Ascenso a ciegas

Tamaño de fuente: - +

6.

Desembolsaron el total de lo usado. Cada cual abonó lo suyo. No salió a colación nada similar de invitar el uno al otro. La tensión podía cortarse perfectamente con un cuchillo. Rubén no bajó la guardia con Esther. Hacía mucho que no se habían visto. Y la situación no había cambiado lo más mínimo. Ella continuaba considerándolo completamente culpable de lo ocurrido.

 

 

—¡Vaya sorpresa! —murmuró Arnau, observándola de soslayo, repleto de una desconfianza desbordante—. ¡Y yo creyendo que lo sabía todo! Y que eras una perfecta desconocida. Y lo eres… para mí. Pero, ¿por qué no, para mi amigo?

—¡No te importa! —gruñó ella, sin mirarlo, dándose prisa por alcanzar el coche—. Me parece que el plan finalizó por hoy.

—Se supone que teníamos que pasar un día divertido, juntos. Comer juntos y pasarlo bien. Conocernos un poco… ¿sabes a lo que me estoy refiriendo? Contentar a tu abuela. Aunque también existía el otro plan de fingir, y que fuera lo que Dios quisiera —ironizó—. Aunque como bien dices, ella tiene esa parte adivina que terminaría por descubrirnos —siguió explicando, arrugando la nariz, contrariado.

Esther frenó en seco.

—¿Por qué no nos lo pones bien fácil a todos? ¿Por qué simplemente no renuncias a tu trabajo, y solucionado?

—¡No! Gracias… Estoy bien a gusto como estoy —la contradijo—. Si logras mantenerte unos cuantos metros alejada de mí, dejando de meterte en mis asuntos, por supuesto —agregó, saliendo el ruego más como una orden.

—No puedo hacer eso mientras te encuentres cerca de los míos.

Arnau dibujó una sarcástica sonrisa en sus labios. ¡Cómo no! Ella continuaba con su protocolo obligado de echar al intruso de la zona segura de su familia. ¡Como si en realidad sí fuera peligroso! Como si se tratase de un detestable criminal… ¿Por qué se empeñaba en seguir demostrando tan osada hostilidad? Luego estaba el tema de su amigo. ¿De qué se conocían? ¿Por qué para ella, Rubén suponía una amenaza? ¿Qué era lo que se había perdido durante todo aquel tiempo?

—Tu abuela se cabreará contigo si me echas.

Esther negó despacio.

—Lo entenderá. Y encima, me resultará muy fácil encontrar a alguien de confianza. Por eso no te preocupes, chaval —aseguró, convencida de ello, clavando la dureza de su mirada en él.

—¡Yo soy de fiar!

La muchacha soltó una carcajada.

—No olvides que soy su nieta, y me creerá. Y tú, simplemente eres un empleado, demasiado joven y alocado. ¡Vete a saber, sin apenas conocerte, qué puedas esconder a tus espaldas! —lo amenazó.

Él frunció los labios, molesto.

—¿Por qué insistes en complicarme la vida? ¿Qué te hice?

La escuchó suspirar.

—Llévame a casa…

—No cumplí con mi cometido. Le prometí a tu abuela hacerte pasar un día agradable, y conocernos un poco más.

—Todo eso ya no hará falta —sentenció, tratando de abrir el coche, el cual todavía se encontraba cerrado con el cierre centralizado.

—Claro —se conformó él, desbloqueándolo. No había más que discutir. Todo se había ido de repente al garete. Y ya no había vuelta atrás…; por hoy.

Seguramente Magdalena no pagaría sus servicios de hoy. Probablemente, y después de escuchar las protestas de su nieta, acabaría decidiendo su despido inminente. Aquella mujer sabía cómo torcerlo todo. Como convencer al resto de cuanto saliera por su boca. Pronto tendría serias noticias por parte de la anciana regañándolo por no cumplir con lo planeado. ¡Estupendo! Se sentía irremediablemente asfixiado, furioso... hastiado. En los límites de su puñetera paciencia.

 

 

 

•«Te vienes a comer con nosotros? Para más tarde, planeamos algo emocionante. Recuerdas esa interesante montaña a la que decidiste derrotar? Aquella pared vertical tan seductora que daba vértigo tan solo observar hacia arriba? Ese será nuestro destino! Interesante…, cierto?»

El mensaje de Xavi llegó por privado. Por una parte lo sedujo enormemente. Por otra, se sentía tan defraudado que lo único que deseaba era llegar a casa, cambiarse de ropa, e irse solo a realizar la escalada. ¡Se sentía excesivamente furioso!

•«Estoy cansado»

Una excusa barata que obtuvo una rápida respuesta.

•«Cruella de Vil fue mala contigo?»

•«No me apetece hablar de ello»

¡Y no le apetecía! Obviamente, su amigo había acertado con el seudónimo que le había colocado a tan fatal mujer.



DenisBlue73

#9776 en Novela romántica

En el texto hay: romance, amor, suspenso

Editado: 03.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar