Ascenso a ciegas

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5.

La excesiva pereza se amplió hasta el domingo por la mañana pues, cuando sonó su teléfono, Arnau tuvo que buscarlo medio a ciegas, incapaz de abrir los ojos.

—¿Sí?

—¡Hola mozalbete!

Dio un brinco y se sentó sobre la cama.

—¿Ya es lunes? ¿Cuánto tiempo llevo dormido?

La escuchó carcajearse al otro lado del auricular.

—¡No, hijo! Es domingo.

—¿Entonces? ¿Por qué me llama? ¡Ah! ¡Espere! ¿Está bien? ¿Tiene alguna urgencia?

Magdalena hizo una breve pausa y luego esclareció esa parte.

—Sí la hay. Quiero que hoy quedes con mi nieta para conoceros mejor.

—¿Qué quiere? ¿Que me muerda? ¡Y un carajo! —protestó a viva voz, desechando con rapidez su propuesta. Dejándose caer nuevamente sobre la cama y continuar con su descanso.

—Te pagaré el día completo. A precio de uno festivo.

—¡Ni por todo el oro del mundo, abuelita! Perdone que le sea sincero, pero su nieta es una chica insoportable.

—No discutiré eso. Sin embargo, creo que merece una segunda oportunidad. Además, se lo propuse a ella y aceptó enseguida —mintió.

Se sentó sobre la cama, con rapidez, sorprendido.

—¡Eso es mentira!

—No… Es más. Me dijo que te dijera que la recogieras en mi casa y pasaras el día con ella.

Arnau se hizo cruces. ¿En qué momento se había cambiado la historia tan drásticamente? Algo, en todo esto, olía fatal.

—No sé…

—Vamos hijo. Es una oportunidad para ganarte dinerillo extra y una cita con la mujer más bonita del mundo.

—¿Podría discutirle lo segundo?

—Creo que no. Soy su abuela y podría enfadarme mucho si la rechazas.

¿Enfadarse? Le costaba un mundo a aquella mujer enfadarse. Pero con su nieta… nunca se sabía. Aun así, insistió en su negativa.

—¡Tengo una norma muy estricta!

—¿Cuál? —quiso saber la anciana.

—No salir con una «matasanos».

—Mientes… y lo sé. ¡Vamos mozalbete! Que me caes demasiado bien para enfurruñarme contigo.

Lo escuchó exhalar.

—¡De acuerdo! ¿A qué hora me paso?

Magdalena echó un vistazo a su reloj y calculó cuánto iba a costarle vestirse, y tomar el desayuno, al muchacho.

—¿Te parece a las once?

—Me parece perfecto —largó, claramente desganado.

—¡Estupendo! —La escuchó sonreír—. Pues hasta las once.

—¿Y qué hará usted, sola, mientras tanto?

—¡Ah! No… no. Quedé con mis amigas para comer. De sola nada. Descuida que estaré bien —aseguró escuchándose una risilla cómplice—. Hasta las once, hijo.

—Allí estaré.

Arnau colgó la llamada y se quedó mirando hacia la ventana, sin llegar a observar lo que se veía a través de ella.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —repitió, decepcionado de sí mismo—. ¿Cómo pude dejarme embaucar? —Dejó escapar un suspiro y enseguida se apresuró para vestirse y desayunar. ¡Nada de llegar tarde a la cita! Nada de hacer cabrear a aquella mujer con carácter. Pero, ¿a dónde podría llevarla? No sabía nada de ella, y mucho menos, de sus gustos. No importaba. Lo primero era llegar a tiempo.

Se colocó algo lo bastante decente como para hacer una salida. Ni demasiado puesto, ni demasiado casual. Una cosa intermedia. No quería que ella pensara cosas que no eran. Y mucho menos quería parecer un desastrado.

—Quedé con la hija de mi jefa —se repitió hasta la saciedad, buscando convencerse a sí mismo de que lo que el trato que había hecho, era real. ¡Pues claro que lo era! ¿Cómo se enfrentaría a ella? ¿Cómo podría soportar su mal humor sin perder los estribos? No tardaría en averiguarlo.

 

 

 

Tal como habían acordado, Arnau se presentó en casa de Magdalena a la hora exacta decidida. Desconocía qué pudieran estar tramando aquellas dos. De la anciana nada podía extrañarle. Haría lo que fuera porque se llevaran bien, ya que tendría que aguantarles, juntos, durante el resto del verano. Pero, ¿qué ocurría con Esther? ¿Cómo era que había aceptado, si en el fondo no lo tragaba? ¿Con qué se iba a encontrar?

Entró en el piso de la anciana en cuanto ella lo recibió junto a un gesto amable, como solía hacer habitualmente.

—Buenos días, hijo. Gracias por aceptar —expresó, emocionada.

El tonillo con el que lo dijo salió con un fondo un tanto siniestro. O a eso le sonó. «Lo que se urdía no podía ser nada bueno», pensó. No podía huir. No podía decepcionarla. Tenía que demostrarle a ambas mujeres que no sería tan fácil ganarle.



DenisBlue73

#9786 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

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