Ascenso a ciegas

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2.

Buscó su teléfono; aquél que repetía insistentemente un sonido ensordecedor con el fin de despertar a su dueño. O lo silenciaba, o terminaría por dañarle los tímpanos.

Hoy no había ganas de realizar cualquiera de aquellos interesantes ascensos, y menos, de darse un buen madrugón. Como norma general, mientras lo hicieran a horas intempestivas, podrían tener un serio accidente pretendiendo moverse entre la media penumbra del amanecer… ¡Qué va! No era ese el motivo que hoy tenía para no hacerlo, ya que este mismo motivo hacía más interesante la travesura. Hoy tenía que ir al aeropuerto a por la nieta de Magdalena, acompañado de ella. Y no quería llegar tarde.

Se incorporó de la cama a regañadientes. Incluso llegó a golpearse con una de las patas de la misma cuando tomó el rumbo equivocado, todavía medio dormido. Soltó una sarta de improperios, cojeando y agarrándose el pie, entre saltitos. ¡Mal empezaba la mañana! Con un comienzo así; ¿cómo transcurrirían el resto de horas de un día tan señalado? Rogó en su cabeza que no fueran así de desastrosas. Aunque, ¿qué cabría esperar de lo desconocido? Prefería no saberlo hasta llegado el momento.

Se vistió a tirones, como si la tarea en sí, fuera más agotadora de lo que esperaba. Mientras tanto, no pudo apartar de su cabeza a la nieta de Magdalena. ¿Cómo sería aquel medio ángel, medio demonio? Daría muchos más votos por el medio ángel. Aunque su parte pícara protestó asegurando que una chica traviesa y ruda también resultaba exageradamente atractiva, y se ruborizó, poniéndose en marcha su líbido con tan solo pensarlo.

—¡Para chaval! ¡Es la hija de tu jefa! ¡Ojo con lo que piensas de ella! —se murmuró, procurando encontrar nuevamente un control razonable, todavía con la sonrisa pícara pendiendo de sus labios.

Se entretuvo frente al espejo de cuerpo entero que tenía en el recibidor. No es que fuera coqueto. Pero un último vistazo en él, antes de salir, le ahorraría más de un disgusto.

Y le gustó lo que vio. La ropa que se puso…: unos tejanos en azul oscuro, junto a una camiseta blanca, ajustada, que hacía justicia a su muy cuidado físico. Se enganchó los cabellos con un elástico, acomodándolos en una coleta baja. Algún que otro mechón cayó sin remedio a los lados, no llegando a sujetarse con precisión. ¡Daba igual! Estaba ya más que perfecto. El verde de sus ojos volvió a destellar. La emoción estaba servida.

—¡Por favor que sea guapa! Y sobre todo que sea un ángel —le dijo a su arreglada imagen—. O mejor, que se trate de una mocosa de cuatro años a la que pueda controlar y no dé tantos problemas. —Un segundo, los críos de esta edad, no todos son manejables. Digamos que sus pataletas terminan por hacer perder los estribos a sus progenitores—. ¡Vale! Probablemente eso sería mucho peor —reconsideró, negando con la cabeza. Todas aquellas tonterías que estaba soltando, perdiendo el tiempo a la vez, descubrió que era obra un estado nervioso inevitable, o como un estar a punto de perder los papeles. Y no quería fallarle a su jefa.

Se obligó a despertar de su ensimismamiento y de unos pensamientos que acabarían por volverlo negativo, y se metió en la cocina para desayunar. Un buen café le vendría genial para despejar su mente, junto a algo más que saciase su hambre matutina. Mandó un mensaje a su grupo de amigos explicando por qué aquella mañana no podía reunirse con ellos. Hubo algunos comentarios jocosos. Aunque los que más le preocuparon fueron los de Miriam. A pesar de no estar saliendo, seguía en su línea dominante y posesiva.

•«Se trata de hacer mi trabajo. No de tener una cita con nadie»

•«Como se atreva a ponerte una mano encima, sabrá quién soy yo!»

•«Pareces un ofidio venenoso a punto de atacar»

•«Un qué? Qué quisiste decir con eso? Me estás insultando?»

•«Tengo que marcharme. Hay prisa y quiero ser puntual»

•«Arnau! Joder, no me dejes con la palabra en la boca!»

Miriam gruñó cuando fue a buscarlo por privado para continuar con aquella extraña conversación que no tendría que suceder entre ellos, y gruñó molesta al no encontrarlo en línea.

 

 

Arnau salió a toda prisa de casa. Poseía un tiempo muy justo para recoger a la anciana y llevarla hasta el aeropuerto. El avión en el que viajaba su nieta no tardaría en tomar tierra en el mismo.

Apretó el acelerador, esquivando varios embotellamientos, llegando a la calle donde Magdalena tenía la vivienda. Ella avisó de que tardaría un poco en bajar y Arnau tuvo que refugiarse dentro del coche para que el sofocante calor no lo derritiera. ¡Incluso las noches eran tórridas! Y no, porque tuviera una compañera de cama demasiado fogosa. No… sino porque las nocturnas, incluso bien llegada la madrugada, continuaban sin dar tregua ninguna, y el ventilador terminaba por formar parte de un compañero imprescindible para conciliar bien el sueño.



DenisBlue73

#9851 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

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