Asesinato en Tokio.

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La parte media.

 

El piso de madera estaba cubierto por un rocío de dudosa procedencia, lo mismo las paredes y el biombo tradicional que separaba el salón del comedor, con aquel marco de madera de cedro, permanecía abierto, dejando pasar la luz de la luna por el ventanal.

Paso saliva, ella una obsesa del orden y la limpieza sabía muy bien que en diez años de vivir en Tokio jamás hubiera dejado el biombo corrido y mucho menos arrancado las cortinas de sus bases, pues estas yacían inmóviles en el suelo. Escuchó un ruido extraño subiendo las escaleras, algo insignificante que se hubiera perdido en el aire de no ser por el cuarto escalón que crujía solo cuando alguien lo pisaba…o algo. Pero la anomalía solo ocurrió una vez, cosa extraña porque de ser alguien subiendo se escucharía el ruido de la persona retirando la planta del pie. Le perlaba la nuca en sudor y sus manos temblaban espasmódicamente, frente a ella a unos sesenta centímetros del suelo, estaba el objeto que podría salvarle la vida. Una katana tradicional de más de cien años de antigüedad. Relucía cuidadosamente colgada de unas pijas.

El sonido inconfundible de la base de la escalera se escuchó…haciendo eco en la casa semi amueblada. Caminó lentamente, y tomó la espada despojándola de su funda, la hoja de acero del sable rozó ligeramente esta y cayó al suelo con estrepito. Para llegar a las escaleras debía atravesar el salón en el que estaba parada, caminar diez metros cruzando el biombo y girar a la izquierda. Subió cada escalón aterrada. Algo no andaba bien, ¿cómo había llegado al salón en primer lugar? Tenía una laguna indefinida en la memoria. Subió hasta el segundo piso, no había nada fuera de lo usual, excepto…la puerta de su habitación estaba cerrada, la abrió luchando con la perilla húmeda. El interior olía a rosas…casi imperceptible. Entonces sintió en la nuca el peso de su mirada, estaba aterrada y somnolienta apenas sosteniéndose en pie por la enorme descarga de adrenalina que la invadió y fue cuando lo vio. Nunca lo olvidaría, tenía la certeza de que la miraba directamente a los ojos aunque ella no podía vérselos. Escondidos detrás de esa mascara…trató de darle una estocada, una sola. Le rebanaría el vientre y todo terminaría. La sangre caliente le mojaba la blusa de seda rosa…creyó haber herido al atacante pero esta no dejaba de brotar de su propio vientre. Cayó al piso y todo empezó a tomar formas extrañas, pero el que permanecía impávido observándola solo se volvía más nítido, hasta que perdió la conciencia.

Recobró la conciencia en el hospital. Tenía el sabor metálico de la sangre en la boca. Cada movimiento era una tortura medieval. La enfermera entró a su cuarto, grito algo en japonés e intentó hablarle pero no podía escuchar. Su mente aún estaba muy lejos y jamás regresaría. No sabía absolutamente nada. Se paró de golpe, pero esto solo la postró de rodillas. Se arrancó la bata blanca quedando desnuda y lo vio y sintió que se desmayaba de la impresión. Una herida de treinta centímetros le atravesaba el vientre de extremo a extremo. Las suturas eran tan notorias que le daban una apariencia grotesca a la carne hinchada llena de hematomas y sangre seca. Un médico llegó corriendo con dos enfermeros detrás, se gritaban cosas entre ellos tratando de hacer comunicación con la paciente que gritaba en estado de shock en el suelo desnuda. La subieron a la cama como pudieron mientras gritaba cosas en francés y los médicos asumieron que no hablaba el idioma. La sedaron y no volvió a despertar hasta el día siguiente.

-Pobre chica, se ve muy joven, una lástima que haya atentado con su vida.- Expreso dándole un sorbo a su café. –Que café tan horrible hacen aquí.

Su compañero le hizo una seña indicándole que habia despertado. Esta vez sin gritos, el cansancio podía más con ella.

-Llama al médico no vaya a ser que intente soltarse las suturas otra vez.- El detective Masato dejó el café en la pequeña mesita de la habitación junto con un ejemplar del periódico del día. Algo llamó la atención de Nadine mientras se esforzaba por leer el encabezado habló con una parsimonia escalofriante. Parecía una voz mecánica.

-No intente suicidarme.- Akatsuro lucía sorprendido de que la muchacha aparentemente francesa hablara el mismo idioma y de qué manera, si salió de sus labios con una fluidez digna de un nativo.

-Pensamos que no hablaba japonés, una disculpa.- Ella solo asintió en señal de que la aceptaba.- ¿Por qué no descansa un poco y más tarde me contesta unas preguntas?

-No puedo descansar necesito saber si ya lo atraparon.- Esto solo terminó por desconcertar al detective.



Artemisa

#159 en Detective
#49 en Novela policíaca

Editado: 18.02.2018

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