Ascenso a ciegas

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1.

Fue una de las duchas más rápidas que realizó en toda su vida. No. Eso tampoco era cierto... ¡Últimamente lo frenético se instalaba en su vida desde que se encaprichó en realizar la escalada antes de aparecer en casa de Magdalena, sobre las nueve de la mañana, como era el horario estipulado. «Si ella supiera». Esbozó una risilla malvada en cuanto lo mencionó dentro de su cabeza, sin dejar de observarse ante el espejo. El fulgor del verde de sus ojos reflejaba emoción. ¡La emoción de vivir al límite, continuamente! ¡Cuanto a más metros de altura del suelo se encontrara, mucho mejor! ¡Cuanto más elevado estuviera, y respiraba el viento más fresco, o menos viciado, de las alturas, mucho mejor! Siempre en la cuerda floja. Pendiendo de cualquier elevado precipicio que le ofreciera un exceso de adrenalina que lo hiciera sentir vivo! ¡Hombre y semi-pájaro, a la vez!

Tenía menos de media hora para darse la dichosa ducha, tomar algo rápido como segundo desayuno tras el enorme esfuerzo, y salir disparado a casa de su nueva jefa. Por lo tanto, que no tenía más tiempo para perder.

Sintió placer con el agua, medio fría, cayendo sobre su espalda. Su cuerpo experimentaba varios grados por encima de la normalidad. Estaba siendo uno de los veranos más secos y calurosos desde hacía algunos años atrás. «A las nueve. Sé puntual»; avisó su parte sensata y adulta, metiéndole el doble de prisa y que no se entretuviera.

A pesar de que Magdalena era una anciana octogenaria con un corazón grande que le perdonaría cada uno de sus retrasos. Era una mujer que podía adivinar que habría tenido una vida ocupada, llena de horas al cuidado de sus nietos, cosa que la envolvía en semejante ternura, además de paciencia infinita. Recordó la breve entrevista que tuvo para saber sobre él, en la que tomó más té y hablaron de tiempos de antaño, mucho más que hablar sobre él, o sobre el trabajo. La mujer necesitaba alguien que cuidase de ella. Y Arnau no dudó en hacerlo. Además, el salario no estaba nada mal. El matrimonio había tenido años atrás un negocio que les dejó buenos ahorros. Unos que, parte de ellos, ahora le iban fenomenal cuando necesitaba de una mano extra que la ayudase en las tareas de la casa, recados y demás, ya que físicamente, no estaba para realizarlos. Estaba sola, ya que su marido había fallecido años atrás a causa de una enfermedad del corazón. Y su hijo no tenía apenas tiempo ni para visitarla, además de vivir algo apartado de ella.

Miguel, su hijo, no estaba demasiado de acuerdo en que fuera ella quien escogiera a quien la cuidaría durante el verano. No podía fiarse de nadie. Podrían engañarla. Y que Magdalena se adelantase, dada su tozudez, lo preocupó hasta el punto de poner cartas en el asunto. Pronto haría alguna cosa para cerciorarse de que, quien estuviera frecuentando la casa con la excusa de trabajar para ella, no fuera un aprovechado, o un tipo peligroso que no tuviera escrúpulos y la robase, o dañase.

Su rapidez fue impecable y a los cinco minutos se encontró subido en su coche, ocupando el casi derretido asfalto de la ciudad. Tuvo que hacer sonar el claxon en repetidas ocasiones, metido, sin quererlo, ni beberlo, en algunos embotellamientos que lo sacaron irremediablemente de quicio.

Llegó a la calle indicada. La que se sabía ya tan de memoria. Se gritó: «¡pero qué suerte!» cuando consiguió estacionar su coche a escasos metros del portal.

Y no tardó en alcanzarlo y meterse adentro, llegando hasta la puerta de entrada al piso de la anciana. Dio unos suaves golpecillos y de inmediato, metió la llave en la cerradura para abrir. Esa era la contraseña o aviso de que estaba entrando para no sobresaltarla.

—¡Buenos días, mozalbete! —lo saludó, nada más verlo entrar. Luego echó una ojeada rápida al reloj del salón, y enseguida frunció sus arrugados labios mostrando discrepancia—. ¿Otra vez haciendo carreras con tu coche, por la ciudad? ¡Un día tendrás un buen disgusto, muchacho! —protestó, percatándose de que había llegado como ocho minutos antes.

—¡Ya sabe que no quiero llegar tarde! —aclaró él, con una revoltosa sonrisa y voz cantarina. Luego entornó la mirada sin perder aquella curva elevada, en las comisuras—; además, soy muy bueno conduciendo. Por lo que no tiene de qué preocuparse, abuelita.

Así es como cariñosamente solía llamarla. Hacía poco que estaba con ella, y ya se sentían tan bien el uno con el otro, que ella le pidió que la tuteara. Era como el nieto varón que no tenía. Su hijo Miguel, y esposa Constanza, solo habían tenido una única descendencia. Una niña. Y siempre se quedó con ganas de tener también un varón. Solo esperaba que su nuevo empleado fuese honrado y no se la diera con queso, con tanta confianza. Por lo pronto, no le pareció que fuese así. Tanta bondad la hacía volverse demasiado confiada. Suerte que Arnau no era de aquellos tipos que podrían dejarla en plena calle, agenciándose de todas sus pertenencias. No era de ese tipo de gente. Y con él, había encontrado un buen filón.



DenisBlue73

#9725 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

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