Prólogo

Arnau colocó su pie buscando asegurarlo en aquella estrecha hendidura. Buscó recuperar el aliento antes de proseguir. Se tomó tiempo para calcular la altura superada, y luego echó un vistazo hacia la cima adivinando qué podría quedarle por superar hasta llegar allá arriba. Inspeccionó su arnés, mosquetones y demás. No podía fallar nada o terminaría hecho puré, allá abajo. Respiró aliviado en cuanto averiguó que todo estaba correcto, y en su lugar.

—Manel…, tío; ¡vas a paso de tortuga! —azuzó a su mejor amigo que se encontraba unos pocos metros más abajo que él—. A este paso, ni siquiera mañana conseguiremos llegar a la cima —continuó pinchándolo, junto a una risilla burlona.

—¡Cállate! ¡No poseo tu grácil agilidad de mariposilla!

Arnau le dedicó una ácida mirada por un comentario tan fuera de lugar.

—¡No te pases, gilipollas!

Lo escuchó emitir un soniquete socarrón y gruñó a un volumen que lo escuchase con claridad. Si no fuera porque él era su mejor amigo… y porque estaban suspendidos en el aire, le daría una buena tunda por su desconsiderado comentario.

Un poco más abajo de Manel, Míriam observaba la batalla, torciendo los labios con molestia. Estaba acostumbrada a sus graciosas peleas. Aquellas que, en más de una ocasión los tuvo que detener para que no se sacasen los ojos, porque se emocionaban demasiado a la hora de piropearse con desprecio. En el fondo, terminaban por darse cuenta de la estupidez que estaban cometiendo, y terminaban por pedirse perdón. Aunque para ello, antes había una buena sarta de reproches e insultos que acababan por enfrentarles. Pero que estuviera acostumbrada, le recordaba que debía poner aquella acostumbrada pausa cuando la cosa se desmadraba demasiado. Y para colmo de males, la cuerda de reunión se estaba balanceando peligrosamente, ya que ambos no dejaban de moverse sin cuidado, al tiempo se echaban las puyas.

—¡Vamos chicos! Quiero llegar entera a casa. ¿Sí? Tratad de calmaros o de lo contrario, os dejaré a solas cuando volváis a escalar. ¡Sois todo un peligro! —los regañó.

—¡Mierda! —Escucharon gritar a Arnau en cuanto este fue capaz de echar un vistazo a su reloj—. ¡Hoy no habrá cima! Tengo que llegar a tiempo a casa de Magdalena. Ya se me va haciendo tarde.

—¿Ya te tienes que marchar? —Manel hizo pucheros como un crío—. ¡Esperaba que consiguiéramos lo planeado!

—Podéis quedaros, si queréis. Mi deber es acudir al trabajo. Ya sabéis que tengo que cumplir. Y no hay más que podamos discutir cuando el compromiso me llama —discurseó, como un político preocupado.

Míriam refunfuñó un poco y luego largó:

—¡Vale! Venga… lárgate a cuidar de la pobre ancianita. Yo me marcharé a casa, también. Tengo tareas pendientes por hacer. Entre ellas, ir al súper, que no me agrada nada.

—Si quieres te acompaño. Tan frágil muñequilla no debería de lastimarse —comentó Manel, ofreciéndose.

—¡Déjalo! Puedo sola —aseguró ella, dedicándola un gesto infantil de burla.

—Mujer, yo también podría acompañarte, ¿eh? —se ofreció Xavi, como si ambos varones tuvieran que sortearse a su guapa amiga.

Ella volvió a hacerles una mueca de desaprobación, y comenzó a descender junto a Arnau, consiguiendo que el resto también descendiera. Se asemejaban a ágiles tarántulas descolgándose de un precipicio escarpado, sin miedo a que su fino hilo se quebrara.

Cuando llegaron abajo, Míriam alcanzó a Arnau, asiéndolo de la cintura. Colocándose a escasos milímetros de su rostro.

—¡Hola guapo! ¡No pensarás dejarme sin un morreo antes de desaparecer! —lo azuzó.

—¡Más quisieras tú, bonita! —la contradijo, apartándola con cuidado de él en cuanto pudo alcanzar sus manos y dejarlas alejadas de él—. Venga, muévete y ayuda a guardar las cosas en el maletero del coche. No tengo toda la mañana. ¿Recuerdas?

Míriam gruñó enfadada. Aunque fue obediente y se acercó hasta Manel y Xavi, que comenzaban a ordenar todo el equipo, y a colocarlo en uno de los vehículos que llevaron hasta allí.

—Adelántate —propuso Manel a su amigo—. No quiero que la dulce ancianita te eche la bronca por llegar tarde. Y supongo que antes tendrás que darte una buena ducha. —Hizo como que inhalaba su aroma—; ¡No querrás ir al trabajo oliendo a sudor!

—Yo me encargaré esta tarde de llevar todo a tu garaje —se ofreció Xavi—. Mientras tanto, lo guardaré en mi casa. Por eso, puedes quedarte tranquilo. No perderé nada.

—¡Eso espero! —bromeó Arnau, mostrándose agradecido por ello—. Siendo así, me largo, chicos.

—¡Eso! ¡Lárgate sin darme mi beso! —voceó Míriam, frunciendo los labios en una pataleta.



DenisBlue73

#9755 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

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